Varek siguió ejerciendo como decano de Noctis tres días más después de que yo leyera sus papeles.
No porque nadie se hubiera dado cuenta de lo suyo, sino porque en el mundo de la magia una cosa es saber algo y otra muy distinta tener el poder para usarlo. En el momento en que decidí no ir a por él de inmediato, prioricé el poder sobre el conocimiento. Fue mi primera decisión puramente estratégica. Sin rabia, sin impulsos, sin dejarme llevar por lo que sentía; solo una evaluación fría de qué me resultaba más útil.
Un Varek entre rejas era información destruida. Un Varek vigilado era una mina de oro en potencia.
Eryx me escuchó explicárselo aquella mañana. Todavía tenía la herida supurando y el cansancio acumulado se le marcaba en cada facción de la cara.
—¿Desde cuándo piensas así? —me preguntó.
—Desde hace tres meses.
Se hizo un silencio.
—¿Y antes?
—Antes decidía con el corazón. —Lo miré a los ojos—. Y ya sabes cómo termina eso.
No me contestó. No le hacía falta; su silencio era su forma de darme la razón y, al mismo tiempo, de admitir que esa nueva versión de mí le preocupaba.
Fuera de los muros de Noctis, la guerra no había dado tregua tras la invasión fallida. Solo había cambiado de estrategia. Ya no buscaban el choque frontal; ahora apostaban por el desgaste, por esa presión lateral que no te regala grandes batallas, pero te va minando poco a poco. Las familias movían ficha, cerrando alianzas hacia un lado o hacia el otro. Y en el centro de todo el avispero estaba mi apellido, que ya corría de boca en boca. El trono había respondido ante él, y eso no es algo que puedas camuflar en un mundo donde la propia magia se encarga de airear los secretos que importan.
Ashvaren.
El peso político de esa palabra dependía de a quién le preguntaras. Para algunos significaba hacer justicia y devolver el orden natural a las cosas. Para otros era justo la pesadilla que llevaban un siglo intentando evitar: el regreso del poder absoluto en manos de un linaje que no podían controlar.
Para unos pocos, sin embargo, yo solo era una herramienta.
Aprendí a calar a la gente por cómo se me acercaban. Los que venían por convicción eran directos, a veces hasta torpes. Los que venían por puro interés medían cada palabra, con esa suavidad calculada que me recordaba a Cael en sus primeros días, antes de que decidiera en qué bando jugar.
Los que me tenían miedo ni se acercaban. Y ese grupo no paraba de crecer.
El interrogatorio fue el martes.
Durante la batalla habían pillado a uno de los alumnos que colaboraron en la invasión. No le dio tiempo a huir. Era un chico de cuarto llamado Renaud, y aunque se había tapado el uniforme desde que lo encerraron, el emblema de los Castellar se le intuía a leguas. Cael me lo soltó en el desayuno con esa neutralidad impecable que gasta últimamente; ahora me soltaba la información sin juzgarla, lo cual me resultaba mil veces más útil.
—¿Quién está con él? —le pregunté.
—Nadie todavía. Varek ha ordenado esperar.
—Varek puede esperar sentado.
Cael levantó la vista del plato.
—¿Vas a interrogarlo tú?
—Alguien que tiene tanto que perder si habla, y todavía más si se calla, necesita que lo interrogue alguien que entienda esa regla de tres.
Me sostuvo la mirada un instante.
—¿Eso es lo que eres ahora?
—Es lo que hace falta.
A Renaud lo tenían metido en una de las salas que habilitamos a la carrera tras el ataque. No tenía instrumental médico, pero los sellos de contención seguían intactos. Entré sin que nadie me tosiera. A estas alturas, nadie en Noctis sabía muy bien qué autoridad tenía yo, y preferían no preguntar por si la respuesta no les gustaba.
Renaud tenía diecinueve años y la mirada del que ya ha asumido que lo peor que le podía pasar era estar sentado en esa silla.
Me acomodé frente a él. No abrí la boca. Dejé que el silencio hiciera su trabajo, ese desgaste sutil que descoloca al que ya está muerto de miedo y necesita que alguien le diga algo para reaccionar.
—Sé lo que sabes —solté por fin.
—Yo no sé nada.
—Sé que Castellar coordinó el flanco norte. Sé que el punto de entrada del ala oeste se filtró desde dentro, lo que significa que alguien de Noctis os vendió el mapa de los sellos. Y sé que tú estabas lo bastante arriba en el flanco norte como para haber escuchado las órdenes de primera mano. —Hice una pausa—. Lo único que no sé es si esas órdenes venían solo de Castellar o de alguien más arriba.
Le clavé los ojos.
—Y eso es lo que me vas a contar.
—¿Y si no me da la gana?
La corriente mágica acudió a mis manos antes de que llegara a invocarla. Había aprendido a hacer eso: no llamarla a gritos, sino dejarla flotar ahí, visible, como una advertencia silenciosa antes de pasar a la acción. Las sombras de la sala se tensaron ligeramente, lo justo para pintar una amenaza clara en las paredes.
Editado: 11.10.2026