El viaje a Nueva York dejó de ser un simple proyecto y se convirtió en una decisión familiar.
Durante los siguientes días, la casa de Mariana parecía una oficina improvisada.
Había documentos sobre la mesa, fotografías antiguas, libretas, teléfonos y una computadora que Gabriel insistía en saber utilizar mejor que todos los demás.
—Tenemos que organizar esto —dijo Sebastián.
—Ya está organizado —respondió Gabriel.
Sebastián levantó una carpeta.
—¿Qué es esto?
—Información importante.
—Aquí dice "recetas de cocina".
Gabriel tomó la carpeta.
—Bueno... importante para sobrevivir.
Valentina soltó una carcajada.
—No sé cómo voy a encontrar a mi verdadera madre con ustedes.
—Con nosotros vas a encontrarla —dijo Sebastián—. El problema será que después no vas a poder deshacerte de nosotros.
Valentina sonrió.
Aquella era precisamente la razón por la que no quería hacer aquel viaje sola.
Mariana había decidido contarles todo lo que recordaba.
La noche en que recibió a Valentina había quedado grabada en su memoria.
Había sido una noche lluviosa.
Ella acababa de perder a su propia hija.
Estaba devastada.
Entonces una mujer joven había entrado en su habitación.
Llevaba un abrigo oscuro y sostenía a un bebé envuelto en una manta blanca.
—Me pidió que la salvara —explicó Mariana.
—¿Te dijo su nombre? —preguntó Valentina.
Mariana cerró los ojos.
—Victoria.
Valentina apretó los labios.
Por primera vez tenía algo más que una fotografía.
Tenía un nombre.
—¿Y mi padre?
Mariana negó lentamente.
—Nunca me dijo dónde estaba.
—¿Sabía quién era?
—Sí.
—¿Qué te dijo de él?
—Que lo amaba.
Valentina bajó la mirada.
—¿Y por qué no estaba con ella?
—Porque su familia había hecho todo lo posible por separarlos.
Sebastián intervino.
—¿Qué familia?
Mariana tardó unos segundos en responder.
—Los Blackwood.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Blackwood?
—Ese era el apellido que recuerdo.
Gabriel se inclinó sobre la mesa.
—¿La familia Blackwood de Nueva York?
Mariana asintió.
—Supongo que sí.
Gabriel buscó rápidamente información en internet.
—Mamá...
—¿Qué?
—Los Blackwood no son simplemente ricos.
Volteó la computadora.
—Son una de las familias empresariales más poderosas de Nueva York.
Valentina observó la pantalla.
Aparecía una fotografía de Edward Blackwood.
Un hombre elegante, de cabello canoso y expresión seria.
Debajo había información sobre su imperio empresarial.
Valentina sintió un extraño escalofrío.
—¿Él era mi abuelo?
Mariana negó.
—No.
—Entonces...
—Era el hombre con quien Victoria terminó casándose.
Valentina se quedó en silencio.
La historia comenzó a tomar una dimensión completamente diferente.
Mariana explicó que Victoria nunca le había contado todo.
Solo sabía que pertenecía a una familia poderosa, que había quedado embarazada de un hombre al que su padre rechazaba y que temía que su propia familia hiciera desaparecer a la niña.
También sabía que Victoria había decidido entregar a la bebé para salvarla.
—¿Por qué nunca regresó? —preguntó Valentina.
Mariana bajó la mirada.
—No lo sé.
—¿Y si no quiso hacerlo?
Mariana levantó la cabeza.
—No pienses eso.
—Pero puede ser verdad.
—No.
—Mamá...
—Vi sus ojos aquella noche.
Mariana tomó la mano de Valentina.
—Una mujer que no quiere a su hija no la entrega llorando mientras suplica que alguien la proteja.
Valentina sintió que las lágrimas volvían a aparecer.
—Entonces tengo que encontrarla.
—Sí.
Dos semanas después, Valentina tenía su pasaporte, una visa de turista y un plan.
No era perfecto.
Pero era suficiente para comenzar.
También había decidido buscar trabajo en Nueva York.
No quería depender completamente de su familia.
—Yo puedo ayudarte económicamente —dijo Sebastián.
—No.
—Valentina...
—No quiero que gasten sus ahorros por mí.
Gabriel intervino:
—No es por ti. Es una inversión.
—¿Una inversión?
—Sí. Si encuentras a una familia millonaria, recuerdas quién te apoyó primero.
Valentina le lanzó un cojín.
—¡Idiota!
Gabriel se rio.
Mariana observó la escena con una sonrisa.
Aunque estaba preocupada, también se sentía orgullosa.
Su hija estaba creciendo.
Y estaba a punto de descubrir una parte de sí misma que había permanecido oculta durante toda su vida.
La noche antes del viaje, Valentina se sentó con Mariana en el jardín.
—Tengo miedo.
Mariana tomó su mano.
—Es normal.
—¿Y si ella no me quiere?
—Te quiso antes de conocerte.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque una madre reconoce a su hija.
Valentina apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Te da miedo perderme?
Mariana sonrió con tristeza.
—Un poco.
—No me vas a perder.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Mariana besó su frente.
—Entonces ve y descubre quién eres.
El día del viaje llegó demasiado rápido.
Sebastián insistió en acompañarla hasta el aeropuerto.
Gabriel también.
Mariana fue la última en abrazarla.
—Llámame cuando llegues.
—Lo haré.
—Y si necesitas cualquier cosa...
—Te llamo.
—Y si alguien te molesta...
Gabriel levantó la mano.
—Yo viajo inmediatamente.
Valentina se rio.
—No vas a ir a Nueva York a golpear gente.
—Depende de quién sea.
Sebastián lo empujó.
—Déjala respirar.
Valentina volvió a abrazar a su madre.
—Te quiero.
—Yo más.
—Eso es imposible.
—Soy tu madre. Tengo ventaja.