Esposada a un pilote de hormigón semienterrado en el claro ceniciento, Camila respiraba con dificultad mientras un hilo de sangre le bajaba por la sien. Frente a ella había dos soldados de Lateral, idénticos, de piel cetrina y uniformes de polímero negro. A quince metros sobre ellos, un dron vigía flotaba en silencio, rotando su lente carmesí sobre la niebla.
Del receptor de radio fijado al hombro del primer clon brotó una voz rasposa, autoritaria y cargada de veneno burocrático:
—¡Cero-Dos, reporte de estado! —rugió la voz del comandante Vargas a través de la estática—. ¿Tienen a la analista de Continuum?
—Objetivo asegurado, comandante —respondió el clon con frialdad procedimental—. Procediendo a protocolo de contención y traslado hacia la sede central de Placea.
—¡Negativo, imbécil! —lo cortó Vargas, escupiendo las palabras con furia—. Si la llevan al comando central, el Consejo Superior exigirá auditorías de custodia, firmas de supervisión y protocolos médicos. ¡Interróguenla en el barro ahora mismo! Apliquen descargas neuroquímicas hasta que escupa las coordenadas de Castellanos y del traidor de Américo Vela. Si se le quema la memoria y el activo colapsa, le meten un tiro y la tiran a la zanja.
—Entendido, comandante. Ejecutando extracción inmediata de datos en campo.
El clon cortó la comunicación con un clic y levantó su pistola química, apuntando a la mano de Camila:
—Coordenadas de la posición de fuga.
—Ustedes y su comandante son la misma basura cobarde.
El primer clon le disparó una carga química en la base de la mano derecha.
Un latigazo de sobrecarga neuronal recorrió la columna de Camila. El dolor fue tan abrasador que le hizo arquear la espalda contra el poste, sangrando por la nariz y con los labios partidos, mientras sus pupilas se dilataban bajo el choque sináptico.
—Coordenada de Castellanos —dijo el clon con una voz plana, carente de cualquier entonación humana—. El registro biométrico indica que has perdido el treinta por ciento de tus sectores de memoria. Un disparo más y no recordarás tu nombre.
El clon se giró hacia su compañero para consultar el terminal de telemetría y ajustar el dial de dispersión.
Camila se quedó sola durante unos segundos, suspendida de las muñecas contra el poste de hormigón, con la sangre del labio partido goteándole sobre la barbilla.
En esa tregua mínima de silencio, el miedo le subió por la garganta como un vómito frío.
Cerró los ojos. No para concentrarse ni para computar una salida, sino para no ver la niebla hostil del claro. Apoyó la nuca contra la aspereza helada del hormigón y sintió cómo el pecho se le comprimía en un espasmo de asfixia pura.
—Clara... —susurró, tan bajo que apenas sus labios ensangrentados se movieron—. Enséñame a no temblar.
Nadie respondió. Solo el crujido de la ceniza arrastrada por el viento contra la base del poste.
El estómago se le contrajo en un nudo violento; las rodillas le flaquearon y las esposas de acero le mordieron la carne de las muñecas cuando su cuerpo resbaló cinco centímetros por la aspereza del hormigón. Intentó respirar, pero el aire le entró a trompicones, helado, raspándole los alvéolos como limaduras de hierro mientras un temblor incontrolable le sacudía los tendones de los muslos.
—No quiero morir aquí... —se dijo a sí misma entre dientes, con las sienes palpitándole desbocadas—. No en este suelo.
Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla izquierda, abriéndose paso a través del hollín y mezclándose con la sangre tibia de su mandíbula. La sintió salada y ardiente sobre la piel.
Cuando el clon volvió a girarse con el cañón cargado, Camila ya había frotado la mejilla contra su hombro para borrar cualquier rastro de debilidad. Clavó las uñas en la espiral de grafito de su palma: esa herida de carbón y sangre no era un archivo digital que el sistema pudiera formatear.
Camila escupió un coágulo espeso contra la bota del clon. Una sonrisa gélida, salvaje y desafiante le iluminó el rostro magullado:
—Camila Denueve es el archivo que ustedes me dieron. Pueden quedárselo sin problemas, pero yo siempre estaré aquí.
El clon frente a ella levantó el arma a la altura de sus ojos:
—El sector está sellado. No hay nadie que pueda ayudarte. Pronto llegará un escuadrón que los encontrará igualmente. Última oportunidad: coordenadas de Mulatos Castellanos.
El lente del dron se contrajo. Un haz azul recorrió el rostro de Camila, deteniéndose en sus pupilas.
—Activo de coordenada confirmado —anunció una voz sintética a través del modulador del dron, con una micro-oscilación de estática familiar, un compás casi orgánico que no pertenecía al protocolo de Lateral sino a la arquitectura distribuida de la posición Cinco—. Preservación prioritaria. Suspender daño irreversible.
Los dos clones bajaron las armas al mismo tiempo. No por compasión: por obediencia.
Arriba, en el cielo plomizo, el dron vigía emitió un chispazo silencioso. Su lente óptica estalló hacia adentro y el rotor izquierdo se partió en dos con un crujido seco. El aparato cayó en barrena y se estrelló contra los helechos.
Los dos clones se tensaron al unísono, girando sobre sus talones mientras apuntaban hacia la bruma espesa.
—¿Fallo de la batería? —preguntó el segundo clon.
—Negativo. Impacto cinético de alta velocidad.
No alcanzó a dar un paso.
Un silbido tenue rasgó el aire húmedo. El proyectil atravesó la sien del primer clon: la cabeza explotó en una nube oscura de fluidos y esquirlas óseas, empapando de lleno el rostro y el pecho del clon superviviente.
El clon entró en pánico, agarró a Camila violentamente por el cabello, la levantó del suelo y le apoyó el cañón de su arma contra la sien, usándola como escudo humano mientras escaneaba desesperadamente la línea de árboles.
—¡¿Qué está pasando?! —gritó el clon, con la voz quebrada por la interferencia de su red—. ¡¿Quién está disparando, no detecto a nadie?! ¡Detenlo o te vuelo el cráneo ahora mismo!