A las siete de la mañana, Valentina ya estaba despierta.
No porque hubiera dormido bien.
Todo lo contrario.
Había pasado buena parte de la noche pensando en su nuevo trabajo.
No era cualquier empleo.
Era una empresa enorme.
Una de las más importantes de Nueva York.
Y, aunque todavía no conocía todos los detalles, había algo que no podía dejar de pensar.
Victoria había trabajado allí.
Quizá incluso había recorrido los mismos pasillos.
Quizá había ocupado una oficina en aquel mismo edificio.
Quizá había tomado decisiones en aquellas mismas salas.
Y ahora Valentina estaba a punto de entrar allí sin que nadie supiera quién era.
—Te vas a desmayar —dijo Mia desde la puerta.
Valentina se giró.
—No me voy a desmayar.
—Llevas quince minutos mirando el mismo zapato.
Valentina bajó la mirada.
Tenía un zapato en una mano.
—Estoy pensando.
—Eso es peligroso tan temprano.
Valentina sonrió.
—¿Está bien mi ropa?
Mia la observó.
—Perfecta.
—¿Demasiado sencilla?
—No.
—¿Demasiado formal?
—No.
—¿Demasiado...
—Valentina.
—¿Qué?
—Vas a trabajar, no a conocer al presidente.
Valentina hizo una pausa.
—El hombre que me entrevistó parecía presidente.
Mia soltó una carcajada.
—Todavía estás pensando en él.
—No.
—Sí.
—No.
—Ayer dijiste que era arrogante.
—Lo es.
—Y guapo.
Valentina se quedó callada.
—Yo nunca dije eso.
—No hacía falta.
Valentina tomó su bolso.
—Me voy.
—¡Eso no es una negación!
Cuando llegó al edificio, sintió nuevamente aquella sensación.
Era enorme.
Imponente.
Las personas entraban y salían con paso rápido.
Todo parecía funcionar con precisión.
Valentina se presentó en recepción.
—Soy Valentina. Es mi primer día.
La recepcionista sonrió.
—Sí, ya nos avisaron.
Le entregó una tarjeta de acceso.
—Piso treinta y dos.
Valentina miró la tarjeta.
—Gracias.
—Bienvenida.
Subió al ascensor.
Cuando las puertas se cerraron, respiró profundamente.
—Puedes hacerlo —murmuró.
El ascensor se detuvo.
Las puertas se abrieron.
Y allí estaba Alexander.
Valentina se quedó inmóvil.
Alexander también.
Los dos se reconocieron inmediatamente.
—Usted —dijo ella.
—Tú.
Valentina levantó una ceja.
—¿También trabaja aquí?
Alexander la miró con una expresión completamente seria.
—Soy el director ejecutivo.
Valentina sintió que quería desaparecer.
—Ah.
—¿Algún problema?
—No.
—Parece sorprendida.
—Un poco.
—¿Por qué?
—Pensé que era alguien del departamento de recursos humanos.
Alexander la observó.
—¿Eso es bueno o malo?
—Todavía no lo decido.
Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse.
Alexander extendió una mano y las detuvo.
—Ven.
—¿A dónde?
—A tu puesto.
Valentina salió.
—¿Siempre da órdenes así?
—Sí.
—Entonces voy a tener problemas.
Alexander la miró.
—Probablemente.
El puesto de Valentina estaba cerca de la oficina de Alexander.
Demasiado cerca, según ella.
—¿Por qué estoy aquí?
La encargada administrativa señaló el escritorio.
—Porque es donde necesitamos una asistente.
Valentina miró hacia la oficina de cristal.
Alexander estaba dentro.
Él levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Valentina apartó la vista.
—Perfecto —murmuró.
—¿Dijiste algo?
—No.
La encargada sonrió.
—Te acostumbrarás.
Valentina no estaba tan segura.
Apenas llevaba una hora trabajando cuando recibió su primera instrucción.
Alexander salió de su oficina.
—Valentina.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
—Necesito estos documentos organizados por prioridad.
Le entregó una carpeta.
—¿Para cuándo?
—En una hora.
Valentina abrió la carpeta.
—Son más de cien páginas.
—Lo sé.
—¿Y quiere que las organice en una hora?
—Sí.
—¿Por qué?
Alexander la miró.
—Porque necesito tenerlas organizadas en una hora.
Valentina respiró profundamente.
—Entendido.
Alexander regresó a su oficina.
Valentina comenzó a trabajar.
Treinta minutos después, Alexander volvió.
—¿Ya está?
—Casi.
—Dije una hora.
—Todavía no ha pasado una hora.
Alexander miró el reloj.
—Faltan veintisiete minutos.
—Exactamente.
Él la observó.
—¿Siempre discutes?
—No.
—¿Entonces?
—Solo cuando tengo razón.
Alexander permaneció unos segundos en silencio.
Después volvió a su oficina.
Valentina sonrió para sí misma.
—Uno a cero.
No sabía que Alexander había escuchado.
Y tampoco sabía que, por primera vez en mucho tiempo, había sonreído al entrar en su despacho.
A media mañana, Daniel apareció.
—Tú debes ser Valentina.
Ella levantó la mirada.
—Sí.
—Soy Daniel.
—Mucho gusto.
—Soy el mejor amigo de Alexander.
Valentina miró hacia la oficina.
—Lo siento.
Daniel soltó una carcajada.
—Eso mismo le digo yo.
—¿Siempre es así?
—¿Así cómo?
—Tan serio.
—Sí.
—¿Siempre?
—Casi.
Valentina bajó la voz.
—¿Y tiene algún defecto además de ser arrogante?
Daniel se quedó pensativo.
—Sí.
—¿Cuál?
—No sabe que es arrogante.
Valentina sonrió.
—Eso es peor.
—Mucho peor.
Ambos rieron.
Desde la oficina, Alexander levantó la mirada.
Observó a Daniel y a Valentina conversando.
No supo por qué le molestó.
Era una reacción absurda.
Daniel era su amigo.