La fotografía desapareció antes del desayuno.
Mara lo descubrió a las ocho y doce.
Había dormido con ella bajo la almohada.
Al despertar, seguía allí.
Fue al baño.
Se duchó.
Cuando regresó, la almohada estaba ligeramente desplazada.
Buscó debajo.
Nada.
Abrió el cajón.
Nada.
Revisó el suelo.
La maleta.
El armario.
Nada.
Llamó a León.
No respondió.
Lo encontró quince minutos después en el comedor.
Solo.
—La foto.
Él levantó la vista.
—¿Qué pasa?
—Ha desaparecido.
León se puso de pie.
—¿Dónde la dejaste?
—Debajo de mi almohada.
—¿Cerraste la puerta?
—Sí.
—¿Con llave?
—Sí.
—¿Quién tiene copia?
—Esa pregunta empieza a perder gracia.
León salió sin terminar el café.
Subieron.
La puerta no mostraba señales.
Mara revisó otra vez.
—No está.
León observó la cerradura.
—No la forzaron.
—No necesitaban.
—Mercedes.
—O Beatriz.
—O Jacobo.
Mara abrió las cortinas.
—Alguien sabe exactamente lo que encontramos.
—Eso significa que quizá también saben del teléfono.
—Lo tiene usted.
—Sí.
—¿Dónde?
León no respondió.
—¿Dónde?
—Seguro.
—Eso no es un lugar.
—Mejor.
Mara se volvió.
—No vuelva a hacer eso.
—¿Qué?
—Decidir qué información puedo manejar.
León se quedó callado.
—Todo el mundo en esta casa hace exactamente lo mismo —continuó—. Me dan la parte de la verdad que creen que me conviene. Usted no va a hacerlo.
—Si te digo dónde está, deja de ser seguro.
—Eso lo decido yo.
—No.
Mara lo miró.
—¿Perdón?
León se acercó.
—Hay cosas que no pienso negociar cuando afectan a si sigues viva.
La frase quedó suspendida.
Mara bajó la voz.
—¿Cree que alguien quiere matarme?
Él no contestó.
—León.
—Creo que alguien organizó durante años una estructura destinada a reemplazar una identidad por otra.
—Eso no responde.
—Creo que Isadora desapareció cuando estaba a punto de contar algo.
—Tampoco.
—Y creo que la única persona que puede ocupar su lugar sin que el mundo note la diferencia eres tú.
Mara sintió frío.
—Así que sí.
León miró hacia la puerta.
—Sí.
Desayunaron con Beatriz.
La anciana no mencionó la fotografía.
Mara tampoco.
Observó.
Beatriz cortaba una tostada.
Teresa no había bajado.
Jacobo estaba ausente.
Mercedes entraba y salía.
Nada.
—Hoy no hay agenda —dijo Beatriz.
Mara levantó la vista.
—No sabía que seguía teniendo una.
—Mientras permanezcas aquí habrá que gestionar ciertas cosas.
—No permanezco. Estoy atrapada.
—La puerta está abierta.
—Mi vida no.
Beatriz tomó té.
—Eso no lo he hecho yo.
—Todo el mundo dice eso.
—Quizá porque sea verdad.
Mara sonrió.
—¿Cuál de las dos niñas era Isadora?
El cuchillo de Beatriz se detuvo.
Mercedes también.
Solo un instante.
Mara lo vio.
—No sé de qué hablas —dijo Beatriz.
—Claro que sí.
—Mara.
—Encontré una foto.
Nada.
—Dos niñas.
Beatriz levantó lentamente los ojos.
—¿Dónde?
Ahí estaba.
La pregunta equivocada.
No qué foto.
No qué niñas.
Dónde.
Mara se inclinó.
—Entonces existe.
La anciana dejó el cuchillo.
—¿Dónde la encontraste?
—Ya no la tengo.
—¿Quién la tiene?
—Alguien que entró en mi habitación esta mañana.
Beatriz miró a Mercedes.
Mercedes negó apenas.
Mara registró el gesto.
—Interesante.
Beatriz volvió hacia ella.
—Descríbela.
—Una mujer joven. Un jardín. Dos niñas idénticas.
Silencio.
—Detrás decía “Antes del cambio”.
La taza de Mercedes golpeó suavemente la bandeja.
Beatriz cerró los ojos.
Solo un segundo.
Cuando los abrió, parecía más vieja.
—¿Quién escribió eso?
—Esperaba que me lo dijera usted.
—No lo sé.
—¿Elena?
Beatriz no respondió.
—¿Fernando?
Nada.
—¿Qué cambio?
—No lo sé.
Mara soltó una risa.
—Deberían escoger otra frase.
Beatriz se levantó.
—Esa fotografía no demuestra que fueran gemelas.
—Había dos niñas iguales.
—Podrían ser primas.
—Nacieron dos niñas de Elena el mismo día.
Beatriz se quedó inmóvil.
—Encontramos San Jerónimo.
La anciana miró a León.
—Tú.
Él no negó.
—La segunda niña murió.
—Eso dice Jacobo.
—Porque es cierto.
Mara se levantó también.
—¿La vio muerta?
Beatriz no contestó.
—¿Vio el cuerpo?
Silencio.
—¿Fue al entierro?
Nada.
Mara comprendió.
—No hubo entierro.
La anciana endureció el rostro.
—No sabes lo que pasó.
—Entonces explíquemelo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no tengo derecho.
—Mi identidad desapareció y me dice que no tiene derecho.
Beatriz la miró.
—No era mi decisión entonces.
—¿Y ahora?
La anciana tardó.
—Ahora ya es demasiado tarde.
León la encontró una hora después en el invernadero.
Mara estaba sentada en el suelo entre grandes macetas.
—Mercedes dice que llevas veinte minutos aquí.
—Mercedes controla demasiado.
León se sentó frente a ella.
No intentó tocarla.
—¿Qué haces?
—Intento recordar a mi madre.
—¿Carmen?
Mara asintió.
—No era mi madre biológica.
—Lo sé.
—Murió cuando yo tenía veintitrés.
—También lo sé.
Ella lo miró.
—¿Mi expediente?
—Sí.
—¿Qué más decía?
—Que te adoptó legalmente cuando tenías cinco años.