Valentina descubrió que salir con Alexander Blackwood tenía una dificultad particular.
Todo el mundo parecía conocerlo.
Y ella no sabía cómo reaccionar ante eso.
—¿Estás segura de que quieres ir? —preguntó Mia por tercera vez.
Valentina terminó de arreglarse frente al espejo.
—Sí.
—¿Completamente?
—Sí.
—¿Sin arrepentirte?
—Mia…
—Solo verifico.
Valentina tomó su bolso.
—Es una cena.
Mia la miró de arriba abajo.
—Es una cita.
Valentina sonrió nerviosamente.
—Supongo.
—No supongas. Es una cita.
—Está bien.
Mia se acercó.
—Y recuerda algo.
—¿Qué?
—Si te lleva a un restaurante donde un plato cuesta lo mismo que mi renta…
Valentina soltó una carcajada.
—¿Sí?
—Pregúntale si aceptan pagar a meses.
Valentina tomó una almohada y se la lanzó.
—¡Cállate!
Mia la esquivó.
—¡Solo quiero que sobrevivas a la alta sociedad!
Alexander llegó diez minutos antes de la hora acordada.
Llevaba un traje oscuro, sin corbata.
Valentina lo vio desde la ventana.
—Es guapo.
Mia apareció detrás.
—Mucho.
—No empieces.
—No estoy empezando.
Alexander tocó el timbre.
Mia abrió.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Mia lo observó.
Después miró a Valentina.
—Pórtate bien.
Valentina cerró los ojos.
—Mia.
Alexander sonrió.
—No se preocupe.
Mia levantó una ceja.
—No me diga que me preocupe. Esa frase siempre termina mal.
Alexander soltó una risa.
Valentina tomó su abrigo.
—Vamos.
Cuando salieron, Mia se quedó en la puerta.
—¡Y no hagan nada que yo no haría!
Valentina se giró.
—¡Eso no reduce mucho las posibilidades!
Mia sonrió.
—¡Exactamente!
Alexander abrió la puerta del automóvil.
Valentina subió.
—¿A dónde vamos?
—Es sorpresa.
—No me gustan las sorpresas.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué haces esto?
—Porque quiero sorprenderte.
Valentina sonrió.
—Eso tampoco tiene sentido.
—Estoy empezando a notar que contigo nada tiene sentido.
—Y aun así aquí estás.
—Exactamente.
El restaurante era elegante.
Demasiado elegante.
Valentina se detuvo al entrar.
—Alexander.
—¿Sí?
—No puedo pagar esto.
Él sonrió.
—No tienes que hacerlo.
—No me gusta que pagues todo.
—Entonces la próxima vez eliges tú el restaurante.
—¿Habrá próxima vez?
Alexander la miró.
—Espero que sí.
Valentina sonrió.
Una mujer se acercó inmediatamente.
—Señor Blackwood.
—Buenas noches.
—Su mesa está lista.
Valentina siguió caminando.
Entonces escuchó una voz.
—Alexander.
Se detuvo.
Victoria Sinclair apareció frente a ellos.
Vestía elegantemente y llevaba una sonrisa perfecta.
—Qué coincidencia.
Alexander no parecía especialmente encantado.
—Victoria.
Ella miró a Valentina.
—No sabía que estabas acompañado.
—Estoy en una cita.
Valentina abrió los ojos.
Victoria también.
—Ah.
Alexander tomó la mano de Valentina.
—Ella es Valentina.
Victoria sonrió.
—Nos conocemos.
—Sí —respondió Valentina.
Victoria miró sus manos entrelazadas.
—No sabía que las cosas habían avanzado tanto.
Valentina sintió calor en las mejillas.
Alexander, en cambio, parecía perfectamente tranquilo.
—No es asunto tuyo.
Victoria soltó una pequeña risa.
—Sigues siendo encantador.
—Y tú sigues siendo curiosa.
Victoria miró a Valentina.
—Cuídalo.
Valentina respondió sin pensarlo:
—No creo que necesite que lo cuide.
Alexander sonrió.
Victoria pareció divertida.
—Definitivamente no.
Se alejó.
Valentina se quedó mirando.
—No me gusta.
Alexander sonrió.
—¿Qué cosa?
—Ella.
—Lo sé.
—¿Por qué sonríes?
—Porque estás celosa.
—No estoy celosa.
—Claro.
—Alexander.
—Valentina.
Ella lo miró.
—Eres insoportable.
—Y aun así aceptaste salir conmigo.
—Eso fue un error.
—Uno que podemos repetir.
La cena comenzó bastante bien.
Hasta que llegó el primer problema.
—¿Tiene algo sin champiñones? —preguntó Valentina.
El mesero asintió.
—Por supuesto.
Alexander la miró.
—¿No te gustan?
—Los odio.
—Nunca lo mencionaste.
—Nunca me preguntaste.
—Bien.
—¿Qué?
—Estoy aprendiendo.
Ella sonrió.
—¿Qué más necesitas aprender?
Alexander pensó.
—Que odias los champiñones.
—Sí.
—Que tomas el café con poca azúcar.
—Correcto.
—Que cuando estás nerviosa juegas con tu pulsera.
Valentina miró inmediatamente su muñeca.
Alexander sonrió.
—Lo haces ahora.
Ella dejó de moverla.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Valentina intentó esconder la mano.
—Deja de observarme.
—No puedo.
Ella levantó la mirada.
—¿Por qué?
Alexander se quedó callado.
—Porque me gustas.
Valentina sintió que el corazón se aceleraba.
—Eso empieza a ser peligroso.
—¿Por qué?
—Porque yo también…
Se detuvo.
Alexander esperó.
—¿Tú también qué?
Valentina sonrió.
—Nada.
—No.
—Sí.
—No puedes dejar una frase así a la mitad.
—Puedo.
—Valentina.
Ella rió.
—Come.
Alexander negó con la cabeza.
—Esto no termina aquí.
Después de la cena decidieron caminar.
Nueva York estaba iluminada.
Valentina miró los edificios.
—Nunca imaginé estar aquí.
—¿En Nueva York?
—Sí.
—¿Y ahora?
—Ahora tampoco sé si pertenezco.
Alexander la miró.