La habitación que falta: El tiempo

CAPÍTULO 13: El taller

El radiotransporte derrapó sobre la rampa frenando con un chirrido agudo que hizo crujir la suspensión. El motor soltó vapor blanco con olor a refrigerante quemado antes de apagarse con un estertor metálico.

Nael golpeó el volante con la palma abierta y saltó de la cabina con una llave de tuercas en la boca y un destornillador en la mano, arrojándose directamente bajo el capó humeante:

—Las juntas han resistido de manera impecable —anunció Nael, asomando la cabeza desde el vano del motor con una dicción exageradamente limpia, casi clínica, articulando cada consonante como si estuviera rindiendo un examen oral de fonética.

Américo abrió la compuerta lateral de un empujón seco. El aire del Búnker 3 lo recibió en el pecho: una mezcla espesa de ozono, pólvora vieja, aceite hidráulico y el calor tibio de los cultivos de líquenes que colgaban desde las vigas de piedra. Apoyó el rifle sobre el banco de herramientas con un golpe rotundo; el cañón todavía desprendía el tufo agrio de los disparos a trescientos metros. En el fondo de la mandíbula le latía una furia vieja, un ardor sordo que no nacía del cansancio: era el recuerdo del memorándum de despido en Placea, la humillación de haber sido declarado «material sobrante» por los mismos burócratas de Lateral que ahora enviaban tanques a cazarlos como a bestias. No venía a refugiarse; venía a cobrarse la cuenta.

Tac saltó de inmediato de los brazos de Camila, deslizándose sobre una canaleta hasta zambullirse de cabeza en una tina de agua salina. En cuanto el agua cubrió sus branquias, el pulso de la criatura bajó del ritmo del combate a un verde largo y sereno que iluminó el fondo de zinc.

Al fondo del taller, bajo el cono de luz amarillenta de una lámpara halógena, aguardaba la Dra. Varela.

Estaba sentada en una silla de ruedas de chasis tubular reforzado, construida a mano por Nael con amortiguadores hidráulicos y ruedas de goma maciza. Parecía sentada en un trono mecánico.

Américo se quedó quieto en el vano de la compuerta.

La última vez que había visto a esa mujer, caminaba apoyada en una vara de roble y le sobraba mal genio para llegar sola hasta la puerta. De eso hacía, para él, cuatro días.

Buscó la cifra donde ya sabía buscarla. En la barba de Nael. En los remaches de la silla, que no se sueldan en una tarde. En la forma en que Varela tenía las manos apoyadas sobre los apoyabrazos, como quien lleva mucho tiempo sentado.

No preguntó cuántos. Nadie preguntó. Habían aprendido que el número no cambia nada, y que decirlo en voz alta, en este mundo, a veces sí.

Varela avanzó sobre el piso irregular con un rodar firme. Clavó su mirada en el grupo:

—Trece minutos de retraso, Nael —dijo la doctora, con voz áspera como la lija—. Te advertí que el destacamento de Lateral reforzó el perímetro tras la explosión en la ladera.

—El embrague patinó —dijo Américo, cortando la excusa del muchacho antes de que empezara—. Pero los dos clones que tenían a Camila no van a volver a reportar a sus oficiales.

Varela detuvo la silla a medio metro de Américo. Su pupila artificial se contrajo con un destello cian milimétrico mientras examinaba la postura erguida del joven, la falta de temblor en sus nudillos y la forma en que su mano izquierda reposaba sobre el cerrojo del rifle. No había rastro del analista asustadizo que tropezaba con sus propios pies en la nieve; delante de ella había un hombre que empezaba a sostener el peso de la trinchera. Varela sintió un pinchazo agudo en su muslo de titanio desgastado, el recordatorio cruel de que sus propios días en el mando estaban contados, pero disimuló el dolor tensando la comisura de los labios.

—Vaya —murmuró la doctora con una ironía seca—. Parece que disparar sin pedirle permiso a una terminal no se te da tan mal, Vela. Lástima que matar a dos peones no detenga a una división entera de blindados.

Camila dio un paso al frente, con la mano derecha hundida en el bolsillo del abrigo para ocultar el ardor de la cicatriz de grafito. Tenía la mirada turbia, vacía de fatiga y llena de una cólera fría que no lograba enfocar:

—El dron vigía de Lateral canceló la ráfaga a dos metros de mi frente —dijo Camila, con una frialdad defensiva que sonó casi como una acusación—. «Activo de coordenada confirmado: Preservación prioritaria». Eso decía la orden. No querían matarme, Varela.

Varela desvió la vista hacia la tina de Tac, donde Mulatos metía los brazos hasta los codos en el agua fría, balbuceando números inconexos.

—¿Y qué esperabas, Denueve? —respondió Varela con aspereza clínica—. ¿Que te pidieran la identificación? Seguro se quedó sin carga.

—Esperaba saber qué carajo soy —murmuró Camila, y por primera vez en semanas su voz perdió el blindaje técnico, dejando al descubierto una grieta de desolación pura—. Federico dice que Mulatos firmó mi excepción biológica; Mulatos no recuerda ni cómo hervir café; y los clones de Lateral tienen órdenes de atraparme viva como si yo fuera un objeto de valor. Di lo que sabes de una vez y déjate de acertijos termodinámicos.

El silencio que siguió fue denso como el hormigón. Nael se detuvo bajo el capó, asomando la cabeza con el rostro tiznado y la llave inglesa suspendida en el aire, intuyendo que esa discusión no se arreglaba con soldadura.

Américo dio un paso hacia Camila, pero se detuvo antes de tocarla, sabiendo que cualquier gesto de consuelo chocaría contra su orgullo herido:

—Federico nos confirmó la fractura en el subsuelo de la posición Cinco —dijo Américo, volcando la conversación hacia el terreno táctico para proteger a Camila—. Placea no es una ciudad: es un domo hermético que se está congelando bajo su propio vacío. Continuum perdió el control de los balances térmicos y los oficiales de Lateral se largaron al exterior con las bio-impresoras para fundar su propia dictadura militar. Son tres cabezas pudriéndose al mismo tiempo. Y los únicos que están pagando el costo somos los que estamos en el barro.




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