El Instituto Círculo Cero no era una escuela; para Selene —una fuerza de la naturaleza de 15 años, con piel pálida, una cola juguetona de demonio, grandes alas negras y una sonrisa donde brillaban dos colmillos—, aquello era un centro de alta seguridad diseñado para torturar mentes brillantes. Tenía cuernitos que se movían según su estado de ánimo (casi siempre en modo "trama malvada") y un poder mágico latente que hacía sudar frío al mismísimo director.
La mañana empezó con una pequeña broma en el laboratorio de ciencias.
—A ver, ingenios de pacotilla... —susurró Selene para sí misma, con sus ojos rojos brillando de pura travesura.
Con un movimiento casi imperceptible de su magia y un intelecto superior al de los mayores genios del planeta, reprogramó los dispensadores de jabón del baño de profesores para que expulsaran espuma de colores radiactivos que brillaba en la oscuridad y olía a chicle rancio.
Cinco minutos después, el pasillo principal del Círculo Cero era un campo de batalla.
—¡Selene! ¡Vuelve aquí ahora mismo! —rugió la profesora Valeria (una mujer de armas tomar y cero paciencia), persiguiéndola a toda velocidad mientras intentaba sacarse la espuma rosa de las pestañas.
A su lado corría la profesora Diana, con una diadema dorada que le parpadeaba de la furia, y la estricta Karin (la jefa de disciplina, más fría que un iceberg), quien llevaba un reporte de faltas de tres metros de largo enrollado como un pergamino antiguo.
—¡Corre, colita, corre! —se rió Selene, batiendo sus grandes alas negras para elevarse justo dos metros por encima del suelo, sacándoles la lengua con total impunidad.
—¡Baja de ahí inmediatamente! ¡Tienes clase de cálculo avanzado con el profesor Dante y física cuántica con el señor Gael! ¡Y ni se te ocurra saltarte la clase de etiqueta de la señorita Cassandra! —le gritó Gwen, la orientadora del instituto, intentando mantener la compostura mientras esquivaba un charco de purpurina explosiva que Selene acababa de dejar caer.
—¡Ay, por favor! ¡Prefiero que me caiga un rayo de la profesora Bárbara antes que escuchar otra vez al viejo Dante presumir de sus armaduras tecnológicas! —respondió la chica, haciendo una pirueta en el aire.
En ese momento, el mismísimo Dante (el inventor más presumido del campus, famoso por sus trajes metálicos) salió de su despacho con una taza de café que acababa de teñirse de color verde neón gracias a las travesuras de la chica. Vio a Selene flotando, suspiró profundamente y se frotó las sienes.
—A ver, pequeña calamidad con cuernos —dijo Dante cruzándose de brazos, intentando mantener una falsa autoridad—. Tienes un coeficiente intelectual de genio universal, puedes doblar la realidad con un hechizo si te da la gana, pero si no entregas el ensayo sobre historia de los héroes antiguos antes del almuerzo, te voy a confiscar las llaves de tu escondite secreto en el tejado.
Selene aterrizó suavemente frente a él, sacándoles ventaja a las profesoras que venían corriendo detrás. Se cruzó de brazos, luciendo tan inocente como un diablillo de 15 años podía hacerlo, y enseñó los colmillos en una sonrisa retorcida.
—¿El ensayo? Oh, profesor Dante... mire hacia arriba.
Todos levantaron la vista. El techo del pasillo se abrió mágicamente y, en lugar del cielo, apareció una gigantesca pancarta que decía: "El Círculo Cero es aburrido y el director usa peluquín", firmada con un holograma en 3D de la cara de Selene haciendo una mueca graciosa.
Las profesoras se quedaron de piedra. Dante soltó una carcajada disimulada mientras negaba con la cabeza. Y Selene, aprovechando el desconcierto, dio un salto, batió sus alas y salió disparada hacia la ventana abierta del salón de clases, lista para arruinarle la paciencia al siguiente maestro en la lista.
Ser una adolescente normal en una escuela de superdotados era una pesadilla... pero para ella, era el mejor juego del mundo
Y así, tras dejar la pancarta de "El Círculo Cero es aburrido y el director usa peluquín", Selene salió disparada por la ventana hacia el salón de Control de Poderes Inestables, lista para su siguiente dosis de caos.
Aterrizó perezosamente en su pupitre, meneando la cola de demonio de un lado a otro. Sus dos inseparables cómplices ya estaban metidas en problemas. En la primera fila, Scarlett (nuestra brillante pero inestable chica de la magia caótica) intentaba mover una simple pluma de metal. De pronto, un destello carmesí estalló de sus dedos: la pluma se desintegró y, por accidente, la mesa del fondo salió disparada hacia la puerta justo cuando la profesora Valeria —la temida instructora de táctica, con cero sentido del humor— iba entrando.
—¡Cuidado, profe! —gritó Maya, la otra compañera del trío, cuyo poder de absorción hacía que apenas pudiera tocar las cosas sin romperlas.
Valeria esquivó la mesa por centímetros, pero el remolino de energía desatado por Scarlett hizo "¡ZAS!". Una chispa carmesí rozó la cabeza de la profesora, chamuscándole un mechón entero de su impecable cabello y dejándole un humeante peinado afro de un segundo para el otro.
El silencio en el salón fue absoluto. Los cuernitos de Selene se quedaron paralizados de la impresión, y luego... soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo.
—¡Jajaja! ¡Te quedó increíble el nuevo look, Valeria! Muy moderno, muy punk —se burló Selene, señalándola con el dedo mientras enseñaba los colmillos divertida.
Valeria se quedó petrificada. Se tocó el pelo quemado, olió a humo, y sus ojos se inyectaron de pura furia asesina.
—¡SELEEEEENE! ¡SCARLETT! ¡MAYA! ¡LAS VOY A COLGAR DEL CAMPANARIO! —rugió la profesora, lanzándose a correr hacia ellas con una velocidad sobrehumana.