La heredera equivocada

CAPÍTULO 10: Testigos de una mentira

Mara despertó con sabor a metal en la boca.

No abrió los ojos inmediatamente.

Primero escuchó.

Un zumbido constante.

Aire acondicionado.

Algo que pitaba a intervalos regulares.

Una respiración.

No la suya.

Movió los dedos.

Sábanas.

Una superficie blanda.

Cama.

Después recordó la rejilla.

El olor dulce.

León golpeando la puerta.

Y el rostro al otro lado del cristal.

Su rostro.

Mara abrió los ojos.

Techo blanco.

Una lámpara rectangular.

Paredes que no conocía.

Intentó incorporarse.

—Despacio.

León estaba sentado junto a la ventana.

Tenía la camisa arrugada, una venda alrededor de la mano derecha y un corte pequeño junto a la ceja.

Mara se levantó de golpe.

La habitación se inclinó.

León cruzó el espacio y la sujetó por los hombros.

—He dicho despacio.

—¿Dónde está?

—¿Quién?

—Ella.

Él no contestó.

Mara apartó sus manos.

—La vi.

—Lo sé.

—Isadora estaba allí.

—No estoy seguro.

—Yo sí.

—Estabas respirando gas.

—No fue una alucinación.

—No he dicho eso.

Mara miró alrededor.

—¿Dónde estamos?

—En una clínica privada.

Una oleada de alarma le recorrió el cuerpo.

—No.

—Mara.

—Sácame de aquí.

—Esta no es de Salcedo.

—Me da igual.

Intentó levantarse.

Las piernas apenas respondieron.

León volvió a sostenerla.

—La puerta no está cerrada.

—¿Quién nos trajo?

—Yo.

Mara miró su mano vendada.

—¿Cómo salimos?

—Rompí el panel de la puerta.

—¿Con eso?

—Con una silla.

—Muy elegante.

—No fue mi mejor momento.

Mara se quedó quieta.

—¿Y ella?

León bajó los ojos.

—Cuando abrí la puerta no había nadie.

—Estaba allí.

—Había una cámara en el pasillo.

Mara sintió un latido fuerte.

—¿Grabó algo?

—No.

—¿Cómo lo sabe?

—La arrancaron.

Mara cerró los ojos.

Otra prueba que desaparecía.

—¿La carpeta?

León la miró.

—También.

Mara abrió los ojos.

—No.

—La llevaba contigo cuando caíste.

—Entonces alguien entró.

—Sí.

—¿Mientras usted estaba inconsciente?

—No perdí el conocimiento por completo.

—¿Qué vio?

León se sentó en el borde de la cama.

—Nada útil.

—Eso lo decido yo.

Él suspiró.

—Después de romper la puerta, conseguí sacarte al pasillo. Había una alarma sonando. La puerta principal estaba abierta.

—¿Salcedo?

—Nadie.

—¿Y la carpeta?

—La puse junto a ti mientras llamaba a emergencias.

Mara entendió.

—Cuando volvió...

—Había desaparecido.

—¿Cuánto tiempo?

—Menos de un minuto.

Mara miró la ventana.

Era de día.

—¿Cuánto he dormido?

—Siete horas.

—¿Alguien sabe que estamos aquí?

—Beatriz.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba información médica.

—Podría haberla conseguido sin avisarla.

—No después de que encontraron esto.

Sacó algo del bolsillo.

Una tarjeta.

La puso sobre la cama.

Mara la reconoció.

Una tarjeta sanitaria.

A nombre de Isadora Beltrán.

Su fotografía.

—Estaba en tu cartera.

Mara dejó de respirar.

—No estaba antes.

—Lo sé.

—Alguien la puso.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Entre la casa de Salcedo y aquí.

Mara tomó la tarjeta.

Era reciente.

Demasiado limpia.

—Quieren convertir esto en una historia médica.

—Eso parece.

—Primero el DNI. Ahora esto.

—Sí.

Mara lo miró.

—Y Salcedo es neurólogo.

—Sí.

—Con antecedentes de haber tratado a Isadora por supuestas alteraciones de memoria.

—Sí.

Mara sintió una calma extraña.

Ya no era miedo.

Era estructura.

Alguien estaba construyendo una versión oficial.

Ella tenía que descubrirla antes de que quedara cerrada.

—¿Qué ha dicho Beatriz?

—Que vuelve a casa.

—¿Dónde estaba?

—París.

Mara frunció el ceño.

—Esta mañana desayunó conmigo.

León la miró.

—No.

—Sí.

—Mara, Beatriz salió ayer por la tarde.

El silencio se volvió total.

—No.

—Tengo mensajes suyos desde Francia.

—Desayuné con ella hoy.

—No.

—Estaba allí.

—¿A qué hora?

—Sobre las ocho.

León miró el reloj.

—A esa hora estaba en un avión.

Mara sintió un escalofrío.

—Entonces alguien miente.

—Sí.

—¿Usted o ella?

—O tú recuerdas mal la hora.

Mara lo miró con tanta frialdad que él levantó las manos.

—No estoy diciendo que estés confundida.

—Lo acaba de hacer.

—Estoy diciendo que necesitamos verificarlo.

—Cámaras.

—Ya las pedí.

—¿Y?

León apretó la mandíbula.

—No hay grabación de esta mañana.

Mara soltó una risa.

—Qué sorpresa.

—El sistema registró un corte de cuarenta y seis minutos.

—Justo cuando desayuné con Beatriz.

—Sí.

Mara apartó la manta.

Esta vez se levantó sin ayuda.

Las piernas temblaron.

No importaba.

—Nos vamos.

—Todavía no.

—No voy a quedarme aquí esperando a que alguien decida qué diagnóstico ponerme.

León se levantó.

—El médico quiere repetir una analítica.

—No.

—Mara.

—¿Confía en él?

León no respondió.

—Entonces nos vamos.

En el coche, Mara buscó a Beatriz en la prensa.

No era difícil.

Una fotografía publicada aquella mañana la mostraba saliendo de un hotel en París.

Fecha.

Hora.

Siete y cincuenta y tres.

Mara había desayunado con ella después de las ocho.

O con una mujer que se parecía a Beatriz.

No.

Eso era absurdo.

Demasiado.




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