Camila se levantó despacio. Dejó caer el mapa sobre la mesa y caminó directo hacia el centinela. Se detuvo a medio palmo de su rostro, con la mirada tan gélida y afilada que el hombre dio un paso involuntario hacia atrás:
—Nadie en este mundo nace siendo un producto, soldado —dijo Camila, con una voz baja que cortó el aire de la caverna como una hoja de afeitar—. Ni ellos, ni tú, ni yo. Los fabricaron para obedecer, pero ellos no eligieron su fosa, ni su sangre, ni la marca de sus huesos. Si tú los mides solo por su utilidad y los desechas cuando se rompen, no eres un combatiente de la resistencia: eres exactamente el mismo sistema que dices combatir.
El centinela abrió la boca para replicar, pero se topó con el fuego salvaje en los ojos de Camila y la mano de Américo cerrándose con firmeza sobre la correa de su propio fusil.
Varela sostuvo la mirada de ambos bandos con un gesto adusto:
—Quedan bajo custodia, pero no bajo desprecio —sentenció la comandante—. En el campamento nadie es material del sistema. Ni los nuestros ni los que Lateral arrojó contra nosotros.
Varela impulsó su silla de ruedas hasta quedar frente al grupo:
—Basta de conferencias genéticas. Tenemos que movernos.
Mulatos caminaba despacio alrededor de la tina de Tac, hundiendo las manos en el agua fría para acariciar las branquias de la criatura:
—El agua corre hacia el Uno... —murmuró Mulatos con una sonrisa serena—. *Tac... tac... tac...*
Américo sacó de su abrigo el diapasón de acero y lo colocó sobre la bandeja de metal de la silla de Varela:
—No vinimos a escondernos a este campamento, Comandante. En la posición Cinco fue muy claro. Tenemos que ir por el Uno. Es posible que esa sea la manera de cerrar las fallas.
El taller entero quedó en un silencio sepulcral. Cero-Nueve cerró la boca por primera vez en toda la tarde, mirando el trozo de acero con los ojos entrecerrados.
Varela dejó la taza sobre la bandeja y frunció el ceño con una mezcla de perplejidad y fastidio:
—¿Posición Cinco? ¿El Uno? ¿De qué diablos estás hablando, muchacho? Llevamos décadas conteniendo y estudiando las Fallas. Para nosotros son desgarros de radiación y ahora brea, donde no sobrevive ni una oruga de combate. ¿Qué invento es este?
Américo desplegó sobre la mesa de trabajo las hojas manchadas de grafito que Camila había rescatado y el plano del búfer de su madre:
—No son accidentes geológicos, doctora —explicó Américo, señalando las curvas concéntricas que conectaban los cráteres con las cotas subterráneas de Placea—. Son estaciones. El equipo original de mi madre y de Mulatos no exploraron a ciegas, trazaron una secuencia de rutas fijas para descender por los estratos térmicos. Federico controlaba la puerta de la posición Cinco. Bajo la brea hay más posiciones, y según Mulatos, el líder de su equipo está en la posición Uno.
—Hacia el Maestro —añadió Camila, con los brazos cruzados—. El punto donde comenzó todo.
Varela miró los diagramas con su ojo natural entrecerrado, escéptica pero atenta a cada trazo:
—¿Y pretendes que crea que un grupo de teóricos de hace treinta y cinco años dejó un camino abierto en medio del infierno?
—No tiene que creerlo por fe —dijo Américo—. Solo escúchelo.
Américo tomó el diapasón y lo golpeó suavemente contra el borde de la silla de ruedas.
El metal vibró con una pureza absoluta: cuatrocientos cuarenta hercios. La nota LA.
Al percibir la oscilación acústica, el ojo artificial de Varela sufrió una microdilatación violenta; un halo cian atravesó el iris sintético y los condensadores internos de su implante zumbaron al unísono con la vibración del acero.
Varela se aferró a los apoyabrazos de su silla de ruedas, resistiendo el latigazo sensorial:
—Esa resonancia... Los osciladores de mi propio implante están respondiendo a esa frecuencia. —Varela tragó saliva—. Todo esto es difícil de creer. Pero si esa es la forma de detener esta locura, hay que ir a esa posición Uno.
Varela miró los monitores sísmicos, donde las alertas rojas marcaban los tanques de Lateral:
—Pero hay un problema mayor: si bajamos todos juntos a la anomalía, los tanques de asedio de Lateral nos encerrarán por la espalda y volarán la entrada de la caverna antes de que entremos a la última falla. Tenemos que operar a dos bandas.
Américo y Camila se miraron. En sus ojos brilló el rechazo inmediato a separarse después de haber cruzado juntos trece años de deriva temporal.
—No nos vamos a separar —dijo Américo, con la mandíbula apretada.
—No es una discusión, Vela —cortó Varela con voz de trueno, señalando los sismógrafos que temblaban bajo las orugas de los tanques—. Si los blindados de Lateral revientan la garganta de la cueva, nos sepultarán a cien metros bajo piedra y brea antes de que ustedes den diez pasos. O yo les gano dos horas a cañonazos allá afuera, o no habrá compuerta a la que llegar. ¡Muévanse!
Varela trazó dos líneas sobre el mapa de la mesa:
—Banda A: Camila, Mulatos y Tac descienden a la Sala de los Relojes. Necesitan a Tac para esquivar las bolsas de tiempo muerto y a Cero-Siete, que conoce la distribución de trampas del subsuelo.
—Banda B: Américo, Nael y yo nos quedamos en el desfiladero exterior. Usaremos las frecuencias de radio que Cero-Nueve nos va a descifrar para interceptar las columnas de Lateral, detonar las cargas en la garganta y ganarles las dos horas que necesitan para llegar a la posición Uno. Cero-Tres viene con nosotros bajo la mira de Nael: si quiere demostrar que su vida vale algo, nos dará los códigos de autenticación de las orugas de vanguardia.
Camila miró a Américo. Extendió la mano y le apretó los dedos con una fuerza desesperada y silenciosa.
—Te veo en la compuerta final —susurró Camila.
Américo le devolvió el apretón, sintiendo el calor de su piel contra el frío del taller:
—Cuida el mapa, pero sigue el pulso. Nos vemos ahí abajo.