Capítulo 13 — El primer ataque
El teléfono de Alexander comenzó a sonar a las seis y veinte de la mañana.
No era una hora a la que acostumbrara recibir buenas noticias.
Abrió los ojos, tomó el teléfono y respondió sin siquiera mirar quién llamaba.
—Blackwood.
—Tenemos un problema.
Alexander se incorporó en la cama.
—¿Qué pasó?
—Uno de nuestros principales inversionistas acaba de retirar una parte importante de su participación.
—¿Cuánto?
—Catorce por ciento.
Alexander guardó silencio.
—¿Por qué?
—Harrison Global.
Alexander apretó la mandíbula.
—¿Qué hicieron?
—Les ofrecieron condiciones que nosotros no podemos igualar sin asumir un riesgo considerable.
—¿Quién autorizó la operación?
—Todavía no lo sabemos.
Alexander se levantó.
—Quiero el informe completo en mi oficina en treinta minutos.
—Sí, señor.
Colgó.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
La guerra había dejado de ser una amenaza.
Ahora era una realidad.
A las siete y media, Blackwood-Victoria Group parecía un edificio en medio de una tormenta.
Ejecutivos entrando y saliendo.
Teléfonos sonando.
Abogados corriendo con documentos.
Asistentes recibiendo instrucciones contradictorias.
Valentina llegó y se encontró con un caos que no había visto desde que comenzó a trabajar allí.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
Mia apareció con dos carpetas.
—Harrison Global atacó a uno de nuestros inversionistas.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—¿Richard?
—Sí.
—¿Alexander está aquí?
—Desde hace una hora.
Valentina miró hacia los elevadores.
—Tengo que hablar con él.
—Antes de eso...
Mia bajó la voz.
—Daniel encontró la dirección de Mariana.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿La tiene?
—Sí.
—¿Dónde está?
—En México.
Valentina respiró profundamente.
—Entonces tenemos que ir.
—Lo sé.
—Hoy.
Mia la tomó del brazo.
—Valentina, primero necesitamos saber qué está pasando aquí.
—Mi vida está en México.
—Y tu trabajo puede estar en llamas.
Valentina miró a su alrededor.
—Tienes razón.
—Lo sé.
—Odio cuando tienes razón.
—Yo también lo disfrutaría menos si ocurriera más seguido.
Valentina sonrió.
Pero la sonrisa desapareció cuando Alexander salió de su oficina.
—Valentina.
Ella se acercó.
—¿Qué pasó?
—Harrison Global está intentando adquirir una parte importante de nuestros proveedores.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Responder.
Alexander la miró.
—Necesito que venga conmigo.
—¿A dónde?
—A una reunión.
Valentina tomó una carpeta.
—Claro.
Mia la miró.
—Buena suerte.
Valentina caminó detrás de Alexander.
—¿Por qué yo?
Él no se detuvo.
—Porque confío en su criterio.
Valentina se quedó en silencio.
No esperaba escuchar aquello.
La reunión era con uno de los principales proveedores tecnológicos de la empresa.
Su presidente parecía nervioso.
—Señor Blackwood, quiero ser completamente transparente.
—Eso espero.
—Harrison Global nos ofreció una participación de capital.
Alexander no respondió.
—Si aceptamos, tendremos acceso a mercados que ustedes no pueden ofrecernos.
Valentina observó a Alexander.
Él permanecía tranquilo.
—¿Y qué les pidieron a cambio?
—Exclusividad.
—Es decir, abandonar nuestro contrato.
—Sí.
Alexander asintió.
—¿Y qué decidieron?
El hombre miró a Valentina.
—Todavía no hemos decidido.
Alexander dejó una carpeta sobre la mesa.
—Entonces permítame ayudarles.
Sacó varios documentos.
—Estos son los proyectos que hemos desarrollado conjuntamente durante los últimos cinco años.
El hombre asintió.
—Los conocemos.
—Y estas son las pérdidas que tendrían que asumir si rompen el contrato.
El hombre palideció.
—Eso no puede ser.
—Sí puede.
Valentina intervino.
—Pero hay otra opción.
Alexander la miró.
Ella señaló una cifra.
—Podemos renegociar el calendario de pagos sin modificar el contrato principal.
El proveedor la observó.
—¿Eso sería posible?
—Sí.
Alexander tomó la palabra.
—Si ustedes cumplen con las entregas previstas, Blackwood-Victoria asumirá parte de la carga financiera durante los próximos seis meses.
El presidente se quedó callado.
—¿Por qué harían eso?
Alexander respondió:
—Porque ustedes son nuestros socios.
Valentina lo observó.
Otra vez aparecía aquel hombre que no coincidía con la imagen fría que proyectaba.
Cuando salieron de la reunión, Valentina caminó junto a él.
—Eso fue arriesgado.
—Sí.
—Podría afectar nuestras finanzas.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hizo?
Alexander la miró.
—Porque no pienso dejar que Richard Harrison decida quién trabaja con nosotros.
Valentina asintió.
—Entiendo.
Caminaron unos pasos.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Sí.
—¿Por qué Richard lo odia tanto?
Alexander se detuvo.
La pregunta había cambiado el ambiente.
—No lo sé.
—¿Nunca se lo preguntó?
—Muchas veces.
—¿Y qué cree?
Alexander miró hacia la calle.
—Creo que no es una guerra empresarial.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Entonces?
—Algo personal.
Ella recordó la fotografía.
Victoria.
Richard.
El bebé.
Y sintió que su corazón comenzaba a acelerarse.
—Tal vez tenga razón.
Alexander la miró.
—¿Qué sabe?
Valentina dudó.
—Nada concreto.
—Valentina.
—Solo tengo una sospecha.
—¿Sobre Richard?
Ella asintió.