El eco del disparo murió en la espesura. Américo se quedó un segundo mirando el cuerpo caído, sintiendo el humo del cañón quemarle las fosas nasales. Luego, el rugido de un motor pesado rompió el silencio.
Américo llegó junto a Camila con el rifle al hombro y el cañón despidiendo un hilo de humo blanco. Se arrodilló y buscó las llaves de las esposas en el bolsillo del clon caído. Al encontrarlas, fue hasta Camila, que estaba de espaldas, y metió la llave en la cerradura. Pero la mano aún le temblaba por la adrenalina y no conseguía girarla. Entonces Camila puso su mano sobre la de él.
—Suelta el aire —susurró ella.
Él obedeció.
Sintió el calor de la piel de Camila atravesando el temblor de sus dedos, el peso del metal frío y el ritmo exacto de su propia sangre en el pecho. Y en ese instante, la voz de Elena dejó de ser un enigma para volverse una certeza luminosa: el pulso no era una directiva técnica ni una corrección milimétrica. El pulso era lo único que quedaba cuando te arrancaban el mapa. Era la decisión de no temblar cuando ya no hay nada que te garantice el futuro.
La llave giró y las esposas cayeron sobre el barro.
Camila se giró, frotándose las muñecas amoratadas. Se limpió la sangre de la barbilla con el dorso de la mano, levantó una ceja y lo miró de arriba abajo con severa gravedad:
—No te vuelvas a separar de mí.
Había sido ella la que se había ido. Américo no se lo dijo.
—Clara tenía razón —dijo Américo, tendiéndole el fusil—. «Un segundo de pulso firme te ahorra diez años de remordimientos.»
Juntos corrieron hacia la zanja. Mulatos empezaba a incorporarse, aturdido pero consciente, entre el barro y las raíces. Tac salió de debajo del abrigo del anciano con las escamas latiendo a la cadencia rapidísima del combate, soltó un siseo furioso hacia la línea de árboles y trepó de un salto a la pechera de Camila, frotando el hocico contra su mandíbula ensangrentada.
La tregua duró apenas un latido. Desde la espesura llegó el rugido de un motor pesado, seguido por tres bengalas rojas que cortaron la niebla. Una ráfaga de fuego pesado barrió el borde del claro y obligó a los equipos de recuperación que descendían del búnker a replegarse hacia los árboles.
—¡Fuego de cobertura! ¡Muévanse, carajo! —rugió una voz áspera desde las sombras.
De la espesura surgió un radiotransporte rebelde artillado, abriendo paso entre los troncos calcinados a base de embestidas y granadas de fragmentación. A toda velocidad cruzó la línea de fuego enemigo y frenó junto a la zanja.
Américo seguía con su fusil el movimiento ágil del vehículo. Al detenerse, bajó la ventanilla blindada y asomó la cabeza un hombre con barba ruda y lentes de soldador sobre la frente.
Mulatos, de pie junto a Américo, gritó a todo pulmón:
—¡¿Trajiste las herramientas?!
—¡Siempre traigo herramientas! ¿Mulatos? —respondió el conductor con una sonrisa torcida de oreja a oreja.
Américo abrió los ojos con una mezcla de conmoción, sorpresa y alegría al reconocer al viejo amigo que el tiempo había transformado:
—¡¿Nael?!
—¡Amérghico! —gritó Nael mientras maniobraba con una mano y con la otra les hacía señas desesperadas para que corrieran—. ¡Suban! ¡Suban ahora! ¡La explosión del estrato desestabilizó la cuenca! ¡No es la única falla que se abrió; el sensor de Varela detectó un pulso masivo a cuatro kilómetros!
Introdujeron a Mulatos dentro del habitáculo blindado. Camila saltó detrás con Tac aferrado a su pechera, y Américo subió de un salto justo cuando el vehículo aceleraba a fondo, escupiendo fango y dejando atrás las detonaciones secundarias de los clones.
La compuerta blindada se cerró con un golpe suave y preciso.
Dentro del radiotransporte, el olor a pólvora, café recalentado, grasa de engranajes y sudor llenó el aire. No tenía nada que ver con los pisos pulidos, la climatización aséptica y el silencio inerte de la mansión de su padre en Placea. Esto era ruidoso, roto, lleno de aristas y remiendos, pero vivo.
Nael iba al volante en la cabina delantera, concentrado en esquivar los peñascos y los cráteres del terreno. Mulatos se había dejado caer en una banqueta acolchada, quedándose dormido casi de inmediato con la cabeza inclinada sobre el pecho; el collar de cobre colgaba apagado y Tac, con el pulso ya largo y sereno, se acurrucaba en su regazo ronroneando al compás del motor.
En la parte trasera, Américo estaba sentado junto a Camila en la penumbra, pero no la miraba. Miraba sus propias manos apoyadas sobre las rodillas. Aún le temblaban.
—Nunca había matado a nadie —dijo en voz baja, sin apartar la vista de sus dedos manchados de pólvora—. En Placea... en Placea procesaba expedientes de purga. Gente que desaparecía de las nóminas. Pero nunca vi sus caras. Nunca sentí el retroceso del cerrojo en el hueso del hombro.
Camila no respondió de inmediato. Terminó de vendarse el hombro herido, alargó la mano y posó sus dedos sobre los de él. No para forzarlo a detener el temblor, sino para acompañarlo en él.
—Clara me dijo una vez que el primer tiro siempre hace temblar las manos —murmuró Camila con una voz pausada y cálida—. Que los que dicen que no tiemblan mienten o están muertos por dentro.
Américo levantó la mirada despacio. Tenía los ojos enrojecidos y la respiración pesada, pero en sus facciones no había solo dolor: había un asombro amargo.
—Los vi caer por la mira óptica —susurró él—. Vi cómo se apagaban en el lodo. Y en lugar de sentir alivio... sentí que me convertía en otra persona.
—Te convertiste en la persona que los detuvo —respondió ella, apretándole los dedos con una firmeza serena—. No en la que los borró.
Américo la miró a los ojos, buscando una certeza a la que aferrarse:
—¿Cómo sabes la diferencia?
Camila sostuvo su mirada, y en su semblante magullado hubo una sombra de tristeza antigua y una convicción absoluta: