El vuelo hacia Nueva York había comenzado hacía varias horas, pero para Valentina el tiempo parecía haberse detenido.
Sentada junto a la ventanilla, observaba las nubes mientras sostenía entre sus manos la pequeña pulsera que Mariana le había entregado antes de salir.
Era sencilla.
Demasiado sencilla para cargar con un secreto de veinticuatro años.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Sebastián desde el asiento de al lado.
Valentina tardó unos segundos en responder.
—En que durante toda mi vida creí que sabía quién era.
Sebastián la miró.
—Sabes quién eres.
Ella giró lentamente hacia él.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Aunque no sea hija de mamá?
Sebastián soltó un suspiro.
—Valentina, escucha bien lo que voy a decirte porque no pienso repetirlo cada cinco minutos.
Ella levantó una ceja.
—Eso significa que vas a repetirlo cada diez.
—Exactamente.
Valentina sonrió por primera vez en varias horas.
Sebastián continuó:
—Mamá te crió. Gabriel y yo crecimos contigo. Hemos peleado contigo, hemos escondido tus cosas, hemos pagado tus caprichos...
—Tú nunca me has pagado nada.
—Eso es irrelevante.
—No, no lo es.
—Como sea. Lo importante es que eres nuestra hermana.
Valentina bajó la mirada hacia la pulsera.
—Pero quiero saber quién soy.
Sebastián entendió.
No se trataba solamente de conocer a Victoria.
Valentina necesitaba reconstruir una parte de sí misma.
Necesitaba saber por qué había sido entregada.
Por qué una madre había tenido que desprenderse de su propia hija.
Y, sobre todo, por qué alguien había querido hacerle daño antes siquiera de conocerla.
—Entonces averígualo —dijo Sebastián—. Pero no permitas que las respuestas cambien lo que ya tienes.
Valentina lo miró.
—¿Y si descubro que mi familia biológica es completamente diferente?
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí. Así podremos cobrarles la diferencia.
Valentina soltó una carcajada.
—¡Sebastián!
—¿Qué? Si son ricos, podemos negociar.
—No puedo creer que estés pensando en eso.
—Yo tampoco —intervino Gabriel desde el asiento de atrás—. Llevo tres horas pensando exactamente lo mismo.
Valentina giró.
—¿Tú también?
Gabriel sonrió.
—Hermana, si descubrimos que perteneces a una familia multimillonaria, quiero dejar claro desde este momento que siempre te traté bien.
—Mentiroso.
—Está bien. A veces te traté bien.
Sebastián negó con la cabeza.
—No les hagas caso.
—¿Y tú qué harás si descubro que mi familia biológica es rica?
Sebastián se quedó pensativo.
—Les recordaré que tú ya tienes hermanos.
Gabriel levantó un dedo.
—Y que son dos.
—¿Para qué?
—Para que entiendan que cualquier intento de quitártela tendrá consecuencias.
Valentina los observó.
Aquello era exactamente lo que necesitaba.
No respuestas.
Todavía no.
Primero necesitaba recordar que, independientemente de lo que encontrara en Nueva York, tenía un lugar al cual regresar.
Mientras el avión avanzaba sobre el Atlántico, a miles de kilómetros de distancia, Alexander Blackwood estaba sentado en una sala de juntas.
Frente a él había siete personas.
Todos ejecutivos.
Todos acostumbrados a hablar con cuidado cuando él estaba presente.
Alexander tenía treinta y pocos años y una reputación que hacía innecesario levantar la voz.
No necesitaba gritar.
Una mirada suya podía conseguir que una persona reconsiderara una decisión.
—Repítalo —dijo.
El director financiero tragó saliva.
—La situación de la empresa requiere una administración temporal hasta que la señora Victoria pueda retomar sus funciones.
Alexander entrelazó las manos sobre la mesa.
—¿Y por qué yo?
El hombre dudó.
—Por instrucciones del señor Edward Blackwood.
Alexander cerró los ojos durante un instante.
Su padre.
Incluso muerto, seguía encontrando maneras de complicarle la vida.
—Mi padre murió hace casi un año.
—Lo sabemos.
—Entonces explíqueme por qué sus instrucciones siguen apareciendo en mi agenda.
Nadie respondió.
Daniel, sentado a su derecha, tuvo que contener una sonrisa.
Alexander lo miró.
—¿Algo gracioso?
—No.
—Estás sonriendo.
—Estoy sonriendo por solidaridad.
—¿Con quién?
—Con tu padre.
Alexander arqueó una ceja.
Daniel dejó de sonreír inmediatamente.
—Retiro lo dicho.
Alexander volvió a mirar los documentos.
Victoria.
Ese nombre aparecía en prácticamente todos ellos.
Victoria había sido una de las empresarias más poderosas de Nueva York durante décadas.
Su empresa ocupaba el tercer lugar entre los grandes conglomerados empresariales de la ciudad.
Y ahora estaba gravemente enferma.
Edward había mantenido durante años una relación de enorme confianza con ella.
Alexander sabía que su padre había considerado a Victoria una de las pocas personas a las que podía confiarle una parte de su imperio.
Pero también sabía algo más.
La historia de Victoria era un tema del que nadie hablaba.
No públicamente.
No en los círculos empresariales.
Había rumores sobre una relación en su juventud.
Un hombre.
Una familia poderosa.
Una separación.
Después, Victoria había desaparecido durante un tiempo de la vida social.
Y había regresado convertida en una mujer completamente distinta.
Alexander nunca había sentido curiosidad suficiente para investigar.
Tenía demasiados problemas propios.
—¿Qué exactamente espera el consejo de mí? —preguntó.
—Que supervise la administración de la compañía hasta que se determine el futuro de la señora Victoria.
Alexander hojeó el expediente.