La fotografía permanecía sobre el escritorio de Alexander.
Era una imagen antigua, ligeramente deteriorada por el tiempo.
Victoria.
Richard.
Un bebé.
Y aquella pequeña pulsera que Valentina llevaba desde que Mariana la había recibido.
Durante semanas, la fotografía había sido una pista.
Ahora podía convertirse en una prueba.
Alexander volvió a leer el mensaje de Richard.
No creo que su nacimiento haya sido simplemente un secreto familiar.
—¿Qué encontraste? —preguntó.
Richard tardó en responder.
Finalmente escribió:
Necesito verlo personalmente.
Alexander frunció el ceño.
No le gustaba.
Pero aceptó.
Richard llegó a la oficina de Alexander una hora después.
Entró sin anunciarse.
—¿Dónde está Valentina?
—En México.
Richard asintió.
—Bien.
Alexander señaló una silla.
—Habla.
Richard se sentó.
—He estado revisando documentos antiguos de mi familia.
—¿Y?
—Mi padre tenía conocimiento de que Victoria estaba embarazada.
Alexander ya lo sabía.
—Eso no es nuevo.
—No.
Richard sacó una carpeta.
—Esto sí.
Colocó una copia sobre el escritorio.
Alexander la tomó.
Era un registro de seguridad de una clínica privada.
Fecha: veinticuatro años atrás.
—¿Qué estoy viendo?
—El ingreso de una mujer bajo un nombre falso.
Alexander frunció el ceño.
—¿Quién?
Richard señaló una línea.
—Victoria.
Alexander levantó la mirada.
—¿Usó un nombre falso?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque alguien estaba buscando información sobre su embarazo.
Alexander volvió al documento.
—¿Quién?
Richard negó.
—Eso todavía no lo sé.
Sacó otro papel.
—Pero encontré algo más.
Alexander lo leyó.
Era un registro de una llamada realizada desde la residencia de Theodore Sinclair a la clínica.
Dos días después del nacimiento.
—Tuvo contacto con la clínica.
—Exactamente.
Alexander apretó la mandíbula.
—Entonces sabía que Victoria había tenido una hija.
—Sí.
—¿Y por qué?
Richard no respondió.
—Eso es lo que necesitamos descubrir.
En México, Valentina despertó temprano.
Mariana estaba sentada en la cocina.
Tenía la vieja caja sobre la mesa.
—Ven.
Valentina se acercó.
—¿Qué ocurre?
Mariana abrió la caja.
Dentro estaba la fotografía original.
Valentina la tomó.
—Pensé que ya la habíamos revisado.
—No completamente.
Mariana le dio la vuelta.
En el reverso había una inscripción casi borrada.
Valentina entrecerró los ojos.
—¿Qué dice?
Mariana acercó la fotografía a la ventana.
—No estoy segura.
Valentina leyó lentamente.
"Para que algún día recuerdes que te busqué."
Se quedó inmóvil.
—¿Quién escribió esto?
Mariana negó.
—No lo sé.
—¿Estaba así cuando me la entregaste?
—Sí.
—¿Y nunca lo viste?
—La fotografía era pequeña. Pensé que era una mancha.
Valentina volvió a leer.
Debajo de la frase había algo más.
Una fecha.
18 de octubre.
—Es dos días después de mi nacimiento.
Mariana asintió.
—Sí.
Valentina sintió un escalofrío.
—Entonces alguien tomó esta fotografía después de que yo naciera.
—Eso parece.
—Y alguien quería que yo supiera que me había buscado.
Mariana bajó la mirada.
—Tu madre.
Valentina levantó la cabeza.
—¿Crees que fue Victoria?
Mariana dudó.
—Creo que sí.
Valentina llamó a Alexander.
—Encontramos algo.
—¿Qué?
—La fotografía original.
Alexander se incorporó inmediatamente.
—¿Qué tiene?
—Una inscripción en la parte posterior.
Valentina se la leyó.
Alexander guardó silencio.
—¿Alexander?
—Estoy aquí.
—¿Qué piensas?
—Que tenemos que comparar la escritura.
—¿Con qué?
—Con cualquier carta que Victoria haya escrito en aquella época.
Valentina frunció el ceño.
—¿Crees que fue ella?
—No lo sé.
—Pero si ella escribió que me buscó…
Alexander respiró profundamente.
—Entonces significa que nunca quiso perderte.
Valentina cerró los ojos.
Aquella posibilidad le dolía.
Porque significaba que su madre quizá no la había abandonado.
Quizá alguien había impedido que regresara por ella.
Mia y Daniel comenzaron a buscar documentos antiguos.
—¿Qué estamos buscando exactamente? —preguntó Mia.
—Cartas.
—¿De Victoria?
—Sí.
—¿Y cómo piensas encontrarlas?
Daniel sonrió.
—Tengo acceso a los archivos privados de Blackwood.
Mia levantó una ceja.
—Eso suena ilegal.
—No.
—¿Seguro?
—Estoy autorizado.
—Eso suena exactamente a algo que diría alguien que no está autorizado.
Daniel la miró.
—¿Quieres ayudar o no?
—Sí.
—Entonces deja de hablar.
—No puedo.
Daniel suspiró.
—Eso ya lo sabía.
Horas después encontraron una caja.
Dentro había documentos de Victoria.
Mia sacó una carta.
—Aquí.
Daniel la tomó.
Era una carta fechada veinticuatro años atrás.
No estaba dirigida a nadie.
Solo decía:
"No voy a renunciar a mi hija."
Mia se quedó inmóvil.
—Daniel.
—Lo sé.
Siguieron leyendo.
Victoria hablaba de miedo.
De amenazas.
De alguien que quería obligarla a entregar a su hija.
Y de Richard.
"Si él supiera que nuestra hija está viva, vendría por ella."
Daniel frunció el ceño.
—Eso es extraño.
—¿Por qué?
—Porque Richard acaba de decir que no sabía que existía.