La llamada terminó, pero Valentina permaneció varios minutos con el teléfono entre las manos.
La imagen de Mariana llorando no dejaba de aparecer en su mente.
Durante veinticuatro años, aquella mujer había sido su madre.
No una sustituta.
No una mujer que la hubiera criado por obligación.
Su madre.
Y ahora Valentina comenzaba a comprender que Mariana también había vivido todos esos años con miedo.
Miedo a que alguien descubriera la verdad.
Miedo a que aquella promesa hecha hacía veinticuatro años tuviera consecuencias.
Y quizá, sobre todo, miedo a perderla.
—¿Qué te dijo? —preguntó Mia desde el sofá.
Valentina levantó la mirada.
—Mamá tiene una fotografía.
Mia se incorporó.
—¿De Victoria?
—De Victoria y el hombre que amaba.
Gabriel apareció inmediatamente.
—¿Tenemos nombre?
—No.
—¿Cara?
—Sí.
—Eso es mejor.
Sebastián salió de la cocina.
—¿Qué pasó?
Gabriel lo miró.
—Tenemos una fotografía del posible padre biológico.
Sebastián se quedó serio.
—¿Mamá sabe quién es?
—No.
—¿Pero lo vio?
—No. Victoria le entregó una fotografía.
Sebastián se acercó.
—Entonces tenemos que encontrarla.
Valentina asintió.
—Sí.
Mia tomó una libreta.
—Bien. Tenemos una misión.
Gabriel sonrió.
—Me gustan las misiones.
Sebastián lo miró.
—La última vez que dijiste eso terminamos buscando tu cartera durante seis horas.
—Y la encontramos.
—En el refrigerador.
Gabriel se encogió de hombros.
—Seguimos sin saber cómo llegó ahí.
Valentina comenzó a reír.
—No puedo creer que estén haciendo bromas.
Sebastián se acercó y le dio un pequeño golpe en el hombro.
—Porque si no hacemos bromas, todos vamos a terminar llorando.
Valentina sonrió.
Tenía razón.
Al día siguiente, Valentina decidió concentrarse en algo que pudiera controlar.
Su trabajo.
Había viajado a Nueva York para encontrar a Victoria, pero necesitaba también construir su propia vida.
Mia había conseguido una entrevista para ella.
—Es temporal —explicó—. Pero puede servirte mientras investigamos.
Valentina revisó el mensaje.
—¿Dónde?
—En Blackwood-Victoria Group.
Valentina levantó la mirada.
—¿La empresa de Victoria?
—Sí.
Durante unos segundos ninguna dijo nada.
—Eso es una coincidencia —murmuró Valentina.
Mia sonrió.
—O una oportunidad.
—¿Y qué puesto?
—Asistente administrativa.
Valentina volvió a leer la información.
—¿Cuándo es la entrevista?
—Hoy.
—¿Hoy?
—Sí.
—¡Mia!
—No te preocupes.
—¿Cómo que no me preocupe?
—Porque ya confirmé.
Valentina la miró incrédula.
—¿Sin preguntarme?
—Si te preguntaba, ibas a decir que necesitabas tiempo.
—Sí.
—Y por eso no pregunté.
Valentina respiró profundamente.
—Está bien.
El edificio de Blackwood-Victoria Group era impresionante.
Cristal.
Acero.
Mármol.
Recepcionistas perfectamente vestidas.
Ejecutivos entrando y saliendo con teléfonos en las manos.
Valentina se sintió pequeña durante unos segundos.
No porque fuera inferior.
Sino porque aquel lugar representaba exactamente el mundo del que había sido separada.
El mundo de Victoria.
—Respira —dijo Mia.
—Estoy respirando.
—No parece.
—Estoy respirando por dentro.
Mia soltó una risa.
—Eso no existe.
—Ahora existe.
Entraron.
La recepcionista revisó el nombre.
—¿Señorita Valentina?
—Sí.
—La están esperando.
Valentina sintió un pequeño vuelco en el estómago.
La condujeron a un ascensor.
Mientras subía, observó su reflejo.
Se había vestido de manera sencilla.
Blusa blanca.
Pantalón oscuro.
Cabello recogido.
Nada de lujos.
Nada que indicara que tenía alguna relación con aquella empresa.
Y eso le gustaba.
Quería que la contrataran por ella.
No por su apellido.
Aunque todavía no supiera cuál era realmente.
En el último piso, Alexander estaba teniendo una reunión.
—No voy a aceptar esa propuesta —dijo.
El hombre frente a él intentó insistir.
—Señor Blackwood, es una oportunidad extraordinaria.
—Para ellos.
—Para ambas partes.
Alexander cerró la carpeta.
—No.
—Pero Harrison Global está ofreciendo condiciones muy favorables.
—Precisamente por eso.
El hombre guardó silencio.
Alexander se levantó.
—Si una empresa que está intentando debilitar a nuestros proveedores de repente ofrece condiciones favorables, no está haciendo negocios.
Daniel intervino:
—Está comprando lealtades.
Alexander asintió.
—Exactamente.
El ejecutivo recogió sus documentos.
—Entiendo.
Cuando salió, Daniel miró a Alexander.
—Tienes una reunión en quince minutos.
—¿Con quién?
—Una candidata para el área administrativa.
Alexander levantó una ceja.
—¿Tengo que entrevistarla?
—No.
—Entonces ¿por qué me lo dices?
—Porque tu asistente está enferma.
Alexander suspiró.
—Perfecto.
—Y porque la candidata viene recomendada.
—Eso me preocupa más.
Daniel sonrió.
—Se llama Valentina.
Alexander no reaccionó.
—¿Apellido?
Daniel miró la agenda.
—Solo Valentina.
Alexander lo miró.
—¿Solo Valentina?
—Parece que no anotaron el apellido.
—Excelente organización.
—Ya sabes cómo funciona esto.
Alexander tomó otra carpeta.
—Que pase.
Valentina estaba sentada en una pequeña sala de espera.
Intentaba controlar los nervios.
Mia le había dicho que la entrevista sería sencilla.