La habitación que falta: El tiempo

13.1

—Los capturamos en la emboscada del desfiladero norte hace tres días —respondió Varela, impulsando su silla de ruedas hacia la galería—. Y no los tenemos encerrados por crueldad, Vela. Los clones de Lateral fueron modificados genéticamente para obedecer órdenes ciegas por defecto. No tienen capacidad biológica para reclamar; obedecen porque están programados para buscar una voz de mando y sentirse seguros en la sumisión. Si una patrulla de Lateral emitía una señal de radio en frecuencia abierta, estos hombres habrían ejecutado la directiva de forma automática, incluso en contra de su voluntad.

Varela se detuvo a dos metros de los barrotes de hierro:

—Los mantuve en contención porque los necesitamos para la misión de descenso. Para cruzar la Sala de los Relojes y frenar los tanques afuera necesitamos información que solo está en sus cabezas: el mapa de trampas del subsuelo, los canales de salto de radio y los códigos de autenticación de los blindados. Son nuestra única llave para entrar al santuario. Pero antes de soltarlos y ponerles un fusil en las manos, necesito que los evalúes, Vela. Tienes que saber si son capaces de elegir por sí mismos o si solo están esperando la siguiente orden.

Camila caminó hacia la galería de detención.

En dos cubículos contiguos, separados por rejas de acero de mina, aguardaban los prisioneros. Al verlos bajo el haz de las lámparas halógenas, Camila se detuvo en seco con el pulso helado.

Eran tres hombres físicamente idénticos.

Tenían el mismo rostro anguloso, la misma mandíbula cuadrada, el mismo cabello castaño cortado a ras milimétrico y las mismas dos marcas de láser: en la base del cuello, el código de barras del lote, idéntico en los tres; en la cara interna de la muñeca, dos dígitos que no se repetían.

El lote iba detrás, donde solo podían verlo los demás. El número iba delante.

En la celda izquierda estaba Cero-Siete. Estaba sentado en el suelo de piedra, encogido sobre sí mismo, sujetándose las costillas fracturadas con dedos temblorosos. No pedía agua ni miraba a los guardias; tenía los ojos clavados en las grietas del piso, habitando una resignación tan antigua que dolía mirarlo.

En la celda derecha estaba Cero-Nueve. Estaba de pie, aferrado a los barrotes con una sonrisa espasmódica, moviendo los pies en un trote nervioso mientras examinaba los remaches de la cerradura.

En el rincón posterior de la celda izquierda, apartado de Cero-Siete por metro y medio de piedra fría, había un tercer hombre: Cero-Tres. Mismo rostro, misma mandíbula, mismas dos marcas. Pero estaba de pie. Espalda recta contra el muro húmedo, manos cruzadas detrás del cuerpo, vista al frente: la postura rígida de quien espera una inspección de rutina. Solo cuando Camila lo miró directamente a los ojos, él hizo algo que ningún protocolo le había enseñado: apartó la vista.

Camila se retiró despacio y se sentó en el banco de herramientas, a seis metros de las rejas, fingiendo revisar un fajo de mapas arrugados. No intervino.

Américo se acercó a los barrotes de Cero-Nueve con el mapa en la mano. No lo abrió para mostrárselo; lo sostuvo doblado, como quien sostiene un argumento técnico:

—Necesito los canales de salto de la columna blindada que viene del norte. Varela dice que tú los conoces.

—Varela sabe que te los diré —dijo Cero-Nueve, recostándose contra los barrotes con los brazos cruzados y una mueca sardónica—. Te está probando a ti. ¿Sabes distinguir la diferencia?

Américo se congeló un segundo:

—¿Para qué sirves?

Directo. Sin crueldad, sin calidez. La pregunta seca de un analista de asignaciones conociendo el invento de alguien más.

Cero-Nueve abrió la boca para soltar un chiste. La cerró. La abrió de nuevo, perdiendo por un milisegundo el brillo de los ojos:

—Para lo que necesiten que sirva. Siempre fui bueno en eso.

Américo lo miró un segundo más de lo necesario:

—Bien. Empieza por el canal primario. ¿Cómo funciona?

En el banco de herramientas, Camila dejó de pasar las páginas del mapa. La pregunta de Américo seguía suspendida en el aire del taller como polvo de yeso: *«¿Para qué sirves?»*. Había respondido a esa misma pregunta cada año desde los doce, rellenando formularios de aptitud de Placea con el membrete del domo central. Siempre había sabido cuál era la respuesta correcta.

Américo se desplazó a la celda izquierda. Cero-Siete no levantó la cabeza del suelo.

—Varela dice que conoces la distribución de trampas del subsuelo —dijo Américo.

Silencio. El goteo del drenaje llenó la pausa.

—Necesito saber si puedes operar bajo presión de tiempo y con visibilidad reducida.

Cero-Siete respondió sin alzar la vista, con la cadencia monótona de quien recita de memoria una etiqueta técnica:

—Unidad L-07. Capacidad de orientación subterránea certificada. Radio de operación efectiva: cuatro kilómetros en oscilación de baja frecuencia. Resistencia a carga de combate: dieciséis horas continuas con suplemento básico. Historial de bajas propias en misión: cero.

Américo esperó.

—¿Algo más? —preguntó.

Cero-Siete levantó la vista por primera vez. Sus ojos grises, apagados, encontraron los de Américo con una calma que era lo contrario exacto de la paz:

—Eso es todo lo que hay.

En el banco, Camila cerró el mapa. Despacio. Con cuidado minucioso, como si el papel fuera a quebrarse entre sus dedos. *«Eso es todo lo que hay»*. Repitió para sí, en voz baja: *Eso es todo lo que hay.*

Nael se acercó masticando un pedazo de cecina seca, señalando a los clones con la punta de su llave inglesa y modulando cada sílaba con una pulcritud deliberada:

—El determinismo genético de Lateral es una completa falacia de laboratorio. Imprimen cien unidades biológicas en cubas de titanio jurando que son «engranajes estandarizados». Pero uno está famélico; otro es un histérico; y el tercero se cree capataz de la fábrica. Trabajan sin calidad, esos de Lateral —dijo, moviendo la cabeza en señal de desaprobación.




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