La hija que nunca debió existir

Capitulo 26 Los nuevos abuelos

Valentina descubrió que tener una familia biológica era mucho más complicado de lo que había imaginado.

Sobre todo cuando esa familia incluía empresarios millonarios, secretos de veinticuatro años, enemigos antiguos y un padre que parecía haber decidido compensar todo el tiempo perdido en menos de una semana.

—¿Has desayunado? —preguntó Richard por tercera vez.

Valentina dejó el teléfono sobre la mesa.

—Sí.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Qué desayunaste?

—Café.

Richard frunció el ceño.

—Eso no es desayuno.

Gabriel levantó la mirada.

—Estoy de acuerdo.

Valentina lo miró.

—No te metas.

—Solo digo que el señor Harrison tiene razón.

Sebastián intervino:

—Por una vez.

Gabriel se llevó una mano al pecho.

—Qué falta de respeto.

Valentina comenzó a reír.

Richard observó la escena.

Había esperado años para conocer a su hija.

Nunca imaginó que conocerla también significaría entrar en una familia donde tres personas podían discutir sobre un café durante diez minutos.

Y, para su sorpresa, le gustaba.

Victoria había decidido regresar a casa.

Su salud seguía siendo delicada, pero los médicos consideraban que podía continuar parte de su recuperación allí.

La residencia era enorme.

Demasiado enorme, pensó Valentina cuando llegó.

—¿Tú vivías aquí? —preguntó.

Victoria sonrió.

—Sí.

Valentina miró alrededor.

—¿Sola?

—Durante muchos años.

—Qué triste.

Victoria bajó la mirada.

—A veces.

Valentina tomó su brazo.

—Ya no.

Victoria la miró.

Aquellas dos palabras fueron suficientes para hacerla sonreír.

En la entrada estaban esperándolos varias personas.

Una mujer mayor fue la primera en acercarse.

—Valentina.

Ella se quedó quieta.

La mujer la observó con lágrimas en los ojos.

—Soy Eleanor.

Valentina frunció el ceño.

Victoria intervino.

—Eleanor es hermana de mi madre.

Valentina abrió los ojos.

—¿Mi…?

—Tu tía abuela.

Eleanor extendió los brazos.

Valentina dudó apenas un segundo antes de abrazarla.

—Eres idéntica a Victoria cuando tenía tu edad.

Valentina sonrió.

—Eso me han dicho.

Eleanor tomó su rostro entre las manos.

—Y tienes los ojos de Richard.

Richard sonrió desde atrás.

—Finalmente alguien lo reconoce.

Gabriel murmuró:

—No te emociones.

Richard lo escuchó.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

Después apareció un hombre de cabello completamente blanco.

—Soy Arthur.

Valentina lo observó.

Victoria sonrió.

—Mi tío.

Arthur se acercó.

—Tu abuelo Theodore era mi hermano.

La expresión de Valentina cambió.

Había escuchado ese nombre demasiadas veces.

Theodore Sinclair.

El hombre que había intentado decidir el destino de su madre.

El hombre que había ordenado ocultarla.

—¿Lo conociste bien? —preguntó.

Arthur asintió.

—Demasiado.

—¿Era realmente tan cruel?

Arthur permaneció en silencio.

—Era un hombre obsesionado con el apellido.

Valentina sintió tensión.

—¿Y conmigo?

Arthur suspiró.

—Cuando supo que existías, creyó que eras una amenaza.

—¿Para qué?

—Para su legado.

Valentina negó.

—Yo era un bebé.

—Lo sé.

Arthur bajó la mirada.

—Pero para Theodore no eras una niña.

—¿Qué era?

Arthur respondió con tristeza:

—Un problema que debía desaparecer.

Richard apretó los puños.

Victoria cerró los ojos.

Valentina respiró profundamente.

Arthur añadió:

—Pero hubo alguien que se opuso.

Valentina levantó la mirada.

—¿Quién?

Arthur miró a Victoria.

—Tu madre.

La conversación fue interrumpida por Gabriel.

—Bueno, después de esta historia tan alegre…

Sebastián lo miró.

—Gabriel.

—¿Qué?

—No.

—Solo iba a decir que podríamos comer.

Valentina soltó una carcajada.

Arthur sonrió.

—Creo que este debe ser uno de tus hermanos.

—Sí —respondió Valentina.

Gabriel extendió la mano.

—El favorito.

Sebastián negó.

—No le hagas caso.

Arthur estrechó la mano de Gabriel.

—Me alegra conocerte.

—Igualmente.

Arthur miró a Sebastián.

—¿Y tú?

—Sebastián.

—El serio.

Gabriel intervino:

—Sí. Yo soy el divertido.

—Eso está por discutirse —dijo Valentina.

La comida terminó convirtiéndose en una reunión familiar improvisada.

Victoria se sentó junto a Valentina.

Richard frente a ellas.

Mariana estaba a su lado.

Eleanor y Arthur ocupaban el otro extremo de la mesa.

Alexander permanecía junto a Valentina.

Y, para sorpresa de todos, nadie parecía saber exactamente cómo comportarse.

Gabriel levantó su copa.

—Propongo un brindis.

Todos lo miraron.

—Por Valentina.

Richard levantó su copa.

—Por mi hija.

Victoria sonrió.

—Por nuestra hija.

Mariana añadió:

—Por mi hija.

Valentina se emocionó.

Alexander levantó su copa.

—Por la mujer que logró juntar a tres familias que probablemente jamás habrían podido sentarse juntas.

Gabriel sonrió.

—Y por el hombre que sobrevivirá a sus futuros cuñados.

Alexander lo miró.

—¿Futuros?

Gabriel bebió tranquilamente.

—¿Dije algo?

Sebastián sonrió.

Valentina se tapó la cara.

Richard soltó una carcajada.

Más tarde, Alexander encontró a Valentina en el jardín.

—Tus hermanos me preocupan.

Ella sonrió.

—¿Por qué?

—Gabriel me acaba de preguntar cuánto gano.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad.

—¿Y?

—Me preguntó cuánto de eso estaba dispuesto a gastar para mantenerte feliz.




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