A las tres de la mañana, la enfermería apestaba a una mezcla de magia corrupta recién filtrada y a esa hierba densa que Maren solo sacaba para los casos más graves. Me conocía el olor de memoria; llevaba tres horas plantada junto a la puerta, sin moverme un milímetro.
Maren no estaba por ningún lado.
Se había despertado en plena evacuación y, fiel a su estilo, exigió atender a los heridos críticos antes de dejar que nadie la tocara a ella. Es el típico gesto que te hace imposible enfadarte con ella, por mucho que te desespere. En su lugar, otra de las profesoras —bastante más joven y con los nervios a flor de piel— manejaba el caos de la sala improvisando a un nivel que rozaba lo heroico.
Al fondo, en el último catre, estaba Eryx.
Estaba despierto, lo cual ya era mucho más de lo que yo había previsto cuando lo arrastramos desde el patio. La herida del costado resultó ser bastante más profunda de lo que parecía a simple vista. La infección mágica le había calado hondo, llegando hasta lo que la profesora joven llamó «los canales», ese sistema interno por donde fluye la corriente mágica de cada uno.
Destrozar los canales no es como romperse un músculo.
En mis años fuera de la academia aprendí lo suficiente para saber que eso se cura despacio, que los efectos secundarios son una lotería y que, a veces, la secuela es para siempre.
No lo dije en voz alta. Me lo guardé, como todo lo que llevaba tragándome esa noche.
Dieron las cuatro cuando por fin me senté en la silla junto a su catre. La sala se había despejado lo suficiente como para poder hablar sin tener que gritar por encima de otros cuatro murmullos.
Eryx abrió los ojos.
—Cuánto tiempo llevas ahí —soltó. No era una pregunta.
—Un rato.
—¿Cuánto es un rato?
—El que haga falta.
Un leve tic le cruzó la cara. Ese milímetro que en cualquier otro hombre habría sido una sonrisa, pero que en él significaba otra cosa.
—¿Cómo va el costado? —le pregunté.
—Funciona.
—No te he preguntado eso.
—Es lo más honesto que puedo ofrecerte ahora mismo.
Me quedé mirándolo. Bajo la luz tenue de la enfermería, despojado de sus defensas habituales y con la herida haciendo de las suyas bajo las vendas, parecía la versión más accesible que había visto de él. No porque estuviera roto, sino porque la energía que siempre usaba para mantener las distancias la estaba gastando en seguir respirando.
—Lo siento —le dije. No añadí nada más, porque cualquier explicación habría sonado ridícula.
—No deberías —respondió él.
—Tomé la decisión equivocada.
—Tomaste la única decisión posible con lo que sabías entonces. —Hizo una pausa y me clavó la mirada—. Yo habría hecho lo mismo.
—Eso no significa que estuviera bien.
—No. Pero al menos es comprensible.
El silencio que vino después no fue incómodo. Era ese tipo de silencio que se instala entre dos personas que tienen demasiado que contarse, pero que ya han llegado al límite de lo que el cuerpo aguanta en una sola noche.
—¿Quién lo organizó todo? —rompí el hielo—. Y no me hables de las familias ni de la Orden en general. Quiero saber quién movió los hilos de verdad. Quién falsificó tu firma en el registro, quién robó la corona y quién envió al atacante con tu emblema.
Silencio.
—Lo sé —admitió por fin—. Y debí decírtelo antes.
Lo que Eryx me soltó en las dos horas siguientes tenía el peso de un secreto madurado a la fuerza, esperando el momento idóneo para salir a la luz. Aunque escuchándolo, me di cuenta de que nunca habría habido un momento idóneo; era este y ya está.
Resulta que hay alguien metido en el consejo de Noctis. Alguien que no pertenece a los representantes de las familias, sino a la propia estructura interna de la academia, y que lleva años coordinando algo mucho más grande que las escaramuzas de estas semanas. Los ataques eran solo la superficie. Detrás había décadas de preparación: un control milimétrico de la información sobre el linaje Ashvaren, decidiendo qué se guardaba en los archivos, qué se destruía, qué nombres se mantenían en los registros y cuáles se borraban de la historia.
—Las páginas arrancadas del capítulo de las familias —até cabos.
—Sí.
—Los nombres tachados de la lista del 87.
—También.
—¿Y Aldric?
—Aldric era un peón, no el cerebro. —Eryx suspiró—. La firma falsa, el colgante del primer atacante, el robo de la corona en las narices de Vera... Todo eso requería un nivel de acceso que Aldric jamás habría tenido solo.
—¿Quién entonces?
Eryx se tomó su tiempo antes de soltar el nombre.
—Varek.
El nombre cayó como una losa en mitad de la enfermería. Y a la vez, trajo esa extraña claridad de las cosas que, una vez que las sabes, te das cuenta de que siempre habían estado ahí, a la vista de todos.
Editado: 11.10.2026