La habitación que falta: El tiempo

CAPÍTULO 11: El mecanismo de la memoria

El eco del pulso biológico en el acero del Estrato 5 aún resonaba en las paredes blindadas cuando alcanzaron el siguiente nivel subterráneo. No había salida hacia la superficie: todas las esclusas superiores permanecían sepultadas bajo toneladas de brea negra petrificada, sellando el complejo de Continuum como una cripta de hormigón.

Agotado por el esfuerzo y el cruce temporal, Mulatos se sentó sobre una hilera de condensadores fríos en el pasillo de servicio, vencido por la fatiga y con la mente perdida en el silencio.

—Los relojes no se detienen porque los hombres huyan —murmuró el anciano con la voz apagada—. Siguen contando hacia el centro.

La frase quedó flotando en el aire viciado del subsuelo.

—¿Relojes? ¿Hablas de las compuertas, abuelo? —preguntó Américo, bajando la voz.

Mulatos no añadió nada más. Volvió a su ensimismamiento, pasando los dedos nudosos por el lomo brillante de Tac, ajeno a la gravedad de lo que acababa de pronunciar.

Camila se arrodilló junto al diagrama trazado en el polvo de la consola. Sus ojos recorrían las espirales y los puntos que antes habían considerado «Fallas». Su mente, entrenada en la arquitectura de sistemas de Lateral, comenzó a encajar piezas.

—Si son fallas, son errores. Algo que Placea no pudo controlar —murmuró Camila, ajustando los diales de la consola—. Pero si son relojes... los relojes no son accidentes. Los relojes se diseñan, se calibran y miden algo.

Américo se acercó a su lado, sintiendo la frialdad del metal calarle los huesos.

—Hacen una cuenta regresiva.

Camila levantó la vista. En el monitor, los anillos concéntricos parpadeaban al unísono con una frecuencia sónica constante.

Entre los anillos, una segunda lectura titiló en verde: impulsos biológicos fragmentados, repartidos en cada punto de la espiral. Camila contuvo el aliento.

—No dejó recuerdos —dijo—. Dejó instrucciones para que su memoria pudiera volver a encontrarse.

—Están apuntando a un evento central. Las proporciones de la espiral se van cerrando hasta llegar al punto cero. Un momento de máxima compresión.

—El equinoccio —recordó Américo—. Está a pocos días. El domo central es el eje donde todo colapsa.

Américo miró a su abuelo. Mulatos descansaba con la frente apoyada en las rodillas; su collar de cobre colgaba apagado y muerto, reducido a un simple trozo de metal. Ya no había nada que forzar en él: el anciano había dado todo lo que su cuerpo y su mente podían soportar. La carga de interpretar lo que Mulatos había dejado atrás ahora era solo de ellos.

—Estamos sepultados con Federico —dijo Américo mirando los túneles oscuros cubiertos de brea—. Tenemos que salir antes de que el aire se agote.

De pronto, un relé de alta tensión saltó en el techo de la sala. Las luces de emergencia parpadearon en rojo y un zumbido agudo recorrió las tuberías principales.

El aullido de sirenas de emergencia y el eco metálico de botas tácticas retumbaron en los niveles superiores del búnker.

—Detectaron la reactivación del terminal —dijo Camila, encañonando el rifle hacia las pasarelas superiores—. Es una patrulla de recuperación de Lateral. Las compuertas principales están selladas por brea; vienen con equipo de asalto.

Américo cargó a Mulatos por el hombro y aseguró a Tac en su pechera.

—¿Por dónde salimos, Camila?

Camila alzó la vista hacia el entramado de tuberías y respiraderos industriales del techo. Una sombra de determinación cruzó su rostro.

—Me crié en estos barracones —dijo ella, y la frase le salió plana, como una cota de mapa. Señaló una rejilla de extracción forzada encajada en la pared de hormigón—. De niña me escapaba por los ductos de ventilación. Hay decenas de líneas de servicio; la brea no pudo taparlas todas.

Camila golpeó la traba de la rejilla con la culata del rifle, desprendiendo el metal oxidado y abriendo un túnel angosto y vertical que ascendía hacia la superficie.

—Por aquí. Uno de estos tiros tiene que salir al bosque. ¡Arriba, rápido!




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