La habitación que falta: El tiempo

CAPÍTULO 9: La voz del Maestro

El aire se detuvo.

El claro entero quedó suspendido: las mariposas detuvieron el aleteo a medio vuelo, flotando como gotas de tinta sólida; Tac no relajó un solo músculo, manteniendo las rayas del lomo erizadas y latiendo a un ritmo corto y duro. Lo único que vibraba era la roca, en resonancia con la antigua oración del Maestro, el collar de Mulatos y el búfer de Elena…

Américo y Camila se examinaban a la distancia. No se abrazaron ni hubo espacio para preguntas apresuradas; la mano de Camila, manchada de sangre seca, y la ropa rota, vomitada y orinada de Américo delataban el calvario que ambos acababan de cruzar.

En la base de la roca, un viejo diapasón de acero oxidado flotaba a unos cincuenta centímetros del suelo.

Desde el núcleo de la roca emanó una vibración disonante que tomó forma humana, inmensa y reverberante:

—*«Castellanos.»*

Mulatos, de rodillas en el barro con las manos en la cabeza, reconoció la voz de inmediato, alzó el rostro bañado en lágrimas:

—Maestro...

La voz del Maestro emergió del interior de la piedra:

—*«¿Pusiste a calentar el café, muchacho?»*

Mulatos no dudó. Sus labios en el presente se movieron al unísono con el eco del pasado. Primero habló el anciano, débil y quebrado; un instante después, la piedra devolvió su propia voz de hacía treinta y cinco años:

—A fuego bajo para no quemarlo...

—*«...a fuego bajo para no quemarlo»* —repitió la piedra con el tono ágil y juvenil del Mulatos de entonces.

La roca devolvió una risita seca del Maestro:

—*«Yo no quemo el café, lo concentro; es diferente, muchacho. Acércame esa llave, este condensador está apretado como si le hubieran echado pegamento.»*

—Siempre ajusta de más esa tuerca —respondió Mulatos, extendiendo los dedos vacíos al aire—. Aquí está...

—*«Está demasiado gastada, no la uses para abrir el regulador —advirtió la voz del Maestro—. La última vez casi pierdes un dedo.»*

—Podría haber sido la mano completa.

—*«Exageras para que te compre guantes nuevos.»*

—Sí, guantes, también para Elena. La batería que construye le quema la palma.

La voz del Maestro en la roca perdió su aspereza:

—*«¿Y tú cómo lo sabes?»*

—Porque dejó de quejarse y cuando Elena deja de quejarse, algo está a punto de romperse, sus guantes o su paciencia.

Los dedos de Américo se crisparon sobre el rifle mientras escuchaba con atención a su abuelo. Durante años solo había escuchado reproches sobre el egoísmo de los científicos de la Falla, pero las palabras que flotaban en la piedra dibujaban a otro hombre. Observó a Mulatos de rodillas, temblando en el lodo, y entendió que el camino de su abuelo no fue una renuncia, sino una condena que, aun sin memoria, cargaba sobre su alma.

El murmullo de la piedra se llenó de pasos fantasma, cajones abriéndose y una taza golpeando una mesa de madera:

—*«Ven aquí, muchacho. Sé que estás preocupado. Tienes la camisa empapada. Te dejé un abrigo en la silla.»*

—¿Es el suyo Maestro? —preguntó Mulatos, esbozando una mueca de risa—. ¿Le queda pequeño? ¿Volvió a subir de talla, Maestro?

—*«Y a ti chiquillo te queda grande la insolencia, no te burles de los viejos. Ayúdanos a prepararnos y aprende algo.»*

—Tal vez deberíamos tomarnos un poco más de tiempo —rogó Mulatos, con la voz quebrada por preocupación—. Elena no ha terminado el segundo contenedor. Alejandro no ha calibrado el diapasón de retorno. Y los demás no tienen protección térmica. No está bien que vayan así. Es exigirles mucho.

—*«Los demás saben a qué vinieron.»*

—Vinieron a investigar la energía perpetua, no a morir de hipotermia.

—*«La ciencia no se detiene porque alguien tenga frío, Castellanos.»*

—No. Pero un científico puede detenerse a comprar abrigos.

—*«Ya compré los abrigos para todos. Para que no digan que los lancé al terreno sin prepararlos.»*

Mulatos sonrió a través de las lágrimas:

—¿Usted cree que la energía puede quedarse quieta? ¿Por eso la llama perpetua?

—*«La llamo perpetua porque no se agota.»*

Mulatos pegó las orejas al cráneo, como un felino a punto de culminar el acecho a su presa.

—No se agota porque circula. Si se queda en un solo punto, se pudre. Tiene que pasar de un cuerpo a otro, de una máquina a otra, como un toroide. Lo que usted llama perpetuo no es una fuente; es un flujo.

Camila se arrojó al suelo y alzó el cañón del rifle, escrutando la niebla; a lo lejos, un zumbido grave de frecuencia baja rasgaba el silencio sepulcral del entorno. Américo retrocedió medio paso, pegando la espalda a la roca mientras empinaba su rifle. Mulatos, ajeno a la vibración del cielo, no apartó los ojos del vacío.

—Abajo, Mulatos —dijo Camila.




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