Valentina permaneció inmóvil frente a la pantalla.
La fotografía seguía abierta en su teléfono.
Victoria.
Richard.
Y aquella bebé.
La pulsera.
La misma.
No podía ser una coincidencia.
—Mia —susurró—, ¿estás segura de que esta fotografía es auténtica?
—La encontré en un archivo antiguo relacionado con Victoria. No parece editada.
—Pero podría ser otra bebé.
—Sí.
La respuesta hizo que el corazón de Valentina se hundiera.
—Entonces todavía no tenemos certeza.
—No —admitió Mia—. Pero tenemos algo.
Valentina volvió a mirar la fotografía.
Había algo en aquella imagen que le resultaba dolorosamente familiar.
La manera en que Victoria sostenía a la bebé.
La expresión de Richard.
La pulsera.
Todo parecía encajar.
—Necesito saber quién tomó la fotografía.
—Estoy investigándolo.
—¿Y la fecha?
—Veinticuatro años atrás.
Valentina cerró los ojos.
Veinticuatro años.
La misma edad que ella.
—Mia...
—¿Sí?
—Creo que esa bebé soy yo.
Esa noche, Valentina casi no durmió.
Cada vez que cerraba los ojos veía la fotografía.
Intentaba imaginar a Victoria joven.
Intentaba imaginar a Richard.
Intentaba imaginarse a sí misma como aquella bebé.
Pero había algo que no podía comprender.
Si Richard era su padre...
¿Por qué nunca la había buscado?
¿Por qué nunca había intentado encontrarla?
¿Por qué Victoria había permitido que creciera lejos de ambos?
Y, sobre todo, ¿por qué Richard estaba intentando destruir ahora la empresa de Victoria?
La última pregunta era la que más le preocupaba.
A la mañana siguiente decidió no contarle todavía a Sebastián ni a Gabriel.
No porque no confiara en ellos.
Sino porque quería tener algo más que una fotografía antes de despertar nuevamente las emociones de toda su familia.
Se vistió y se dirigió al trabajo.
Sin embargo, apenas llegó al edificio recibió una sorpresa.
—Señorita Valentina.
Era la recepcionista.
—¿Sí?
—El señor Blackwood quiere verla.
Valentina cerró los ojos.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Hice algo?
La recepcionista sonrió.
—No lo creo.
—Eso no me tranquiliza.
Alexander estaba frente a la ventana cuando Valentina entró.
—¿Me llamó?
Él se giró.
—Sí.
—¿Pasa algo?
Alexander señaló una silla.
—Siéntate.
Valentina obedeció.
Alexander dejó un expediente sobre el escritorio.
—Necesito que acompañes al departamento legal a una reunión.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesito alguien que tome notas y organice la información.
Valentina tomó el expediente.
—Está bien.
—La reunión es con un representante de Harrison Global.
Valentina levantó la mirada.
El apellido volvió a golpearla.
—¿Harrison?
—Sí.
Intentó mantener la calma.
—¿A qué hora?
—En una hora.
Valentina asintió.
—Entendido.
Se levantó.
—Una cosa más.
—¿Sí?
Alexander la observó.
—No quiero que hables durante la reunión.
Valentina frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Toma notas. Nada más.
—¿Y si me preguntan algo?
—No respondas.
—¿Y si tengo una opinión?
—La guardas.
Valentina cruzó los brazos.
—¿Siempre trata así a sus empleados?
—Cuando es necesario.
—¿Y si no estoy de acuerdo?
Alexander sostuvo su mirada.
—Ya me he dado cuenta de que eso sucede con frecuencia.
Valentina estuvo a punto de responder.
Pero se contuvo.
—Bien.
Salió de la oficina.
Alexander esperó a que se cerrara la puerta.
Daniel apareció unos segundos después.
—¿Sabes que acabas de contratar a la única persona en esta empresa capaz de discutir contigo antes del desayuno?
Alexander siguió mirando hacia la puerta.
—Es competente.
—No dije que no lo fuera.
—Entonces, ¿qué quieres?
Daniel sonrió.
—Nada.
—Daniel.
—Solo quería comprobar algo.
Alexander lo miró.
—¿Qué?
—Te gusta provocarla.
Alexander negó con la cabeza.
—No.
—Sí.
—No.
—Entonces deja de sonreír.
Alexander se tocó el rostro.
Su expresión era seria.
—No estoy sonriendo.
Daniel soltó una carcajada.
La reunión fue un desastre desde el primer minuto.
Valentina se sentó detrás de Alexander y del abogado de la empresa.
Frente a ellos estaban dos representantes de Harrison Global.
Uno de ellos parecía tener unos cincuenta años.
El otro era más joven.
—Agradecemos que nos reciban —dijo el hombre mayor.
Alexander no respondió.
—Como saben, Harrison Global está interesado en ampliar su participación en determinados proyectos.
—No —respondió Alexander.
El hombre parpadeó.
—Todavía no he terminado.
—No necesito escuchar el resto.
Valentina bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
El abogado carraspeó.
—Quizá sería conveniente conocer los términos de la propuesta.
Alexander lo miró.
—Adelante.
La reunión continuó.
Valentina tomaba notas.
Todo parecía relativamente normal hasta que el representante más joven la miró.
—¿Ella es nueva?
Alexander respondió inmediatamente:
—Sí.
—No la había visto antes.
—Porque es nueva.
El hombre sonrió.
—Tiene razón.
Valentina continuó escribiendo.
Pero entonces escuchó un nombre.
—El señor Harrison considera que...
La pluma se detuvo.
El señor Harrison.
Richard.
Su posible padre.
Valentina levantó ligeramente la mirada.
El representante continuó hablando.
—...la situación con Victoria Blackwood no debería afectar las relaciones comerciales.