La habitación que falta: El tiempo

9.1

Mulatos alzó la cabeza hacia la sombra de su maestro con angustia:

—Maestro... si vuelve a puentear ese relé sin aislar los cables nos va a freír a todos.

—*«Es una medida provisoria. No te distraigas.»*

Camila disparó. Algo reventó en la niebla y cayó pesado sobre el fango.

—Usted diseña milagros sobre el papel, pero trabaja como un herrero ciego.

—*«No te enseñé a cuestionar mis métodos.»*

—No, me enseñó a pensar.

—*«Pásame el estaño entonces, pensador.»*

—Entonces no me llame cuando algo falle. Llevo años remendando lo que usted decide no terminar.

Otro disparo. Y otro. Américo no se giró a mirar ni una sola vez.

El silencio pesó sobre la grabación.

La voz de Mulatos se quebró, pero la piedra conservó la frase y la devolvió en un murmullo desgastado:

—*«...no terminar.»*

—*«...no terminar.»*

—Perdón, Maestro.

—*«No te disculpes por tener razón, eres Mulatos Castellanos. Discúlpate si la tienes y no haces nada con ella. Ahora afina ese metal; si vas a corregirme, procura ser riguroso con lo que haces.»*

Mulatos cerró los ojos. Algo en su pecho —algo que llevaba años apretado como una tuerca mal ajustada— cedió un milímetro.

Camila sostenía sola el perímetro, vaciando el cargador contra la neblina para mantener a los drones a distancia. Américo se arrodilló a su lado y encaró el rifle por fin, tarde, sin dejar de escuchar. Los dos disparaban al momento exacto en que el destino del grupo original se había quebrado.

Américo gritó, rompiendo el trance:

—Abuelo, mírame. ¿Dónde está el interruptor de contención? ¿Cómo arreglamos esto?

Mulatos no apartó los ojos de la roca:

—En la habitación que falta, ahí debe estar.

Camila se inclinó sobre él, urgente:

—¿Dónde está la raíz, Mulatos? ¿Por qué se distorsiona la realidad?

Mulatos se estremeció, recuperando una lucidez fría y directa:

—Tenemos poco tiempo. El problema está en el origen. En el Cinco sellaron el primer reporte. Allí la máquina calculó el pasado por primera vez... Allí empezó a calcular hacia atrás. Ya no quedaban hombres... solo las máquinas.

El zumbido del cielo se convirtió de golpe en un aullido que llenaba sus sentidos.

—¡Placea! —gritó Américo al ver oscurecerse la niebla.

Un enjambre de esferas de polímero negro rasgó las copas de los árboles en formación cerrada. Sus escotillas inferiores se abrieron expulsando cortinas pesadas de brea bituminosa que cayeron sobre el fango con un siseo cáustico, petrificando el suelo y buscando sellar la roca viva.

Américo alzó el rifle con manos temblorosas. Apretó el gatillo en una ráfaga desesperada: los destellos electromagnéticos rebotaron contra las ramas altas y mordieron el aire vacío sin rozar un solo chasis. El retroceso le castigó el hombro entumecido, descontrolándole la puntería. Volvió a gatillar tres veces seguidas, jadeando, con los ojos empañados por el pánico mientras tres esferas descendían directamente hacia ellos vomitando brea.

—¡Américo, alto! —gritó Camila.

Ella, plantada en el lodo, encaró el arma en una postura sólida y disparó tres veces con una cadencia perfecta y medida. Los drones reventaron en el aire en bolas de humo negro y chatarra incandescente. Pero por cada uno que caía, otros tres emergían de la niebla.

El rifle de Camila emitió un silbido agudo y el contador del guardamanos parpadeó en rojo: apenas le quedaba una celda de energía. La brea caliente salpicó a escasos centímetros de sus botas.

Américo seguía jalando el gatillo sin descanso, con la respiración bloqueada en el pecho y el pulso desbocado.

Camila le dio un golpe seco en el hombro con la culata, forzándolo a bajar el cañón.

—¡Respira, Américo! —le ordenó con voz cortante—. ¡Suelta el aire! ¡Ve por el diapasón! ¡Con eso pensaba volver el equipo de Mulatos!

El aire entró de golpe en los pulmones de Américo, quemándole la garganta. Soltó el arma en el lodo, se arrojó sobre el barro y atrapó el instrumento de acero oxidado suspendido en el aire. Con toda la fuerza de su cuerpo, lo estrelló contra la cara pulida del monolito.

El impacto liberó una onda de choque acústica: un LA puro y lacerante que barrió el claro.

El bosque entero se disolvió en un fogonazo de estática blanca. Cuando la materia volvió a condensarse al sintonizarse con el diapasón, el claro ya no era un simple claro; tres portales monumentales se recortaban contra la roca viva.

A la izquierda emergía la **1**: una escotilla de hormigón gélido, sellada por bloques de roca y sin manija alguna; en su superficie de metal muerto se dibujaba por un instante el contorno espectral de un rostro inmóvil, mudo, como un fósil que no devolvía nada.

En el centro se abría un **umbral ciego**: una hendidura estrecha y vertical, sin números, sin reloj y sin placas, que tragaba el aire circundante hacia un vacío insondable, como una herida que la máquina se había negado a nombrar.

Y a la derecha latía la **5**: una compuerta semicircular de metal caliente y pulido, cuya placa de bronce zumbaba con un olor penetrante a silicio y circuitos vivos. Su superficie se dilataba al ritmo de un cálculo febril, resistiendo el avance de la brea.

—¡Al Cinco! —gritó Américo, retrocediendo ante la lluvia de brea que empezaba a sepultar la puerta ciega y el umbral sellado del Uno.

Mulatos miró el rostro congelado en la puerta del Uno. Su collar de cobre parpadeó por última vez antes de apagarse.

Camila lo tomó por las axilas y lo arrastró hacia la puerta.

La compuerta del Cinco se abrió en un vórtice térmico, justo cuando la vibración del diapasón comenzaba a menguar.

—¡Entren ahora o quedaremos sellados para siempre! —rugió Américo empujando a Tac, cuyas rayas latían en un verde corto y defensivo.

Camila cruzó el umbral sin dudar. Mulatos se detuvo un milisegundo en el borde, mirando por última vez el claro devorado por la brea y el silencio final de la roca.




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