Lo que usé en el pasillo de los archivos dejó una grieta.
No en el espacio físico, ni en la piedra, ni en los sellos. En algo más interno. Tardé dos días en identificarlo porque al principio lo confundí con el cansancio acumulado de semanas donde cada día era peor que el anterior. Pero el agotamiento normal se pasa durmiendo, y esto no se iba.
Era más bien como un sonido que no se apaga. Un zumbido bajo, constante, metido en los canales donde circula la corriente, ahí donde antes solo había silencio. Significaba que algo que debería estar cerrado se había quedado abierto para siempre, o al revés. No tenía forma de saberlo porque no me quedaba nadie a quien preguntar: Maren seguía inconsciente y Eryx esquivaba el tema con una deliberación que en otro momento habría llamado evasión, pero que ahora reconocía como miedo. Tenía pánico de verbalizarlo y dejarme esa carga encima.
No insistí. Seguí adelante.
El incendio empezó el viernes a mediodía.
No fue el fuego violeta y naranja de la invasión, ese que venía teledirigido desde fuera. Esto fue distinto. Empezó en el ala de archivos, justo donde yo había forzado la grieta, en el punto exacto donde los sellos cedieron y el equilibrio mágico del edificio se rompió. Lo que liberé para poder entrar al archivo también dejó salir todo lo demás. La magia que lleva décadas confinada bajo presión no busca una salida limpia; estalla.
El humo invadió el pasillo central antes de que me diera cuenta de lo que pasaba. Cuando doblé la esquina y vi las llamas devorando el ala sur, asumí dos certezas de golpe: el incendio era culpa mía —mis decisiones lo habían provocado, aunque no fuera mi intención— y, en ese preciso instante, esa culpa no servía absolutamente para nada.
Las alarmas de Noctis vibraban antes de sonar. Las sentías en los dientes antes de escucharlas en el aire. El edificio entero reaccionó como un animal herido: los símbolos de las paredes parpadearon en un rojo vivo, los sellos del perímetro se activaron en el modo de contención interna y la piedra empezó a temblar con una vibración que parecía puro dolor.
El pasillo central se estaba volviendo intransitable por el humo. Me topé con un grupo de cuatro alumnos de segundo año que avanzaban a ciegas, directos hacia la humareda sin saber a dónde ir. Los empujé hacia el ala norte, que todavía estaba despejada, y les ordené que corrieran hacia las salidas de emergencia del fondo.
Yo me di la vuelta y fui hacia el sur.
El ala de archivos ardía de un modo irreal.
El fuego en los libros era un naranja ordinario, pero el de las paredes era otra cosa: un azul casi blanco, el mismo de los rituales, pero en su versión salvaje. Sin una voluntad que lo dirigiera, se expandía a bandazos, de esa forma caótica que toma la magia cuando pierde la estructura que la contiene.
Al final del pasillo sur, bajo una puerta cerrada, salía un humo denso y negro. Toqué la manija; quemaba, pero se podía soportar. Empujé.
Dentro había tres alumnos. Estaban atrapados trabajando en los archivos cuando empezó todo y decidieron quedarse allí a esperar que pasara. Es el tipo de decisión que parece inteligente los primeros dos minutos y una trampa mortal los tres siguientes. Uno de ellos tenía el brazo quemado de intentar abrir la ventana del patio interior, que estaba sellada mágicamente y no cedía.
Invoqué la corriente para reventar la ventana, pero la grieta de mi interior saboteó el flujo. Salió muchísima más fuerza de la que necesitaba. El marco no se abrió; se deshizo. Madera, metal y sellos se pulverizaron a la vez, dejando un boquete por el que los tres chicos saltaron hacia el patio.
Miré los restos carbonizados en el suelo y entendí que el control que había ensayado con Sael era una fachada. En cuanto algo me presionaba desde dentro, todo se desmoronaba.
Seguí buscando.
Encontré a Eryx en el cruce entre el ala sur y el pasillo central.
Estaba haciendo lo mismo que yo: arrastrar alumnos, abrir vías de escape y sostener las secciones del techo que amenazaban con venirse abajo. Para eso usaba su magia más pura, la que iba con su naturaleza, y que en medio del incendio resultaba cegadora. No era el despliegue refinado de un combate, sino un esfuerzo bruto y masivo de contención, igual al que usó en el comedor aquella primera vez. Y le estaba costando la vida.
Tenía el costado destrozado. Lo noté en su forma de moverse: eficiente, pero rígida, compensando el peso hacia el lado derecho de una manera que nadie habría visto, a menos que supiera exactamente qué buscar.
—Ala este —le dije al ponerme a su altura.
—Despejada. —Me miró, entrecerrando los ojos por el humo—. ¿Y el sur?
—A medias. Hay tres salidas bloqueadas al fondo. —Miré hacia la humareda que se espesaba a nuestra espalda—. Falta Varek.
—¿Qué pasa con él?
—No lo he visto desde que empezó el fuego.
Eryx guardó silencio un segundo.
—Su despacho —concluyó.
—¿Crees que se ha quedado ahí metido?
—Varek no hace nada por accidente. Si no ha salido, es porque tiene un motivo para quedarse.
Le di una vuelta a la cabeza.
—El ritual —dije.
—El ritual necesita las condiciones idóneas. Con los archivos abiertos y el equilibrio del edificio roto...
—Es la oportunidad que quería. —Lo miré—. El caos es su escenario ideal.
—Si intenta pronunciar el nombre ahora, sin la corona y sin un entorno controlado...
—No lo va a hacer.
—Él no sabe que tú no vas a ceder.
Esa frase resumía toda la maldita situación: Varek pensaba que el descontrol del incendio era su oportunidad para forzar la extracción, porque en mitad de este desastre nadie podría detenerlo. Y si no íbamos a buscarlo, terminaría viniendo él a por mí.
—¿Puedes moverte bien? —le pregunté, mirándole el costado.
—Estoy funcional.
—Me dijiste lo mismo la última vez y era mentira.
—Era más verdad que ahora, pero menos que la primera vez. Vamos.
Editado: 11.10.2026