La hija que nunca debió existir

Capitulo 25 Dos madres

La mañana siguiente encontró a Valentina despierta antes que todos.

Había pasado gran parte de la noche mirando las dos pulseras.

Las había colocado sobre la mesa.

Una junto a la otra.

Eran prácticamente idénticas.

Dos pequeñas piezas de metal que habían recorrido caminos completamente distintos para terminar juntas, veinticuatro años después.

Valentina las tomó.

Una había estado con ella desde que era un bebé.

La otra había permanecido con Victoria.

Y ahora ambas estaban en sus manos.

Pero había algo que todavía no sabía cómo acomodar dentro de sí.

Tenía una madre que la había criado.

Y otra que le había dado la vida.

No quería que una palabra reemplazara a la otra.

Mariana apareció en la puerta.

—¿No dormiste?

Valentina sonrió.

—Un poco.

Mariana se sentó junto a ella.

—¿Cómo te sientes?

Valentina observó las pulseras.

—Extraña.

—Es normal.

—Ayer descubrí que Richard es mi padre.

Mariana asintió.

—Lo sé.

—Y Victoria es mi madre.

Mariana respiró profundamente.

—Sí.

Valentina la miró.

—Pero tú también eres mi mamá.

Los ojos de Mariana se llenaron de lágrimas.

—Nunca quise quitarle ese lugar.

—No me lo estás quitando tú.

Valentina tomó su mano.

—Nadie puede quitarme lo que vivimos.

Mariana sonrió.

—Entonces estamos bien.

Valentina la abrazó.

—Siempre.

La conversación que ambas habían evitado durante veinticuatro años finalmente tendría que ocurrir.

Mariana y Victoria estaban frente a frente.

Sin médicos.

Sin abogados.

Sin empresarios.

Sin secretos.

Solo dos mujeres unidas por una niña que ya no era una niña.

Victoria fue la primera en hablar.

—Gracias.

Mariana bajó la mirada.

—No tienes que agradecerme.

—Sí.

Victoria respiró profundamente.

—La protegiste.

—Era una bebé.

—Era mi hija.

Mariana levantó la mirada.

—También era mi hija.

El silencio fue absoluto.

Victoria asintió lentamente.

—Lo sé.

Mariana se sorprendió.

—¿Lo sabes?

—Ahora sí.

Victoria miró hacia Valentina.

—Durante años pensé que alguien me había quitado a mi hija.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Ahora entiendo que alguien la salvó.

Mariana negó.

—No fue tan sencillo.

—Lo sé.

—Yo tenía miedo.

—Yo también.

Ambas se miraron.

Y por primera vez comprendieron que habían vivido dos versiones diferentes de la misma tragedia.

Valentina entró.

—¿Puedo?

Las dos mujeres sonrieron.

—Claro —respondieron al mismo tiempo.

Valentina se sentó entre ellas.

—Tengo algo que decirles.

Mariana la miró.

Victoria también.

—No quiero que ninguna piense que tiene que competir conmigo por el lugar de la otra.

Victoria negó.

—Nunca.

Mariana tomó su mano.

—Jamás.

—Entonces quiero algo.

—¿Qué?

Valentina sonrió.

—Quiero conocerlas a las dos.

Victoria sonrió entre lágrimas.

—Todo lo que quieras.

—Quiero saber cómo era mi vida antes de nacer.

Victoria tragó saliva.

—Era complicada.

—¿Por mi abuelo?

Victoria asintió.

—Por él.

—¿Y por Richard?

Victoria sonrió.

—Por Richard también.

—¿Lo amabas?

Victoria soltó una pequeña risa.

—Demasiado.

Mariana sonrió.

—Eso explica muchas cosas.

Victoria la miró.

—¿Qué cosas?

—La manera en que hablaste de él durante todos estos años.

Victoria se quedó callada.

—Nunca dejé de quererlo.

Richard apareció en la puerta.

—¿Interrumpo?

Valentina sonrió.

—No.

Richard entró.

—Solo quería saber cómo estaban.

Mariana lo miró.

—Sentado.

Richard obedeció inmediatamente.

Gabriel, que observaba desde el pasillo, murmuró:

—Eso fue rápido.

Sebastián respondió:

—Ya entendió cómo funciona esta familia.

Richard se sentó frente a las tres.

—Quiero pedir algo.

Victoria levantó una ceja.

—Eso suena peligroso.

Richard sonrió.

—Quiero que intentemos reconstruir nuestra historia.

Victoria permaneció seria.

—¿La nuestra?

—La nuestra.

Miró a Valentina.

—Y la de ella.

Valentina sintió un nudo en la garganta.

Richard continuó:

—No puedo recuperar veinticuatro años.

—No —dijo Valentina.

—Pero puedo intentar estar presente en los que quedan.

Ella sonrió.

—Eso sí puedes.

Richard asintió.

—Entonces lo haré.

La noticia de que Richard y Victoria estaban intentando reconstruir su relación no tardó en generar tensión.

Especialmente cuando los viejos enemigos empresariales comenzaron a preguntarse qué significaba la unión de sus familias.

Harrison Global seguía siendo la empresa número uno.

Blackwood Enterprises, la número dos.

Y la compañía de Victoria continuaba siendo la número tres.

Pero ahora existía algo que nadie había previsto.

La hija de Richard y Victoria.

La mujer que algún día podría convertirse en una pieza central del equilibrio empresarial de Nueva York.

Alexander recibió varios informes esa misma tarde.

Daniel entró en su oficina.

—Tenemos un problema.

Alexander levantó la mirada.

—¿Otro?

—Uno grande.

—Habla.

Daniel colocó una carpeta sobre el escritorio.

—Alguien está intentando acceder a los archivos privados de Victoria.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué archivos?

—Los relacionados con su embarazo.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Quién?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Thomas?

—Posiblemente.

Alexander abrió la carpeta.

Había registros antiguos.




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