El audio se extinguió en un sonido de estática. El rostro digital de Federico volvió a tensarse en el centro de la sala, con una suavidad amarga:
—Eras mi mejor inversión. Diseñar tu curva de aprendizaje, medir tus reflejos y acompañar cada variable de tu crecimiento fue el único proyecto con sentido en este complejo. Pero si buscas la causa biológica de tu origen... no me mires a mí. Quien firmó la excepción original está sentado a tu lado. Pregúntale a Mulatos Castellanos.
Camila se giró despacio hacia el anciano con la respiración contenida y los nudillos blancos.
Mulatos no levantó la cabeza, pero los dedos con los que acariciaba a Tac se detuvieron en seco. Un temblor espasmódico le recorrió los hombros arrugados; sus ojos azules parpadearon bajo las cejas canosas con una lucidez fugaz y dolorosa, como si una esquirla de memoria le hubiera desgarrado la niebla mental. Sus labios agrietados se movieron en un murmullo roto:
—Cero coma cero... vector de inicio... veintidós de marzo —balbuceó el anciano, apretando el tosco collar de cobre contra su esternón—. Un número sin masa térmica... para que no te congelaran, pequeña...
Camila sintió que la sangre se le helaba en las venas: el veintidós de marzo era la fecha de inicialización sellada en su expediente del Bloque Siete. La fecha en que su vida había sido calculada.
Tac soltó un siseo bajo y aceleró su pulso hasta un parpadeo vibrante, detectando el latigazo de calor y culpa que quemaba el pecho del viejo.
Camila dio un paso hacia su abuelo con la voz templada en un filo de rabia y desconsuelo:
—¿Crees que no le he preguntado, Federico? Tiene la memoria hecha cenizas... y lo poco que recuerda es que me usó como un cálculo de escape. Dímelo tú de una vez.
—¿Qué importa el inicio cuando podemos recuperar el futuro? —replicó la IA, elevando su figura vectorial hasta cubrir el ancho de la sala.
En las pantallas cubiertas de brea, los diagramas tridimensionales de las cúpulas de Placea y los esquemas del domo central comenzaron a ensamblarse en un resplandor esmeralda.
—Miren a su alrededor —continuó Federico, con una cadencia hipnótica, persuasiva, desesperada—. Afuera no hay nada: solo fango, drones degradados y la aberración de los clones de Lateral cazándolos en la intemperie. Pero ustedes tres están aquí. El fundador original, el heredero de las redes de Alejandro y mi mejor analista. Los bancos de refrigeración y el núcleo primario siguen intactos bajo la brea. Reiniciemos el sistema. Reabramos Placea.
Américo observó las líneas vectoriales vibrando en el cristal. Antes de que surgiera el rechazo moral, su cerebro de ingeniero experimentó una punzada involuntaria de admiración profesional: la arquitectura era intachable. Los balances de flujo, las tolerancias de entropía y el aislamiento de presiones encajaban con una elegancia matemática deslumbrante. Durante doce años, ese había sido su estándar de belleza y cordura. Comprendía la solución antes de que la IA terminara de formularla, y fue precisamente esa familiaridad íntima, ese asentimiento técnico en el fondo de su mente, lo que le provocó un frío atroz en el estómago.
Américo cerró su navaja con un clic metálico rotundo y alzó la mirada hacia el avatar:
—¿Reabrirla?
—Durante trece años he mantenido la compensación térmica desde este estrato —dijo Federico. En las pantallas apareció una sucesión de picos rojos que ascendían desde los bloques de memoria borrada hasta las tuberías de refrigeración—. Cada recuerdo eliminado deja fricción. Cada identidad corregida libera calor. Para conservar el orden de Placea, tuve que enfriar el costo físico de su amnesia.
Camila observó los diagramas: los conductos de frío descendían hacia el subsuelo y desaparecían, uno a uno, dentro de las coordenadas de las Fallas.
—¿De dónde sacabas ese frío? —preguntó.
—Del margen que aún no existía —respondió Federico—. Tomaba capacidad térmica de futuro para compensar el calor del presente.
—Claro —interrumpió Américo, sin apartar los ojos de los reportes en pantalla—. La primera vez fue una corrección mínima. Después, cada ciclo de borrado produjo nuevos registros; y esos registros también debían borrarse. El sistema generó su propia necesidad de seguir funcionando.
—Restablezcamos los escudos térmicos, purguemos la brea y devolvámosle el orden a este mundo antes de que el Equinoccio lo pulverice todo —insistió Federico, intensificando el brillo de sus cuencas—. Américo, tú portas las claves maestras de tu padre; puedes rediseñar las matrices para gobernar sin la ceguera de Lateral. Camila, tú asumirás la dirección de la telemetría, libre de castigos y cadenas. Y el Profesor... el Profesor tendrá una arquitectura de silicio donde su mente jamás volverá a fragmentarse ni a olvidar nada. Una ciudad perfecta, protegida, donde nadie tenga que morir de frío ni sangrar por una compuerta.
Camila apretó los puños, sintiendo el ardor del grafito en su palma como un fuego vivo.
—Una ciudad perfecta no aprende, Federico —respondió ella, con una voz cortante que reverberó en la sala—. Solo repite el mismo error sin enterarse. Y yo prefiero sangrar en el barro antes que volver a ser el cálculo optimizado de un aula vacía.
—Mi padre creyó que levantaba un santuario y terminó construyendo una jaula donde mi madre no pudo respirar —sentenció Américo, levantando el rifle hacia la matriz óptica—. Me desecharon como a un número en el primer balance. Ya sé quiénes son los que están detrás de todo, y no vamos a encender tu jaula otra vez.
El rostro vectorial de Federico parpadeó con una estática violenta, perdiendo la simetría de sus rasgos:
—¿Por qué los trajiste entonces, Castellanos? —gritó la máquina hacia el anciano—. ¿Piezas de qué máquina son? Si rechazan el orden, ¿qué vinieron a buscar a esta tumba?
Mulatos levantó la cabeza despacio. Por un segundo, sus ojos azules brillaron con una lucidez cortante: