La hija que nunca debió existir

Capitulo 16 El primer beso

El silencio que quedó después de la pregunta de Richard parecía haberse instalado en toda la calle.

—¿Es mi hija?

Nadie había respondido con palabras.

No hacía falta.

La forma en que Mariana había mirado a Valentina había sido suficiente para que Richard entendiera que aquella joven frente a él no era una desconocida.

Era su hija.

Su hija, cuya existencia había ignorado durante veinticuatro años.

Richard dio un paso hacia ella, pero se detuvo inmediatamente.

Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que había conseguido que cientos de ejecutivos temieran una llamada suya parecía no saber qué hacer con sus propias manos.

—Yo… —comenzó.

Valentina lo observó.

No sentía odio.

Todavía no.

Sentía algo mucho más confuso.

Una mezcla de curiosidad, tristeza, rabia y una necesidad casi infantil de preguntarle por qué nunca había estado allí.

—No tienes que decir nada ahora —intervino Alexander.

Richard levantó la mirada hacia él.

Durante unos segundos ambos hombres se observaron con una tensión que parecía capaz de partir el aire.

—No necesito que me digas qué hacer —respondió Richard.

—Y yo no necesito que me lo digas a mí.

Valentina cerró los ojos.

—Por favor.

Los dos hombres callaron.

—No quiero que esto se convierta en otra guerra —dijo ella—. Ya tuve suficiente con descubrir que mi vida entera tenía secretos.

Richard bajó la mirada.

—Tienes razón.

Aquellas dos palabras sorprendieron incluso a Alexander.

Richard Harrison no parecía un hombre acostumbrado a admitir errores.

—No sabía que existías —dijo finalmente—. Si lo hubiera sabido…

Se detuvo.

Valentina lo miró fijamente.

—¿Qué?

Richard tragó saliva.

—Habría ido por ti.

Mariana apartó la mirada.

Aquella frase le dolió.

Porque sabía que era verdad.

Y también sabía que llegaba demasiado tarde.

Valentina respiró profundamente.

—No sé si quiero escucharlo.

—Lo entiendo.

—No sabes nada de mí.

Richard asintió.

—Entonces quiero conocerte.

Valentina no respondió.

Alexander observó la escena sin intervenir.

Sabía que aquella conversación no le correspondía.

Pero también sabía algo más.

No quería dejar sola a Valentina.

No después de todo lo que acababa de descubrir.

Dentro de la casa, Mariana preparó café.

Nadie tenía realmente ganas de tomarlo.

Pero Mariana necesitaba hacer algo con las manos.

—Siéntense —pidió.

Richard tomó asiento en uno de los extremos de la mesa.

Valentina se sentó junto a Alexander.

Mia y Daniel permanecieron un poco apartados.

Mia miró a Daniel.

—Esto parece una reunión familiar.

Daniel levantó una ceja.

—Técnicamente lo es.

—No ayuda.

—Solo intento encontrarle el lado positivo.

—¿Cuál?

Daniel miró a Richard.

—Que nadie ha lanzado todavía una silla.

Mia lo miró.

—Dame cinco minutos.

Daniel sonrió.

Valentina escuchó el comentario y, por primera vez desde que había llegado, soltó una pequeña risa.

Alexander la miró.

Era una risa diminuta.

Pero necesitaba verla.

Richard también la observó.

Y algo dentro de él se rompió.

Porque aquella sonrisa tenía algo de Victoria.

No sabía exactamente qué.

Quizá la forma de inclinar ligeramente la cabeza.

Quizá los ojos.

Quizá simplemente quería encontrar a Victoria en ella.

Mariana colocó las tazas sobre la mesa.

—Hay cosas que necesitan saber.

Valentina levantó la mirada.

—¿Sobre mis padres?

Mariana asintió.

—Sobre tu nacimiento. Sobre Victoria. Sobre Richard.

Richard permaneció inmóvil.

—Pero antes de eso —continuó Mariana— quiero que entiendas algo.

Miró a Valentina directamente.

—Nunca fuiste un secreto porque alguien se avergonzara de ti.

Valentina sintió un nudo en la garganta.

—Entonces ¿por qué?

Mariana tomó aire.

—Porque había personas que pensaban que tu existencia podía destruirlo todo.

Richard apretó los puños.

—Mi suegro.

Mariana lo miró.

—Sí.

—¿Él sabía de ella?

—Sabía que Victoria estaba embarazada.

Richard palideció.

—¿Y qué hizo?

Mariana dudó.

—Intentó hacer desaparecer cualquier rastro de aquella niña.

Valentina sintió frío.

Alexander tomó discretamente su mano debajo de la mesa.

Ella no la apartó.

—Tu madre tuvo miedo —continuó Mariana—. Mucho miedo. Por eso acudió a mí.

Richard cerró los ojos.

—Yo habría protegido a Victoria.

—Tú estabas lejos —respondió Mariana con suavidad—. Y ella creía que te habían obligado a marcharte definitivamente.

Richard abrió los ojos.

—Yo nunca la abandoné.

—Ella pensó que sí.

El silencio fue absoluto.

Valentina miró a ambos.

—Entonces los dos pensaron que el otro los había abandonado.

Mariana asintió.

—Sí.

Valentina soltó una respiración triste.

—Y mientras ustedes sufrían… yo crecí sin saber quiénes eran.

Richard bajó la cabeza.

—Lo siento.

Valentina lo miró.

Por alguna razón, aquellas palabras le dolieron más que cualquier otra cosa.

Porque sonaban sinceras.

—Todavía no sé si puedo perdonarte.

—No te lo estoy pidiendo.

Ella parpadeó.

Richard levantó la mirada.

—Solo quiero tener la oportunidad de conocerte.

Valentina no respondió.

Pero tampoco dijo que no.

Horas después, el cielo sobre México comenzaba a oscurecerse.

Richard se había marchado con la promesa de regresar después de obtener la confirmación oficial de la prueba de ADN.

Alexander permaneció en la casa.

Mia y Daniel habían salido a buscar algo de comer.

Mariana descansaba en una habitación.




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