Capítulo 11 — Demasiada cercanía
Valentina descubrió algo muy incómodo aquella semana.
Alexander Blackwood tenía una habilidad extraordinaria para aparecer exactamente cuando ella menos lo esperaba.
Si estaba tomando café, él aparecía.
Si estaba revisando documentos, él necesitaba algo.
Si estaba conversando con Ethan, Alexander encontraba una razón para llamarla.
Y si, por alguna extraña casualidad, conseguía pasar una hora completa sin verlo, bastaba con que pensara:
Por fin.
Para que una voz masculina dijera detrás de ella:
—Valentina.
Ella cerró los ojos.
—Por supuesto.
Mia, sentada frente a ella, soltó una carcajada.
—¿Qué?
—Nada.
—Sí, claro.
Valentina tomó su taza.
—¿Qué quieres?
Alexander la observaba desde el otro lado del escritorio.
—Necesito que me acompañe.
—¿A dónde?
—A la sala de juntas.
—¿Para qué?
—Una reunión.
—¿Otra?
—Sí.
Valentina suspiró.
—¿Y por qué yo?
Alexander sostuvo su mirada.
—Porque quiero que esté presente.
Mia levantó lentamente las cejas.
Valentina la miró.
Mia sonrió.
—¿Qué? —preguntó Valentina.
—Nada.
—Mia.
—Estoy aprendiendo a guardar silencio.
—No sabes hacerlo.
—Estoy practicando.
Alexander carraspeó.
—¿Terminamos?
Valentina se levantó.
—Sí.
Mia esperó a que ambos se alejaran.
Después murmuró:
—Esto se va a poner interesante.
La reunión comenzó sin problemas.
Hasta que una de las pantallas dejó de funcionar.
—¿Quién está encargado del sistema? —preguntó Alexander.
Un empleado levantó la mano.
—Yo, señor.
—Arréglelo.
—Estoy intentando.
La pantalla parpadeó.
Se apagó.
Alexander cerró los ojos.
Valentina mordió el interior de su mejilla para no reír.
—¿Algo le parece divertido? —preguntó él.
—No.
—Está sonriendo.
—Es una reacción involuntaria.
Daniel, sentado al otro extremo de la mesa, soltó una carcajada.
—Yo también quiero una reacción involuntaria así cuando Alexander se enfada.
Alexander lo ignoró.
Valentina se acercó al equipo.
—¿Puedo?
El empleado se hizo a un lado.
—Claro.
Valentina revisó las conexiones.
—Está mal conectado.
—¿Qué?
—El cable HDMI está conectado a la entrada equivocada.
El empleado abrió la boca.
Alexander la miró.
—¿Cómo lo supo?
—Porque es el mismo problema que tuve con la televisión de mi casa.
Daniel sonrió.
—Excelente experiencia empresarial.
Valentina cambió el cable.
La pantalla volvió a encenderse.
Todos guardaron silencio.
Daniel aplaudió lentamente.
—La señorita Valentina acaba de salvar una reunión de treinta millones de dólares con conocimientos adquiridos viendo series en su casa.
—No exageres —dijo ella.
Alexander la observó.
—Continúe.
Valentina regresó a su lugar.
La reunión siguió.
Pero Alexander no dejó de mirarla de vez en cuando.
No por el error técnico.
Por ella.
Al terminar, los asistentes comenzaron a salir.
Valentina guardó sus documentos.
—¿Puedo irme?
—Todavía no.
Ella levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Quiero revisar algo con usted.
—¿Otra vez?
—Sí.
Valentina suspiró.
—Está bien.
Daniel pasó junto a ellos.
—Yo me voy.
Alexander asintió.
Daniel se detuvo.
—¿Seguro que quieres que me vaya?
Alexander lo miró.
—Sí.
Daniel miró a Valentina.
Después a Alexander.
Sonrió.
—Entendido.
Se marchó.
Valentina esperó.
—¿Qué quiere revisar?
Alexander tomó una carpeta.
—Este contrato.
Ella se acercó.
Alexander extendió el documento.
Valentina comenzó a leer.
Él se inclinó sobre la mesa para señalar una cláusula.
Los dos quedaron demasiado cerca.
Valentina levantó la cabeza.
Alexander también.
Durante un segundo, ninguno habló.
Ella pudo notar el perfume de él.
Alexander pudo sentir el aroma suave del cabello de Valentina.
La distancia entre ambos era mínima.
Demasiado mínima.
Valentina retrocedió primero.
—La cláusula es correcta.
—Sí.
—Entonces...
—Sí.
Ninguno sabía qué decir.
Alexander carraspeó.
—Puede retirarse.
—Gracias.
Valentina salió.
Cuando cerró la puerta, apoyó la espalda contra ella.
—Esto es ridículo.
Mia apareció desde el pasillo.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Tienes cara de que pasó algo.
—No pasó nada.
—Entonces, ¿por qué estás roja?
Valentina se tocó las mejillas.
—¿Estoy roja?
—Muchísimo.
—Hace calor.
Mia miró alrededor.
—Estamos en Nueva York en pleno invierno.
Valentina la fulminó con la mirada.
—No empieces.
Mia levantó las manos.
—No dije nada.
—Tu cara sí.
Esa misma tarde, Valentina recibió una llamada.
—¿Bueno?
—Hija.
La voz de Mariana consiguió que todo lo demás desapareciera.
—Mamá.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—No me mientas.
Valentina sonrió.
—Estoy confundida.
—Lo sé.
—Encontramos más información.
Mariana guardó silencio.
—¿Sobre qué?
—Sobre Richard.
La respiración de Mariana cambió.
—¿Qué encontraron?
—Una fotografía.
Mariana tardó unos segundos en responder.
—¿Qué fotografía?
Valentina dudó.
—Una de Victoria y Richard.
Mariana cerró los ojos al otro lado de la llamada.
—Valentina...
—Mamá, necesito saber la verdad.
—La sabrás.
—¿Cuándo?
—Cuando estés preparada.
—Tengo veinticuatro años.
Mariana sonrió tristemente.