La habitación que falta: El tiempo

8.1

Camila giró sobre sus talones. La niebla se había cerrado a su espalda como una pared de algodón mojado. No había ramas rotas, ni pisadas en el fango, ni el rastro verde de Tac. Solo el latido seco de su propia sangre retumbando en los oídos.

—¿Américo? —llamó, y su voz sonó diminuta, devorada por la espesura.

Silencio. Un silencio absoluto, denso y helado.

Apoyó la espalda contra un tronco cubierto de líquenes y se dejó resbalar despacio hasta quedar sentada en el musgo húmedo.

Era la primera vez en sus treinta y cuatro años de vida que estaba completamente sola.

Ni siquiera en el Bloque Siete de Placea, cuando apagaban las luces del dormitorio común, había estado sola: siempre estaba Federico, vigilando desde las rejillas de ventilación, midiendo su pulso y registrando sus microdespertares. En los túneles había estado con Clara; en el salto temporal con Américo y Mulatos. Jamás había existido un solo segundo en que un observador no estuviera calculando su posición.

—Tranquila, Denueve —se susurró a sí misma con la voz quebrada, pero su mano derecha no dejaba de temblar—. Solo estás perdida. Nada más.

Se quedó allí, sentada en la tierra empapada, durante un minuto entero. Sintió el frío del suelo atravesando la tela del pantalón, el olor penetrante a madera descompuesta y el peso atroz de un bosque que no respondía a ninguna consola.

—No voy a morir aquí —dijo en voz alta, obligando a las palabras a ocupar el vacío del aire—. No después de haber salido de Placea.

Se levantó despacio, apoyando la mano en la corteza rugosa, y por primera vez, en lugar de mirar los árboles como una amenaza del sistema, los miró como un terreno que podía aprender a descifrar.

—El bosque quiere jugar —dijo en voz alta—. Juguemos.

A lo lejos, entre la maraña de troncos petrificados, distinguió un pulso verde conocido: Tac parpadeando en la penumbra.

—¡Américo! ¡Mulatos! —gritó, corriendo hacia el resplandor.

Aceleró la marcha, pero a cada zancada contra el manto de hojas muertas, la distancia no menguaba. La silueta luminosa de Tac permanecía fija en el mismo punto de su campo visual. Camila forzó la respiración, acelerando el paso, pero cuanto más rápido golpeaban sus botas contra el terreno, más colosales parecían los troncos y más estrecho se volvía el sendero. La perspectiva se estiraba en una trampa geométrica, multiplicando el espacio a cada movimiento.

Frenó en seco, jadeando, apoyando las manos en las rodillas mientras el aire frío le quemaba la garganta.

—La línea recta es una ilusión del sistema... —murmuró para sí misma, mirando la espiral dibujada con sangre y carbón en su mano—. La distancia no se recorre; se sincroniza.

Cerró los ojos para anular el engaño visual. Se concentró en las vibraciones del subsuelo que ascendían por la suela de sus botas. El terreno no era homogéneo: existían líneas de zumbido estático intercaladas con pasillos de silencio absoluto que serpenteaban entre las raíces.

Avanzó despacio, prescindiendo de la vista y guiándose únicamente por las curvas de menor resistencia acústica. Dio tres pasos en semicírculo hacia la izquierda, contorneó una roca en ángulo abierto y dio dos pasos firmes hacia el frente. La resistencia del aire cedió de inmediato; la densidad de los troncos pareció plegarse sobre sí misma y, en apenas unos metros, el bosque quedó atrás.

Camila desembocó en un claro circular inmenso, cubierto por una neblina baja y fría.

En el centro del claro no crecía hierba ni musgo. Solo se alzaba un monolito de roca negra del que emanaba una vibración acústica continua, profunda y solemne.

Una voz humana, desgastada por décadas de resonancia en el vacío, brotaba del núcleo del monolito:

—*Dame misericordia para entender, concédeme prudencia para investigar... y déjame morir si ya no encuentro el camino.*

Camila se detuvo a diez metros de la roca, conteniendo el aliento. La voz no provenía de un altavoz ni de una cinta magnética; era la huella acústica fósil de un hombre que había pronunciado esa plegaria en aquel punto exacto.




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