La habitación que falta: El tiempo

11.1

El ducto era un cilindro angosto de chapa corrugada que apenas dejaba espacio para avanzar a gatas. El óxido se desprendía en escamas filosas al contacto con las rodillas, y el aire olía a moho viejo y polvo estático. Américo empujaba a Mulatos por los talones mientras sostenía a Tac contra el pecho; el viejo murmuraba números inconexos contra la chapa, ajeno al ascenso. Adelante, a un palmo de su cara, las suelas de las botas de Camila marcaban el ritmo en la penumbra.

El conducto era tan estrecho que Camila no podía girar la cabeza. Solo veía el óxido de la chapa frente a sus narices y sentía las botas de Américo rozándole los talones. Llevaban cinco minutos arrastrándose en silencio cuando ella se detuvo en seco.

—Américo —susurró, y su voz rebotó en el metal como un eco quejumbroso.

Él chocó suavemente contra sus piernas.

—¿Qué pasa?

Ella no respondió de inmediato. Se quedó inmóvil en la oscuridad, apoyando la frente contra el frío del conducto.

—¿Soy real? —preguntó, y la palabra salió tan pequeña que parecía un suspiro ahogado—. No como cálculo. No como la «excepción biológica» que Federico y Mulatos diseñaron. Pregunto si soy real.

El silencio del ducto se llenó únicamente de la respiración entrecortada de ambos y del goteo lejano de una tubería.

—Camila... —empezó Américo, pero ella lo interrumpió con un hilo de voz que raspaba contra el metal:

—Durante años creí que mi origen no importaba. Que lo que hacía con mis manos era lo que me definía. Pero ahora sé que alguien me diseñó en una fosa como una herramienta para encender un reactor. Y me pregunto... si todo lo que siento, el miedo, la rabia, el cariño que le tengo a Clara, a Tac, a ti... si eso es parte del diseño o es mío.

Américo estiró la mano en la oscuridad absoluta hasta encontrar el tobillo de ella. No tiró de ella ni la apretó con fuerza. Solo posó los dedos sobre el cuero desgastado de su bota, con una ternura torpe pero inquebrantable.

—Ayer, cuando disparaste a ese dron —dijo él en voz baja—, no lo hiciste siguiendo un algoritmo de Placea. Lo hiciste porque yo estaba en peligro. Eso no se diseña, Camila. Eso se elige.

Ella no respondió. Pero en la oscuridad del ducto, sintió que el nudo que le asfixiaba el pecho se aflojaba un milímetro.

—Sigue caminando —dijo ella al fin, y su voz ya no temblaba—. No quiero que nos atrapen aquí dentro.

—¿Estás bien?

—Ahora sí.

Reanudaron la marcha, pero los dedos de Américo no se apartaron del tobillo de ella hasta que el conducto llegó a un recodo y se ensanchó.

Con la punta del cañón del rifle, Camila empujó una traba circular atascada sobre sus cabezas.

—Aquí arriba. Esta compuerta auxiliar da directo a la superficie. Ayúdame con la palanca.

Américo empujó con el hombro junto a ella. El cerrojo cedió con un chasquido agudo de metal quejumbroso y la tapa redonda cayó hacia afuera sobre la hojarasca húmeda.

Salieron uno a uno arrastrándose entre zarzas y raíces podridas.

Al ponerse en pie, el aire los golpeó con una densidad anormal. El bosque que rodeaba las instalaciones de Continuum no sonaba como un bosque vivo: no había trinos de aves, ni crujido de ramas mecidas por el viento, ni el zumbido de insectos. La niebla flotaba a ras de suelo en filamentos inmóviles.

Tac asomó el hocico desde la pechera de Américo, erizó las escamas dorsales y soltó un siseo bajo, apuntando sus ojos hacia la espesura inmóvil.

—Algo no está bien afuera —murmuró Américo, ayudando a Mulatos a deslizarse dentro de una hondonada de rocas y raíces petrificadas para ocultarlo de la línea visual.

Camila ajustó la correa de su fusil a la altura de la cadera y miró hacia un peñasco grisáceo que se alzaba a unos treinta metros, justo al borde de un claro cubierto de ceniza.

—Quédate con el abuelo en la zanja —susurró ella—. Voy a subir a esa cornisa para triangular la posición y asegurarme de que no hay patrullas aéreas en el cuadrante.

Américo le sujetó el antebrazo con firmeza, negando con la cabeza.

—No te separes, Camila. No sabemos qué mutó este bosque en trece años, ni quién vigila la superficie.

Camila, aún afectada por la conversación con Federico y con él, bajó la mirada hacia esa mano y luego le sostuvo los ojos con una ceja arqueada, zafándose del agarre con un movimiento ágil.

—Un sistema inmóvil no sirve de mucho, Américo; solo espera a que lo desarmen. Sin esa posición no podemos avanzar.

Sin esperar réplica, Camila siguió hacia el claro. La hierba quebradiza crujía bajo sus botas con un sonido seco, amplificado por el silencio sepulcral del bosque. Llegó al centro del claro y se detuvo con el cañón en guardia, escaneando los filamentos inmóviles de la niebla.

El aire se quebró de golpe.

Un soplo helado rasgó la espesura. Tres agujas de tungsteno electrificadas cortaron la bruma como hilos incandescentes: la primera astilló un tronco petrificado en una lluvia de esquirlas grises; la segunda silbó sobre la zanja donde estaba Mulatos; la tercera impactó de lleno en el hombro de Camila, clavándose hasta el tope.

Un arco de voltaje azulado estalló contra su clavícula, sobrecargando su sistema nervioso en una fracción de segundo. El rifle se le escapó de las manos entumecidas y un grito seco se le ahogó en el pecho mientras sus rodillas golpeaban con violencia contra el suelo.

—¡Camila! —bramó Américo, pero antes de que pudiera erguirse, una carga de choque detonó al borde de la zanja.

La onda expansiva levantó un muro de fango, ramas calcinadas y humo negro que cayó de golpe sobre la zanja, sepultando a Américo junto a Mulatos y a Tac.

A través de la cortina de tierra y pólvora, el zumbido sordo de rotores vectoriales rompió la niebla: un dron desconocido descendió desde la copa de los árboles, proyectando un cono de luz carmesí sobre el cuerpo paralizado de Camila. De la espesura surgieron dos agentes de Lateral, idénticos bajo trajes de polímero negro y rostros carentes de cualquier gesto humano. La encañonaron y le inmovilizaron las manos a la espalda.




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