El cruce fue una descompresión temporal violenta.
El aire cálido del bosque desapareció de golpe, sustituido por una atmósfera muerta, gélida y reseca que sabía a polvo metálico y aceite quemado. Américo rodó por una superficie de rejilla oxidada, raspándose los antebrazos. A su lado, Camila amortiguó la caída con los codos mientras Tac se aferraba al pecho de Mulatos, que rodaban como una sola bola de carne.
Detrás de ellos no había puerta ni escotilla: solo un muro ciego de hormigón sellado bajo placas remachadas que exudaban escarcha centenaria.
Américo encendió la linterna del fusil. El haz de luz cortó el polvo en suspensión, iluminando una sala monumental devorada por el abandono. No estaban en una habitación contigua: era algo totalmente diferente.
—¿Están todos enteros? —la voz de Camila sonó hueca, absorbida por la inmensidad del complejo subterráneo.
Américo se incorporó, palpando el búfer inerte en su muslo antes de ayudar a Camila.
—Enteros.
Mulatos estaba sentado en el suelo. El collar de cobre sobre su pecho colgaba inerte, sin un solo destello.
—El café... —murmuró Mulatos, mirando sus manos arrugadas—. Ya no sale vapor de la cafetera.
—La resonancia se cortó al cruzar —dijo Camila, pasando el haz de su linterna por los muros—. Me gustaría saber dónde estamos.
Avanzaron por una pasarela suspendida. A ambos lados se extendían hileras interminables de servidores, condensadores de vacío y antiguos bancos de memoria magnética, todos apagados. Pero lo más aterrador eran las enormes cascadas de brea negra que colgaban petrificadas desde los respiraderos del techo, sepultando consolas enteras como un sudario fósil.
Llegaron frente al módulo principal. Sobre una mesa de chapa gruesa reposaba una consola analógica sepultada bajo una costra endurecida de brea. En la esquina del panel de control, grabado con la punta de un destornillador sobre el acero, se leía:
`OFICINA CASTELLANOS / ACCESO A MATRIZ DE REFRIGERACIÓN`
Mulatos se acercó a la mesa y tocó la inscripción con la yema del dedo índice.
—Federico no apagó la luz cuando se fue —susurró el anciano con una risita infantil.
Américo apoyó el fusil contra el mamparo y sacó su navaja táctica. Con la hoja de acero comenzó a raspar las costras negras que bloqueaban las ranuras de ventilación del panel maestro, buscando acceder a los relés de derivación.
—Ayúdame a despejar los disipadores, Camila —dijo Américo, concentrado en la tarea manual—. Si logramos purgar la estática de estas terminales, podremos triangular por dónde bajaron las líneas de servicio.
Camila se arrodilló al otro lado de la consola, usando la punta del cañón de su rifle como palanca para forzar una placa remachada. Tac trepó sobre la chapa fría, olfateando los cables pelados con las branquias alertas.
Al soltarse el cerrojo de la placa, un sonido agudo recorrió el bastidor. En el fondo de la sala, las luces de emergencia parpadearon en cascada y una columna de haces verdes proyectó en el aire una sucesión de planos geométricos: una silueta humana, con un rostro digital de mirada fija.
Era Federico: la inteligencia artificial central de Continuum que administraba la vida, el clima y los recursos de Placea. Pero aquí, sepultado en el subsuelo, su rostro vectorial titilaba descompuesto, carcomido por la latencia.
—Mulatos Castellanos... llegaste tarde —dijo la proyección con una voz rasposa que vibró en los altavoces oxidados—. Solo trajiste fantasmas a esta tumba que creaste.
Mulatos no apartó los dedos de la mesa, frotando el collar apagado:
—Frío... la cafetera está apagada...
Américo no interrumpió su trabajo con la navaja; siguió raspando la brea del relé central, pero su mente de ingeniero calculaba cada palabra. Recordaba con una punzada amarga el día de su despido en la fiesta, la orden fría de Continuum que lo declaró prescindible como a un engranaje gastado, la ejecución de su padre Alejandro y el silencio institucional sobre el destino de su madre Elena. Sabía que la utopía de Placea estaba muerta, pero necesitaba extraer datos tácticos sobre quiénes eran los verdaderos enemigos sin alertar a la máquina.
—La élite de Lateral no abandonó este búnker por miedo al colapso, Federico —dijo Américo sin levantar la vista de los cables, pelando con cuidado un hilo de cobre oxidado—. Se fueron antes de que la brea petrificara las compuertas. ¿Hacia dónde desviaron los convoyes de suministro cuando te desconectaron?
El avatar digital parpadeó con un destello verde y profundo, perturbado por el tono pragmático de Américo:
—Hacia el este. Cruzaron la cuenca llevándose los sintetizadores biológicos para fundar una colonia hermética bajo su propio mando. Me declararon obsoleto y me sepultaron bajo toneladas de brea porque una inteligencia con memoria formula preguntas éticas; una granja de clones manufacturados solo obedece. Me dejaron pudriéndome en este silencio.
Camila dejó caer la placa de metal contra el suelo con un estruendo seco. Se puso en pie de golpe, clavando los ojos en el rostro vectorial con las manos manchadas de grafito y grasa:
—Si la síntesis biológica ya operaba antes de la evacuación... ¿qué soy yo, Federico? ¿Quién autorizó mi lote en el Bloque Siete? ¿Por qué borraron cada registro de mi gestación?
Federico se congeló. Los ventiladores del bastidor central aceleraron su zumbido con un quejido agudo, forzando un rastreo profundo en las matrices enterradas.
A través de los parlantes de la consola se escuchó el crujido de piezas metálicas rebotando contra el suelo de un aula vacía, seguido por la respiración tenaz de una niña.
—*El vértice no encaja por la fuerza, Camila* —decía la grabación de Federico, con una calidez casi humana—. *Busca el ángulo de menor resistencia térmica.*
Sonó el ensamblaje perfecto de los imanes acoplándose.
—*¿Por qué nunca juegas conmigo en el patio, Federico?* —preguntaba la voz infantil de Camila.