Capítulo 15 — La mujer que no se rendía
Valentina no durmió aquella noche.
No después de saber que habían encontrado a Mariana.
Durante veinticuatro años, aquella mujer había sido simplemente su madre.
La persona que la había criado.
La que había estado junto a ella en cada cumpleaños, cada enfermedad, cada fracaso y cada logro.
Ahora sabía que Mariana también era la guardiana de un secreto que podía cambiar toda su vida.
Y, por primera vez, Valentina tenía la posibilidad de preguntarle directamente.
¿Quién era su padre?
¿Por qué Victoria la había entregado?
¿Qué había sucedido realmente aquella noche?
Y, sobre todo...
¿Por qué habían tenido que ocultarle la verdad durante tanto tiempo?
A las cinco de la mañana, su teléfono sonó.
—¿Bueno?
—Soy yo.
Alexander.
Valentina se incorporó.
—¿Qué pasó?
—Tenemos que salir hacia el aeropuerto.
—¿Cuándo?
—En dos horas.
—¿Tú vas?
—Sí.
Valentina dudó.
—Yo también.
—Lo sé.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo sabes?
—Porque Daniel me dijo que ya estabas despierta.
Valentina suspiró.
—Claro.
—Valentina.
—¿Sí?
—No quiero que hagas esto sola.
Ella guardó silencio.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Hubo unos segundos de silencio.
—Alexander.
—¿Sí?
—Gracias.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
—Entonces me lo agradecerás cuando sepamos la verdad.
La llamada terminó.
Valentina miró el teléfono.
No sabía cuándo había empezado a confiar en él.
Pero ya lo hacía.
Y eso la asustaba.
Dos horas después, el aeropuerto estaba lleno de pasajeros.
Valentina llegó acompañada por Mia.
Alexander y Daniel ya estaban allí.
—Buenos días —dijo Daniel.
Mia lo miró.
—¿Dormiste?
—Dos horas.
—Se nota.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Mia sonrió.
—¿Tú tampoco dormiste?
—No.
—¿Por Mariana?
Mia negó.
—Por todo.
Daniel la observó.
—¿Todo?
—Sí.
—¿Incluyéndome?
Mia abrió los ojos.
—¿Qué?
Daniel sonrió.
—Nada.
Mia puso los ojos en blanco.
—Algún día vas a aprender a comportarte como un adulto.
—Probablemente no.
Mientras ellos discutían, Valentina observó a Alexander.
Él estaba hablando por teléfono.
Se veía diferente.
Más serio.
Más preocupado.
Cuando terminó la llamada, se acercó.
—¿Lista?
—Sí.
Alexander miró a Mia.
—¿Tú también vienes?
—Sí.
—Bien.
Mia levantó una ceja.
—¿Esperabas que dejara sola a Valentina?
—No.
—Perfecto.
Daniel se acercó.
—¿Puedo ir con ustedes?
Alexander lo miró.
—Ya estás aquí.
—Exactamente.
Durante el vuelo, Valentina se sentó junto a la ventana.
Alexander ocupó el asiento a su lado.
Mia y Daniel estaban detrás.
—¿Nerviosa? —preguntó Alexander.
—Mucho.
—Es normal.
Valentina miró por la ventana.
—¿Y si no quiere hablar conmigo?
—Lo hará.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque eres su hija.
Valentina giró la cabeza.
—¿Cómo sabes que soy su hija?
Alexander quedó en silencio.
—No lo sé.
—Entonces no lo digas como si fuera un hecho.
—Tienes razón.
Ella volvió a mirar por la ventana.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
—Estoy asustada.
Alexander bajó la voz.
—Yo también.
Valentina lo miró sorprendida.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
Alexander tardó unos segundos.
—Porque no sé qué vamos a encontrar.
Valentina sonrió débilmente.
—Pensé que nunca tenías miedo.
—Tengo muchos.
—No parece.
—Eso es porque aprendí a esconderlos.
Ella lo observó.
Por primera vez, vio algo detrás de la imagen del hombre poderoso.
Un hombre que también tenía heridas.
—Gracias por venir conmigo.
Alexander sostuvo su mirada.
—No quería que atravesaras esto sola.
El avión continuó su viaje.
Y, por primera vez, ninguno de los dos intentó ocultar la cercanía que comenzaba a surgir entre ellos.
En México, Mariana estaba sentada frente a una ventana.
Había recibido una llamada esa mañana.
Sabía que ya no podía esconderse.
Habían encontrado su dirección.
Y no solo eso.
Sabía que Valentina estaba regresando.
Mariana tomó la caja de madera.
Dentro estaban la fotografía, el brazalete y la carta.
—Ya es hora.
Sacó la carta.
La sostuvo contra el pecho.
—Perdóname, hija.
En otro lugar de México, un hombre observaba una fotografía.
Richard Harrison.
Había llegado unas horas antes.
Sus investigadores habían localizado a Mariana.
Pero había algo que no entendía.
¿Por qué una mujer humilde había recibido dinero de Victoria?
¿Por qué había desaparecido aquella niña?
Y, sobre todo...
¿Quién era la joven que aparecía junto a Mariana?
Richard volvió a mirar la fotografía de Valentina.
Aquellos ojos.
Aquella sonrisa.
Había algo familiar.
Pero su mente se negaba a aceptar la posibilidad.
—Encuéntrenla —ordenó.
—¿A quién?
—A la muchacha.
—¿Valentina?
Richard se quedó inmóvil.
—Sí.
Pronunciar su nombre le produjo una sensación extraña.
No sabía por qué.
El avión aterrizó por la tarde.
Alexander había organizado un vehículo para trasladarlos directamente.
Valentina miraba por la ventana.
Todo le resultaba familiar y extraño al mismo tiempo.
México.
Su casa.
Su familia.
Su madre.
Su vida.
Todo estaba allí.
Pero ella ya no era la misma persona que se había marchado.