La hija que nunca debió existir

Capitulo 8 La mujer enferma

La fotografía permaneció sobre la mesa durante varios minutos.

Valentina no dejaba de mirarla.

No porque la imagen fuera especialmente reveladora.

Sino porque ahora tenía un nombre.

Richard Harrison.

El hombre que había amado a Victoria.

El hombre que, según Mariana, había sido rechazado por la familia de Victoria.

Y, posiblemente, su padre.

—¿Estás segura? —preguntó Sebastián.

Valentina asintió.

—Mia lo encontró.

Gabriel tomó el teléfono y leyó nuevamente el mensaje.

—Richard Harrison...

—Sí.

—¿Harrison Global?

—Sí.

Gabriel levantó lentamente la mirada.

—La empresa número uno.

Valentina sintió un escalofrío.

—Eso parece.

Sebastián se sentó frente a ella.

—Entonces tu padre podría ser uno de los hombres más poderosos de Nueva York.

—Podría.

—¿Y qué sabemos de él?

Mia negó con la cabeza.

—Muy poco.

—Entonces busquemos.

Gabriel se sentó frente a la computadora.

—Eso se me da bien.

Sebastián lo miró.

—Tú escondiste una cartera en un refrigerador.

—Eso fue una vez.

—Dos.

—La segunda fue diferente.

Valentina sonrió.

—Déjalo.

Gabriel comenzó a buscar.

La información apareció rápidamente.

Richard Harrison.

Presidente y fundador de Harrison Global.

Empresario.

Inversionista.

Propietario de varias empresas.

Uno de los hombres más ricos de Estados Unidos.

Pero había algo extraño.

Su vida personal era prácticamente inexistente.

No había esposa.

No había hijos reconocidos.

No había entrevistas sobre su familia.

Nada.

—Es como si no existiera fuera de su empresa —dijo Mia.

Valentina observó la pantalla.

—Quizá no quiere que nadie conozca su vida.

Sebastián asintió.

—O quizá alguien se encargó de que desapareciera.

Nadie dijo nada.

Porque todos pensaron lo mismo.

Victoria.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Victoria Blackwood estaba sentada junto a una ventana.

La habitación estaba en silencio.

Una enfermera acomodaba cuidadosamente los medicamentos sobre una mesa.

Victoria observaba el jardín.

Había pasado años construyendo una vida que parecía perfecta.

Una empresa.

Una fortuna.

Un matrimonio respetable.

Una reputación impecable.

Pero ninguna de esas cosas había conseguido llenar el vacío que había quedado veinticuatro años atrás.

—Señora Blackwood.

Victoria se giró.

—¿Sí?

—El doctor llegará en unos minutos.

—Está bien.

La enfermera dudó.

—También llamó el señor Alexander.

Victoria sonrió ligeramente.

—¿Alexander?

—Sí.

—¿Qué quería?

—Preguntar cómo se encontraba.

Victoria bajó la mirada.

Alexander había sido una de las pocas personas en las que realmente confiaba.

Hijo de Edward.

Para ella, casi como un hijo.

—Dígale que estoy bien.

La enfermera sonrió.

—Eso mismo le dije la última vez.

Victoria soltó una pequeña risa.

—Y no me creyó.

—No.

—Es muy parecido a su padre.

La sonrisa desapareció lentamente.

Edward.

Su esposo.

Su compañero durante tantos años.

El hombre que había aceptado una parte de su pasado que nadie más quiso aceptar.

Edward había sabido de Richard.

Había sabido que existía una historia anterior.

Y había sabido que Victoria tenía un secreto.

Pero jamás la había obligado a hablar.

Nunca le exigió explicaciones.

Solo le había dicho una vez:

"Cuando estés preparada para contarme todo, yo estaré aquí."

Y había cumplido.

Hasta el día de su muerte.

Victoria cerró los ojos.

—Edward...

Una lágrima descendió por su mejilla.

La enfermera fingió no verla.

Horas después, Alexander llegó a la residencia.

Entró sin anunciarse.

—¿Cómo está?

—Cansada —respondió la enfermera—. Pero despierta.

Alexander asintió.

Entró en la habitación.

Victoria lo observó.

—Siempre tan serio.

—Siempre tan enferma.

Ella sonrió.

—Eso no fue amable.

—No pretendía serlo.

Alexander se acercó.

—¿Cómo te sientes?

—He tenido días mejores.

—¿El médico?

—Dice que debo descansar.

—Entonces descansa.

Victoria lo miró con cariño.

—Tienes la misma forma de dar órdenes que Edward.

—No soy mi padre.

—No.

Victoria sonrió.

—Eres peor.

Alexander soltó una pequeña sonrisa.

Se sentó frente a ella.

—La empresa está estable.

Victoria lo observó con atención.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—¿Harrison?

Alexander permaneció en silencio.

Victoria entendió.

—Richard.

—¿Lo conoces?

Victoria bajó la mirada.

—Conozco su nombre.

—Está comprando acciones.

Victoria cerró los ojos.

—Lo sé.

—¿Por qué?

Ella no respondió.

—Victoria.

—No es algo que puedas solucionar.

—Está intentando destruir la empresa.

—Lo sé.

—También está atacando Blackwood Enterprises.

Victoria lo miró.

—¿A ustedes también?

—Sí.

Victoria se quedó callada.

Por primera vez, el miedo apareció claramente en sus ojos.

Alexander lo notó.

—¿Qué está pasando?

—Nada.

—No me digas eso.

—Alexander...

—Si Richard Harrison está detrás de esto, necesito saber por qué.

Victoria respiró profundamente.

—No puedes involucrarte.

—Ya estoy involucrado.

—No.

—Sí.

Alexander se inclinó hacia ella.

—Mi padre me dejó a cargo de esta empresa. No voy a permitir que alguien la destruya.

Victoria lo miró durante unos segundos.

—Tu padre siempre tuvo demasiado orgullo.




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