La hija que nunca debió existir

Capitulo 20 El primer "te quiero"

La noticia había cambiado por completo el ambiente.

Minutos antes, Valentina estaba riendo bajo la lluvia con Alexander.

Ahora permanecía en silencio dentro del automóvil, mirando las luces de Nueva York pasar por la ventana.

—¿Estás bien? —preguntó Alexander.

—No.

Él asintió.

No intentó convencerla de lo contrario.

—¿Crees que mi abuelo tuvo algo que ver con todo esto?

—No lo sé.

—Pero encontraste su nombre relacionado con Harrison Global.

—Con la familia Harrison —corrigió Alexander—. Todavía no sabemos exactamente qué relación existía.

Valentina respiró profundamente.

—Quiero saberlo.

—Lo sabremos.

Ella lo miró.

—¿Por qué haces esto?

—¿Qué cosa?

—Ayudarme.

Alexander tardó unos segundos.

—Porque quiero hacerlo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Valentina volvió a mirar por la ventana.

—A veces siento que desde que llegué a Nueva York todo lo que toco termina convirtiéndose en un problema.

Alexander sonrió.

—Entonces tienes un talento especial.

Ella lo miró indignada.

—¡Alexander!

—Estoy intentando hacerte reír.

Valentina terminó sonriendo.

—Eres terrible.

—Pero funcionó.

Cuando regresaron a la casa de Mariana, Mia y Daniel ya estaban allí.

Mia levantó la mirada.

—Llegaron.

Después observó a Valentina.

—¿Qué pasó?

—Encontraron algo sobre mi abuelo.

Daniel colocó varios documentos sobre la mesa.

—Tenemos que revisar esto con cuidado.

Valentina se sentó.

—¿Qué encontraste?

Daniel señaló una copia de un registro empresarial.

—Tu abuelo, Theodore Sinclair, tenía participación indirecta en varias compañías relacionadas con la familia Harrison.

Valentina frunció el ceño.

—¿Theodore Sinclair?

—Sí.

—Pero ese apellido…

Mia intervino:

—Victoria Sinclair.

Valentina levantó la mirada.

—¿La mujer que estuvo con Alexander?

Daniel asintió.

—Su familia.

Alexander permaneció en silencio.

Valentina se reclinó en la silla.

—Entonces Victoria Sinclair es descendiente de mi abuelo.

—Eso parece —respondió Daniel.

—¿Y ella sabe quién soy?

Daniel negó.

—No lo sabemos.

Valentina miró a Alexander.

—Esto se está volviendo demasiado extraño.

—Sí.

—Primero Richard.

—Después tu madre.

—Ahora Victoria Sinclair.

Mia levantó una mano.

—Y todavía no sabemos quién quiso ocultarte.

Valentina cerró los ojos.

—Gracias por recordármelo.

Mia hizo una mueca.

—Lo siento.

Mariana había permanecido escuchando desde la cocina.

Finalmente salió.

—No necesitan buscar más.

Todos se giraron.

Valentina se levantó.

—¿Qué quieres decir?

Mariana se sentó lentamente.

—Tu abuelo conocía a la familia Harrison.

Richard había mencionado aquello durante años.

—¿Cómo?

—Por negocios.

Daniel se acercó.

—¿Qué clase de negocios?

Mariana negó.

—No lo sé todo.

Valentina sintió frustración.

—Mamá…

Mariana levantó la mirada.

—No me llames así por obligación.

Valentina se quedó quieta.

—Te llamo así porque eres mi mamá.

Los ojos de Mariana se llenaron de lágrimas.

—Entonces llámame así siempre.

Valentina se acercó y la abrazó.

Mariana cerró los ojos.

Alexander observó la escena.

Aquella mujer había criado a Valentina durante veinticuatro años.

No necesitaba ningún documento para demostrar que era su madre.

Más tarde, cuando todos se habían retirado, Valentina salió al pequeño patio.

Alexander la siguió.

—¿Otra vez aquí?

—Es el único lugar donde puedo pensar.

—Entonces me quedaré contigo.

Ella sonrió.

—Te estás acostumbrando demasiado.

—Sí.

Valentina se sentó.

—¿Sabes qué me da miedo?

Alexander se sentó junto a ella.

—¿Qué?

—Que todo esto cambie la forma en que veo mi vida.

—Ya cambió.

—Exactamente.

Ella miró sus manos.

—Pero hay algo que no quiero que cambie.

Alexander la observó.

—¿Qué?

—Mi familia.

—No va a cambiar.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque una familia no desaparece solo porque aparezca otra.

Valentina sonrió.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Dónde encajas?

Alexander se quedó callado.

—No lo sé.

Ella lo miró.

—¿No?

—Estoy intentando averiguarlo.

Valentina sonrió.

—Eso no parece propio de ti.

—Contigo hago muchas cosas que no son propias de mí.

—Como besar a tu empleada.

Alexander sonrió.

—Eso definitivamente.

—Y salir a cenar bajo la lluvia.

—También.

—Y aprender a preparar café.

—Todavía no lo he conseguido.

Valentina rió.

—¿Lo intentaste?

—Esta mañana.

—¿Y?

—Daniel dijo que parecía alquitrán.

Ella comenzó a reír.

—¡No puedo creerlo!

—Fue un momento humillante.

—Quiero probarlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque quiero conservar alguna posibilidad de que sigas queriendo verme.

Valentina apoyó la cabeza en su hombro.

—Ya es demasiado tarde.

Alexander permaneció inmóvil.

—¿Qué quieres decir?

Ella levantó la mirada.

—Que ya quiero verte.

Alexander la miró fijamente.

—Valentina…

—¿Sí?

—No sabes lo que acabas de hacer.

—¿Qué?

—Hacer que sea imposible olvidarte.

Ella sonrió.

—Creo que eso ya había ocurrido.

Al día siguiente, Alexander regresó a Nueva York para atender asuntos de la empresa.

Valentina permaneció en México con Mia y Daniel.

Antes de subir al avión, Alexander la abrazó.

—Te llamaré.

—Lo sé.

—En cuanto llegue.




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