La hija que nunca debió existir

Capitulo 5. Una búsqueda

La mañana comenzó con una discusión.

No era una discusión importante.

Ni siquiera era una discusión nueva.

Pero para Valentina tenía algo de reconfortante.

—No puedes ir sola —dijo Sebastián.

—Sí puedo.

—No.

—Sebastián...

—No.

Gabriel apareció detrás de ellos con una taza de café.

—Estoy de acuerdo con Sebastián.

Valentina lo miró sorprendida.

—¿Tú también?

—Sí.

—¿Por qué?

Gabriel bebió tranquilamente.

—Porque no conozco Nueva York y me da miedo que te pierdas sin nosotros.

Valentina cruzó los brazos.

—Tú tampoco conoces Nueva York.

—Precisamente. Por eso necesitamos perdernos juntos.

Mia soltó una carcajada.

—Creo que deberíamos dejar de discutir y desayunar.

—Gracias —dijo Valentina.

—No lo decía por ti.

—¿Entonces?

Mia señaló a Gabriel.

—Por él. Lleva diez minutos intentando abrir el mismo frasco.

Gabriel miró el frasco que tenía en la mano.

—Está defectuoso.

Sebastián se lo quitó, lo abrió en un segundo y volvió a colocarlo frente a él.

—Claro.

—Lo hiciste con ventaja.

—¿Qué ventaja?

—Sabías cómo abrirlo.

—Es un frasco.

Valentina comenzó a reír.

Por unos minutos, la búsqueda de su madre desapareció de su cabeza.

Era extraño.

Había viajado miles de kilómetros para encontrar respuestas sobre su pasado y, sin embargo, seguía sintiéndose como la misma mujer que había salido de casa unos días atrás.

La misma hermana.

La misma hija.

La misma Valentina.

Pero algo había cambiado.

Ahora tenía una pregunta que no podía ignorar.

¿Quién era Victoria?

Después del desayuno, extendieron sobre la mesa todo lo que tenían.

La fotografía.

La pulsera.

La dirección antigua.

Y una pequeña hoja de papel donde Mariana había anotado el nombre completo que recordaba.

Victoria Blackwood.

Valentina observó el apellido.

—Blackwood.

Mia buscó algo en su computadora.

—Es un apellido bastante conocido.

Gabriel se inclinó sobre la pantalla.

—¿Bastante conocido cuánto?

—Mucho.

Mia escribió el nombre en el buscador.

Los resultados aparecieron inmediatamente.

Noticias.

Fotografías.

Revistas financieras.

Entrevistas.

Eventos empresariales.

Valentina sintió un nudo en el estómago.

—Esa es ella.

Mia abrió una fotografía.

Era Victoria, pero muchos años después.

Elegante.

Serena.

Con el cabello perfectamente arreglado.

Vestía un traje oscuro y estaba frente a un edificio enorme.

Valentina la observó.

—Es ella.

Gabriel miró la fotografía.

—¿Estás segura?

—Sí.

No había duda.

Era la misma mujer.

Aunque habían pasado décadas.

Mia leyó la información.

—Victoria Blackwood. Empresaria. Fundadora y presidenta del tercer conglomerado empresarial más importante de Nueva York.

Gabriel abrió mucho los ojos.

—¿Tercer lugar?

—Sí.

—¿Y cuáles son el primero y el segundo?

Mia siguió leyendo.

—Harrison Global es el primero.

Sebastián se acercó.

—¿Y el segundo?

—Blackwood Enterprises.

Gabriel sonrió.

—Bueno, por lo menos ya sabemos que tu familia sabe competir.

Valentina no respondió.

Había algo que le preocupaba más.

—¿Blackwood es el apellido de mi madre?

—Sí.

—Entonces... ¿por qué mamá nunca me dijo que ella era tan importante?

Nadie respondió.

Mia continuó leyendo.

—Aquí dice que Victoria estuvo casada con Edward Blackwood.

Valentina levantó la mirada.

—¿Casada?

—Sí.

—Entonces...

—Espera —dijo Mia—. Aquí hay algo.

Continuó leyendo.

—No tuvieron hijos.

Valentina sintió un vacío en el estómago.

—¿No tuvieron?

—Eso dice.

Gabriel señaló la pantalla.

—Entonces hay una pieza que falta.

Valentina asintió.

—Yo.

Durante las siguientes horas, revisaron todo lo que pudieron.

Victoria había sido una mujer extremadamente reservada.

Había pocas entrevistas.

Casi ninguna referencia a su vida personal.

Su matrimonio con Edward Blackwood había sido ampliamente cubierto por la prensa empresarial, pero nunca se mencionaba descendencia.

En los documentos públicos, Victoria aparecía como una mujer sin hijos.

Sin herederos directos.

Eso explicaba por qué nadie había hablado de Valentina.

Pero no explicaba por qué había sido escondida.

Mia encontró algo que llamó especialmente su atención.

—Aquí.

Valentina se acercó.

—¿Qué es?

—Una noticia de hace veinticinco años.

La pantalla mostraba una nota antigua.

“Victoria Blackwood desaparece temporalmente de la vida pública.”

Valentina sintió un escalofrío.

—Ábrela.

Mia lo hizo.

La noticia hablaba de una joven Victoria que había desaparecido de Nueva York durante varios meses.

No explicaba el motivo.

Solo mencionaba que había viajado fuera del país por asuntos personales.

Valentina leyó cada línea.

Hasta llegar a una frase.

“Fuentes cercanas a la familia aseguran que existieron diferencias entre Victoria y su padre.”

Valentina levantó la mirada.

—Mi abuelo.

Mia asintió.

—Probablemente.

Gabriel permaneció serio.

—¿Y qué ocurrió después?

Mia siguió leyendo.

—Victoria regresó a Nueva York. Poco después comenzó su expansión empresarial.

—¿Y el hombre? —preguntó Valentina.

—¿Qué hombre?

—El hombre que amaba.

Mia buscó.

No había nombre.

Ni fotografía.

Ni registro.

Nada.

Como si nunca hubiera existido.

Valentina apretó los labios.

—Lo borraron.




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