La heredera equivocada

CAPÍTULO 9: La vida que siguió sin ella

Clara Montenegro no quiso hablar por teléfono.

Solo dio una instrucción.

—Que venga sola.

Mara tomó el móvil.

—No.

Silencio.

—Si sabe algo sobre mí, puede empezar diciéndolo ahora.

La mujer no respondió.

—¿Clara?

—Esa voz.

Mara sintió un escalofrío.

—¿Qué pasa con mi voz?

—Nada.

La respuesta llegó demasiado tarde.

—¿Me conoce?

—Ven a Lisboa.

—No pienso subirme a un avión porque una desconocida me lo diga.

—Entonces sigue creyendo lo que te cuenten en esa casa.

La llamada terminó.

Mara miró el teléfono.

León ya estaba buscando vuelos.

—No voy sola.

—Ella ha dicho sola.

—Precisamente.

—Si aparezco, puede irse.

—Entonces espere fuera.

León levantó la vista.

—Eso no es sola.

—Lo suficiente.

Antes de salir de Casa Beltrán, Mara decidió hacer una cosa más.

Buscar su propia vida.

No documentos.

Personas.

Paula era la primera.

Habían trabajado juntas cuatro años.

No eran íntimas, pero habían compartido turnos, cafés, problemas de dinero y suficientes conversaciones como para que Paula reconociera su voz aunque el resto del mundo hubiera decidido olvidarla.

Mara la llamó desde el teléfono de León.

Contestó al tercer tono.

—¿Sí?

—Paula.

Silencio.

—¿Quién es?

Mara cerró los ojos.

—Mara.

Nada.

—Mara Luján.

—Creo que se ha equivocado.

—Trabajamos juntas en Gráfica Sol.

—Yo trabajo allí.

—Lo sé.

—¿Quién eres?

Mara apretó el teléfono.

—La que te cubrió cuando tu hijo estuvo enfermo.

Silencio.

—¿Quién te ha contado eso?

La misma reacción que Rafael.

Miedo.

Defensa.

No reconocimiento.

—Paula, me diste una planta por mi cumpleaños.

—No sé quién eres.

—La maté en dos semanas.

—Voy a colgar.

—Espera.

—No me llames otra vez.

La línea murió.

Mara dejó el teléfono sobre la mesa.

León no dijo nada.

—Ella me conocía.

—Lo sé.

—Me conocía.

—Sí.

—No puede olvidarlo.

—No.

—Entonces alguien la ha convencido.

—O sus registros también han cambiado.

—Los registros no cambian recuerdos.

León no respondió.

Mara levantó los ojos.

—A menos que mienta.

—Puede estar asustada.

—¿De qué?

—De ti.

Mara soltó una risa amarga.

—Fantástico.

León se inclinó hacia ella.

—Piensa en cómo se ve esto desde fuera. Una mujer la llama y sabe cosas privadas. Le dice que es una antigua compañera que no aparece en ningún registro.

—Pero mi cara.

—No te está viendo.

Mara se quedó quieta.

—Videollamada.

Marcó otra vez.

Paula rechazó.

Mara insistió.

Otra vez.

Al tercer intento, contestó con vídeo.

—¿Qué quieres?

La imagen apareció.

Paula.

Cabello recogido.

Uniforme de trabajo.

El fondo de la imprenta.

Mara casi lloró al verla.

—Mírame.

Paula lo hizo.

Su rostro cambió.

No reconocimiento.

Otra cosa.

Palidez.

—¿Qué pasa?

Paula retrocedió.

—No.

—¿Me reconoces?

—No.

—Mírame.

—No sé quién eres.

—Paula.

La mujer tapó parcialmente la cámara.

—Esto no tiene gracia.

—¿Qué?

—Deja de llamarme.

—¿Por qué?

Paula miró a alguien fuera de cámara.

Después volvió.

—Porque sé quién eres.

Mara sintió el corazón en la garganta.

—¿Quién?

Paula tragó saliva.

—Isadora Beltrán.

La llamada terminó.

Mara permaneció inmóvil.

León tampoco habló.

—¿Por qué Paula sabe quién es Isadora Beltrán?

—Es una figura pública.

—Paula no lee revistas.

—Puede haber visto las noticias.

—Mi cara.

León comprendió.

Mara se levantó.

—Ha visto mi cara durante cuatro años.

—Sí.

—Y ahora la mira y ve a Isadora.

—Sí.

—Eso no se arregla cambiando papeles.

—No.

Mara caminó hacia la ventana.

—Hay otra cosa.

—¿Qué?

—La prensa.

Cogió el teléfono.

Buscó su propio nombre.

Mara Luján.

Nada relevante.

Redes antiguas.

Resultados dispersos.

Ninguna fotografía.

Buscó Isadora Beltrán.

Cientos.

Abrió imágenes.

Eventos.

Viajes.

Conferencias.

Fotografías de años anteriores.

Mara pasó una.

Otra.

Otra.

Se detuvo.

—León.

Él se acercó.

La fotografía estaba fechada cuatro años atrás.

Isadora salía de una gala.

Vestido negro.

Cabello recogido.

Era Mara.

No parecida.

Mara.

La cicatriz.

La boca.

La manera de fruncir la frente.

Mara amplió la mano.

Izquierda.

Sostenía el bolso con la izquierda.

—Isadora era diestra.

León no respondió.

Mara abrió otra imagen del mismo año.

Otra gala.

Otra vez el mismo rostro.

Otra vez la mano izquierda.

—¿Es ella?

León miró.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Hace cuatro años yo no estaba en ese evento.

—Pero la conocía.

—Sí.

—Entonces mire.

León amplió la foto.

Su cara perdió color.

—No.

—¿Qué?

—Esa no es Isadora.

Mara sintió que el mundo se inclinaba.

—¿Está seguro?

—Sí.

—¿Cómo?

León señaló el cuello.

—Isadora tenía una pequeña cicatriz aquí.

Mara se tocó.

No tenía nada.

—¿Y esa mujer?

—No.

Mara abrió imágenes de años distintos.

Cinco años.

Seis.

Tres.

Dos.

Había variaciones.

Algunas mostraban a una mujer con una cicatriz pequeña junto a la clavícula.

Otras no.

Misma cara.




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