La hija que nunca debió existir

Capitulo 2 El secreto de Mariana

Durante varios segundos, nadie se movió.

Valentina permanecía frente a su madre sin saber qué decir.

Las palabras habían sido sencillas.

Demasiado sencillas para el peso que tenían.

Tú no eres mi hija biológica.

Valentina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Miró a Mariana.

Después a Sebastián.

Después a Gabriel.

Ninguno parecía sorprendido.

Aquello fue lo que más le dolió.

—¿Ustedes lo sabían?

Sus hermanos se miraron.

Sebastián fue el primero en responder.

—No.

—¿Nunca?

—Nunca —dijo Gabriel.

Valentina volvió a mirar a Mariana.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Mariana no respondió inmediatamente.

—Desde antes de que tú nacieras.

Aquella respuesta provocó que Valentina retrocediera.

—¿Antes de que yo naciera?

Mariana asintió lentamente.

—Sí.

—Entonces... ¿qué soy?

La pregunta salió en un susurro.

Mariana se acercó.

—Eres mi hija.

Valentina negó con la cabeza.

—No. No me digas eso ahora. El médico acaba de decir...

—El médico habló de sangre —la interrumpió Mariana—. Yo estoy hablando de todo lo demás.

Valentina sintió que las lágrimas comenzaban a caer.

—¿Quién soy, mamá?

Mariana cerró los ojos.

Aquella pregunta era precisamente la que había temido durante veinticuatro años.

—No lo sé todo.

—Entonces dime lo que sabes.

—Valentina...

—¡Dímelo!

El grito hizo que Mariana se estremeciera.

Valentina inmediatamente se llevó una mano a la boca.

—Perdón.

—No tienes que disculparte.

Mariana tomó asiento.

Sus manos temblaban.

—Hace veinticuatro años, el día que tú naciste, yo estaba en el hospital.

Valentina se quedó inmóvil.

—Yo también estaba embarazada.

Gabriel abrió los ojos.

Sebastián miró a su madre.

—¿Tú estabas embarazada?

Mariana asintió.

—Sí.

—¿Entonces tú eras mi madre? —preguntó Valentina.

—No biológicamente.

La joven cerró los ojos.

—Continúa.

Mariana respiró profundamente.

—Mi bebé murió el mismo día que nació.

Valentina sintió un vacío en el pecho.

—Lo siento...

—Yo también pensé que mi vida había terminado aquella noche.

Mariana hizo una pausa.

—Pero horas después, una mujer apareció en mi habitación.

—¿Quién?

Mariana negó con la cabeza.

—No sabía quién era realmente. Solo sabía que estaba desesperada.

—¿Por qué?

—Porque llevaba un bebé en brazos.

Valentina dejó de respirar durante unos segundos.

—¿Yo?

Mariana asintió.

—Tú.

La habitación parecía haberse quedado pequeña.

Valentina se sentó lentamente.

—¿Qué te dijo?

—Me pidió que te protegiera.

—¿De quién?

Mariana bajó la mirada.

—De tu abuelo.

Valentina frunció el ceño.

—¿Mi abuelo?

—Tu abuelo materno.

—¿Por qué quería hacerme daño?

Mariana apretó las manos.

—Porque consideraba que tu nacimiento era un problema.

Valentina sintió un escalofrío.

—¿Qué problema?

—Tu madre pertenecía a una familia muy poderosa. Mucho dinero. Mucha influencia. Y estaba enamorada de un hombre al que su familia consideraba indigno de ella.

—Mi padre...

Mariana asintió.

—Tu madre quedó embarazada de él.

Valentina tragó saliva.

—¿Y mi abuelo quería matarme?

Mariana tardó en responder.

—Quería deshacerse de ti.

La expresión de Valentina cambió.

—¿Cómo?

—No me contó todos los detalles. Solo me dijo que si la familia descubría que tú seguías viva, podrían encontrarte.

—¿Y ella?

—Ella no podía enfrentarse a su padre sola.

Mariana miró a Valentina.

—Por eso te entregó a mí.

Sebastián se levantó.

—¿Y cómo pudiste aceptar algo así?

Mariana lo miró.

—Porque acababa de perder a mi bebé.

Su voz se quebró.

—Y de pronto tenía a otra niña entre mis brazos.

Valentina comenzó a llorar.

Mariana continuó:

—Tu madre me pidió que hiciera pasar a esa niña como mi hija.

—¿Y lo hiciste?

—Sí.

—¿Por qué?

Mariana se levantó.

Se acercó a ella.

—Porque cuando te miré, ya te amaba.

Valentina cerró los ojos.

—¿Y mi madre?

—Me prometió que algún día volvería por ti.

—¿Volvió?

Mariana negó con la cabeza.

—No.

—¿Nunca?

—Nunca pude encontrarla.

—¿Intentaste buscarla?

—Durante años.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Mariana bajó la mirada.

—Porque tenía miedo.

—¿De qué?

—De perderte.

Valentina no pudo contener el llanto.

—¿Pensabas que me iría?

—Pensaba que si descubrías quién era tu verdadera familia, dejarías de verme como tu madre.

Valentina se quedó en silencio.

Después caminó hasta ella.

Mariana levantó la mirada.

Valentina la abrazó.

—Eso nunca va a pasar.

Mariana rompió a llorar.

—Hija...

—Tú eres mi mamá.

—Pero no soy tu madre biológica.

—No me importa.

Sebastián apartó la mirada para esconder las lágrimas.

Gabriel carraspeó.

—Bueno... ¿podemos establecer algo?

Las dos mujeres lo miraron.

—¿Qué?

—Que nadie va a empezar a cambiar los títulos familiares.

Valentina soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—¿Qué quieres decir?

—Que tú sigues siendo mi hermana.

Sebastián asintió.

—Exactamente.

Gabriel señaló a Mariana.

—Y ella sigue siendo nuestra madre.

—¿Y tú qué? —preguntó Valentina.

—Yo sigo siendo el hermano guapo.

Sebastián lo miró.

—Eso tampoco ha cambiado.

Por primera vez desde la revelación, Valentina sonrió.

Pero aquella noche no pudo dormir.

Se encontraba sentada junto a la ventana de su habitación.




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