Mara reprodujo el vídeo otra vez.
Después una tercera.
En la cuarta dejó de escuchar la frase final.
Nos intercambiaron.
Empezó a observar lo demás.
La luz.
La ropa de Isadora.
El temblor breve de su mano derecha.
La puerta cerrada detrás.
El sonido.
—Espera.
León detuvo el vídeo.
—¿Qué?
—Ponlo desde el principio.
Lo hizo.
Isadora apareció de nuevo en la pantalla.
—Más alto.
León aumentó el volumen.
Durante los primeros segundos solo se oía la respiración de Isadora y un murmullo lejano.
Después llegó.
Tres golpes.
Pausa.
Dos golpes.
Pausa.
Otro.
Mara señaló el teléfono.
—¿Qué es eso?
—Una puerta.
—No.
Volvieron a escucharlo.
El sonido era metálico.
Regular.
Demasiado profundo para pertenecer a aquella habitación.
—¿Una tubería? —dijo León.
Mara negó.
—No lo sé.
Miró la fecha.
Once días antes.
—¿Dónde estaba grabando esto?
—Aquí.
—Eso creemos.
—Reconozco la habitación.
—También reconocías mi apartamento.
León la miró.
Mara no retiró la frase.
—Puede ser esta habitación —continuó—. Pero necesito saber si el vídeo se grabó aquí o solo parece que se grabó aquí.
—¿Qué buscas?
—Una contradicción.
León volvió a reproducirlo.
Mara observó el fondo.
La cama.
La lámpara.
Una fotografía borrosa en la pared.
El borde de la ventana.
Se acercó.
—Detén.
León pausó.
Mara amplió la imagen.
Junto a Isadora aparecía parte de la pared donde ahora faltaba una fotografía.
El rectángulo más claro.
En el vídeo, la foto todavía estaba allí.
—Amplía.
La imagen perdió nitidez.
Aun así se distinguían tres personas.
Una mujer.
Un hombre.
Una niña.
—¿Quiénes son?
León tardó.
—No veo bien.
—Pero reconoces algo.
—El hombre podría ser Fernando.
—¿El padre de Isadora?
—Sí.
Mara observó la mujer.
Cabello oscuro.
Vestido claro.
Rostro vuelto hacia la niña.
—¿Elena?
—Probablemente.
—¿Y la niña es Isadora?
León no respondió.
—¿Por qué dudas?
—Porque no parece ella.
Mara amplió todo lo que pudo.
La niña tendría cinco o seis años.
Miraba a la cámara.
La imagen era demasiado pequeña para ver detalles.
Pero había algo.
La postura.
La manera de inclinar la cabeza.
Mara sintió una incomodidad difícil de explicar.
—Necesito esa foto.
—Ya no está.
—Alguien la quitó después de que Isadora grabara el vídeo.
—Sí.
—Entonces contiene algo que no querían que vieras.
León corrigió:
—Que no querían que vieras tú.
Mara lo miró.
La frase importaba.
Todo estaba empezando a girar alrededor de ella.
—¿Quién entró en esta habitación después de que Isadora desapareciera?
—Mercedes.
—¿Quién más?
—Beatriz.
—¿Jacobo?
—Probablemente.
—¿Teresa?
—No lo sé.
—Tenemos demasiadas personas con llaves.
León guardó el teléfono en el bolsillo.
Mara extendió la mano.
—Dámelo.
—No.
—Es la única prueba directa que tenemos de Isadora.
—Precisamente.
—No me lo va a quitar.
—No te lo estoy quitando. Lo estoy guardando.
—En su bolsillo.
—Sí.
—Eso se llama quitar.
León se acercó.
—Si alguien entra y te registra, lo encontrará.
—¿Y a usted no?
—A mí todavía no se atreven.
Mara sostuvo su mirada.
—Todavía.
—Exacto.
Mara dejó caer la mano.
—Entonces no lo pierda.
—No pienso hacerlo.
—Ni borrarlo.
—Tampoco.
—Ni entregárselo a Beatriz.
—Mara.
—Necesito oírlo.
León bajó la voz.
—No voy a entregárselo a Beatriz.
Ella asintió.
No porque confiara en él.
Porque necesitaba decidir qué riesgos podía permitirse.
Y León era, de momento, un riesgo útil.
Salieron del ala norte a las siete y veinte.
El sistema de cámaras había vuelto a funcionar.
Nadie los esperaba.
Eso inquietó a Mara.
Esperaba preguntas.
Un empleado.
Mercedes.
Algo.
La ausencia de reacción era peor.
En el corredor principal apareció Teresa.
Llevaba una bata color marfil y sostenía una taza.
Al verlos salir del ala norte, se detuvo.
Sus ojos bajaron hacia la mano de León.
Después a Mara.
—¿Qué hacíais allí?
León respondió.
—Buscábamos una carpeta.
Teresa lo miró como si acabara de escuchar una mentira mediocre.
—Claro.
Mara observó la taza.
La mano de Teresa temblaba.
—¿Conoce San Jerónimo?
La taza dejó de temblar.
Solo porque Teresa la sujetó con las dos manos.
—No.
Mara se acercó.
—No he dicho qué es.
—No necesito saberlo para no conocerlo.
—¿Estuvo allí cuando nació Isadora?
Teresa palideció.
León intervino.
—Mara.
—No.
Teresa retrocedió.
—¿Quién te ha hablado de eso?
—Nadie.
—Entonces déjalo.
—¿Por qué?
—Porque está muerto.
—¿Qué?
Teresa cerró los ojos.
Mara sintió que algo se tensaba.
—¿Qué está muerto?
La mujer abrió los ojos.
—Ese lugar.
—La clínica.
Teresa la miró.
Había cometido el error.
—Así que sí sabía qué era.
No respondió.
—Había dos niñas.
Teresa giró.
Mara la sujetó del antebrazo.
No con fuerza.
Lo suficiente.
—No me toque.
—¿Había dos?
—Suéltame.
—Teresa.
La mujer miró la mano de Mara.
Algo cambió en su rostro.
Miedo.
Pero no a ella.
A aquella mano.
—Tú no haces eso.