La hija que nunca debió existir

Capitulo 10 La empleada que lo contradice

Capítulo 10 — La empleada que lo contradice

El lunes por la mañana, Valentina llegó a Blackwood-Victoria Group diez minutos antes de su hora de entrada.

No porque quisiera demostrar puntualidad.

Ni porque estuviera particularmente emocionada por comenzar otra semana.

Y mucho menos porque tuviera ganas de volver a encontrarse con Alexander Blackwood.

Había llegado temprano porque llevaba toda la noche pensando en la reunión del viernes.

En Richard Harrison.

En la fotografía.

En el brazalete.

En la posibilidad de que el hombre que estaba intentando destruir las empresas relacionadas con Victoria fuera, en realidad, su padre.

Y, sobre todo, en la extraña coincidencia de que Alexander también estuviera buscando a Mariana.

—Esto no puede ser casualidad —murmuró mientras dejaba su bolso sobre el escritorio.

—¿Qué cosa?

Valentina dio un pequeño salto.

Mia estaba detrás de ella, sosteniendo dos vasos de café.

—¡Por Dios, Mia! ¿Quieres matarme?

—Todavía no. Primero necesito que me pagues el café.

Valentina tomó uno de los vasos.

—Gracias.

—No dije que fuera gratis.

—Entonces devuélvemelo.

Mia escondió el otro detrás de su espalda.

—Demasiado tarde. Ya lo tocaste.

Valentina negó con la cabeza.

—Eres insoportable.

—Y tú estás distraída.

—Estoy preocupada.

La sonrisa de Mia desapareció.

—¿Por Richard?

Valentina asintió.

—Por Richard, por Mariana, por mi madre biológica... por todo.

—No sabemos todavía que Richard sea tu padre.

—Lo sé.

—Entonces no te adelantes.

Valentina bajó la mirada.

—¿Y si lo es?

Mia se quedó en silencio.

—Entonces tendrás que descubrir la verdad —respondió finalmente—. Pero no tienes que hacerlo todo hoy.

Valentina respiró profundamente.

—Eso intento repetirme.

—Bien.

Mia bebió un sorbo de café.

—Y recuerda algo.

—¿Qué?

—Si resulta que ese hombre es tu padre, tienes derecho a reclamarle por veinticuatro años de ausencia.

Valentina sonrió débilmente.

—No sé si tendría derecho.

—Yo sí sé.

—¿Por qué?

—Porque soy tu mejor amiga. Y las mejores amigas tenemos licencia para opinar sobre cosas que nadie nos preguntó.

Valentina soltó una risa.

—Eso explica muchas cosas.

—Exactamente.

Antes de que pudieran continuar, las puertas del elevador se abrieron.

Daniel salió primero.

Detrás de él apareció Alexander.

El ambiente pareció cambiar inmediatamente.

Alexander caminaba con la misma seguridad de siempre. Traje oscuro, camisa impecable, expresión seria y ese aire de hombre que parecía considerar el mundo entero como una enorme agenda que debía organizarse.

Valentina apartó la mirada.

—Ahí viene tu problema favorito.

Mia sonrió.

—No es mi problema.

—Claro.

—Es el tuyo.

—Mucho peor.

Daniel se acercó a ellas.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió Mia.

Daniel miró a Valentina.

—¿Ya está lista para otra batalla?

—¿Batalla?

Alexander respondió antes que ella.

—La señorita Valentina considera que cualquier reunión conmigo es una batalla.

Valentina levantó la mirada.

—No cualquier reunión.

Alexander arqueó una ceja.

—¿No?

—Solo las reuniones en las que usted dice algo con lo que no estoy de acuerdo.

Daniel soltó una carcajada.

Mia tuvo que cubrirse la boca.

Alexander la observó durante varios segundos.

—Entonces parece que tendremos una semana complicada.

—Eso parece.

Alexander continuó caminando.

Daniel se quedó un momento atrás.

—¿Saben algo?

—¿Qué? —preguntó Mia.

—Creo que ustedes dos se divierten discutiendo.

Valentina y Mia respondieron al mismo tiempo:

—¡No!

Daniel sonrió.

—Claro.

A las nueve de la mañana, Valentina recibió un mensaje.

“En mi oficina. Ahora.”

No necesitó preguntar quién lo había enviado.

Suspiró.

—¿Problemas? —preguntó Mia.

—Blackwood.

—Ah.

Mia hizo una pausa.

—¿Quieres que rece por ti?

—Sí.

—¿Católica, judía o directamente un exorcismo?

Valentina tomó su carpeta.

—Lo último.

Entró en la oficina de Alexander pocos minutos después.

Él estaba de pie frente a una enorme pantalla donde aparecían diferentes gráficas.

—Cierre la puerta.

Valentina obedeció.

—Necesito que revise estos contratos.

Alexander señaló la pantalla.

—Harrison Global está intentando absorber a tres de nuestros principales proveedores.

Valentina se acercó.

—¿Y qué quiere que haga?

—Determine cuál de ellos tiene mayor riesgo de ceder.

Valentina comenzó a leer.

Cinco minutos después levantó la cabeza.

—El segundo.

Alexander la miró.

—¿Por qué?

—Porque es el que tiene menos margen de operación.

—Eso ya lo sabemos.

—Entonces, ¿por qué me preguntó?

Alexander cruzó los brazos.

—Continúe.

Valentina señaló una cifra.

—Este proveedor tiene una deuda importante con dos bancos. Harrison Global podría ofrecerle liquidez inmediata a cambio de exclusividad.

Alexander asintió.

—Correcto.

—Pero el primero no.

—¿Por qué?

—Porque el primero tiene contratos con clientes internacionales que no puede abandonar sin penalizaciones.

Alexander guardó silencio.

Valentina siguió.

—El tercero tampoco es tan vulnerable como parece. Tiene un contrato de cinco años con nosotros.

—Dos años y ocho meses.

Valentina revisó el documento.

—Tres años.

Alexander se acercó.

—Mire la cláusula séptima.

Valentina lo hizo.

—Ah.

—Exactamente.

—Entonces sí son dos años y ocho meses.

—Por eso revisamos los documentos antes de sacar conclusiones.




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