La hija que nunca debió existir

Capitulo 22. Una madre frente a su hija

El pasillo del hospital parecía demasiado largo.

Valentina caminaba lentamente junto a Alexander.

Cada paso la acercaba a una mujer que había imaginado durante veinticuatro años.

Su madre.

No sabía cómo debía sentirse.

Había imaginado ese momento de muchas formas.

Una madre corriendo hacia su hija.

Un abrazo.

Lágrimas.

Explicaciones.

Pero la realidad era diferente.

No sabía si Victoria tendría fuerzas para levantarse de la cama.

No sabía si la reconocería.

No sabía si la quería.

Alexander se detuvo frente a la puerta.

—¿Quieres que entre contigo?

Valentina respiró profundamente.

—Sí.

Él tomó su mano.

—Entonces iremos juntos.

Ella asintió.

Abrieron la puerta.

Victoria estaba sentada junto a la ventana.

Su aspecto era mucho más frágil de lo que Valentina había imaginado.

La mujer de las fotografías, elegante y poderosa, parecía ahora agotada.

Pero cuando escuchó abrirse la puerta, levantó la mirada.

Sus ojos encontraron los de Valentina.

Y todo cambió.

Victoria dejó de respirar durante unos segundos.

—No…

Valentina se quedó inmóvil.

Victoria se llevó una mano al pecho.

—No puede ser.

Alexander permaneció detrás de Valentina.

Victoria miró nuevamente a la joven.

—¿Valentina?

Ella sintió que las piernas le temblaban.

—Sí.

Victoria comenzó a llorar.

No fue un llanto elegante ni silencioso.

Fue el llanto de alguien que había esperado demasiado tiempo.

—Dios mío.

Valentina no sabía qué hacer.

Victoria extendió una mano.

—Ven.

Valentina dio un paso.

Después otro.

Cuando estuvo frente a ella, Victoria tomó su mano.

La observó como si necesitara memorizar cada detalle.

—Eres tú.

Valentina tragó saliva.

—¿Me conoces?

Victoria soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—Te conozco desde antes de que nacieras.

Aquellas palabras atravesaron a Valentina.

—¿Me buscaste?

Victoria cerró los ojos.

—Todos los días.

Valentina comenzó a llorar.

—Entonces ¿por qué nunca viniste?

Victoria bajó la mirada.

—Porque me hicieron creer que no podía encontrarte.

—¿Quién?

Victoria dudó.

—Mi padre.

Valentina sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Mi abuelo?

Victoria asintió.

—Él sabía que estabas viva.

Alexander dio un paso adelante.

—¿Qué hizo?

Victoria lo miró.

—Amenazó con destruir todo lo que tenía si intentaba recuperarte.

Valentina se quedó inmóvil.

—¿Y tú le creíste?

Victoria cerró los ojos.

—Tenía miedo.

—¿De qué?

—De que te hiciera daño.

Valentina sintió una mezcla de tristeza y rabia.

—Entonces me dejaste ir.

Victoria negó inmediatamente.

—No.

—Pero no volviste por mí.

—Lo intenté.

—No lo suficiente.

Victoria bajó la cabeza.

Aquellas palabras parecieron herirla profundamente.

—Tienes razón.

Valentina esperaba una explicación.

Pero Victoria no se defendió.

—No voy a pedirte que me perdones —continuó—. No todavía.

Valentina se quedó callada.

—Solo quiero que sepas que nunca dejé de ser tu madre.

Alexander observaba en silencio.

Victoria levantó la mirada hacia él.

—Tú eres Alexander.

—Sí.

—Edward confiaba mucho en ti.

Alexander asintió.

—Yo también confié en él.

Victoria sonrió débilmente.

—Entonces supongo que mi hija está en buenas manos.

Valentina se sonrojó.

—Mamá…

La palabra salió espontáneamente.

Victoria se quedó completamente quieta.

—¿Qué dijiste?

Valentina también pareció sorprendida.

—Mamá.

Los ojos de Victoria se llenaron nuevamente de lágrimas.

—Dilo otra vez.

Valentina sonrió entre lágrimas.

—Mamá.

Victoria extendió los brazos.

Esta vez Valentina no dudó.

Se inclinó y la abrazó.

Victoria la rodeó con los brazos con toda la fuerza que pudo.

—Mi niña.

Valentina cerró los ojos.

—Te imaginé muchas veces.

—Yo también.

—Pensé que estarías enojada conmigo.

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

Valentina lloró contra su hombro.

—No sé cómo hacer esto.

Victoria acarició su cabello.

—Yo tampoco.

Ambas rieron entre lágrimas.

Alexander salió de la habitación para darles privacidad.

En el pasillo encontró a Richard.

Los dos hombres se quedaron frente a frente.

—¿La viste? —preguntó Richard.

Alexander asintió.

—Sí.

—¿Y?

—Es su madre.

Richard cerró los ojos.

—¿Cómo está?

—Débil.

Richard miró hacia la puerta.

—¿Puedo entrar?

Alexander dudó.

—Ahora no.

Richard asintió.

—Lo entiendo.

Hubo un silencio.

—Alexander.

—¿Sí?

—Gracias.

Alexander lo miró sorprendido.

—¿Por qué?

—Por protegerla.

Alexander respondió sin dudar.

—La quiero.

Richard lo observó.

Aquella confesión parecía haberle dolido.

Pero no por celos.

Por miedo.

—No la lastimes.

Alexander sostuvo su mirada.

—No tengo intención de hacerlo.

—Todos dicen eso.

—Yo no soy todos.

Richard casi sonrió.

—Eso espero.

Dentro de la habitación, Victoria sacó algo de un cajón.

Era una pequeña caja.

—Quiero darte esto.

Valentina la abrió.

Dentro había una pulsera idéntica a la que Mariana conservaba.

Valentina la tomó.

—¿Otra?

Victoria asintió.

—Había dos.

—¿Por qué?

—Tu padre y yo compramos dos iguales antes de que nacieras.

Valentina acarició la pulsera.

—¿Richard?

Victoria sonrió tristemente.

—Sí.

—Entonces él sabía que iba a tener una hija.




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