La hija que nunca debió existir

Capitulo 27 El futuro cuñado

Alexander había enfrentado juntas de accionistas.

Había negociado adquisiciones multimillonarias.

Había soportado a inversionistas furiosos.

Había enfrentado a Richard Harrison cuando ambos eran enemigos empresariales.

Pero nada de eso lo había preparado para Sebastián y Gabriel.

—Tenemos que hablar contigo —dijo Sebastián.

Alexander levantó la mirada.

—¿Sobre qué?

Gabriel se sentó frente a él.

—Sobre nosotros.

Alexander miró a Valentina.

Ella intentó contener la risa.

—¿Qué hiciste? —preguntó Alexander.

—Nada.

—Eso es peor.

Gabriel sonrió.

—Queremos conocerte mejor.

—Me conocen.

—No lo suficiente.

Sebastián cruzó los brazos.

—Eres el novio de nuestra hermana.

Alexander asintió.

—Correcto.

—Y queremos asegurarnos de que la mereces.

Alexander guardó silencio.

Valentina intervino:

—No les hagas caso.

Gabriel señaló a Alexander.

—Primera prueba.

Alexander arqueó una ceja.

—¿Primera?

—Habrá varias.

Valentina se tapó la cara.

—No puedo creer esto.

La primera prueba parecía sencilla.

Un desayuno familiar.

Alexander llegó a la mesa y encontró a Sebastián y Gabriel sentados frente a él.

Valentina estaba al lado de Mariana.

Richard y Victoria observaban desde el otro extremo.

Mia y Daniel también estaban allí.

—¿Por qué están todos mirándome? —preguntó Alexander.

Gabriel respondió:

—Estamos desayunando.

—Esto no parece un desayuno.

Daniel tomó una taza de café.

—Yo tampoco confiaría.

Mia le dio un codazo.

—No ayudes.

Alexander se sentó.

Gabriel colocó un plato frente a él.

—Huevos.

Alexander lo observó.

—Gracias.

—Los hice yo.

Alexander miró a Valentina.

Ella susurró:

—No comas.

Gabriel abrió los ojos.

—¿Qué?

—Nada.

Alexander tomó el tenedor.

Sebastián lo observó fijamente.

Alexander probó un bocado.

Silencio.

—¿Y?

Alexander tragó.

—Están buenos.

Gabriel sonrió.

—¿De verdad?

—Sí.

Valentina comenzó a reír.

—¿Qué?

Gabriel confesó:

—Los hice con demasiada sal.

Alexander lo miró.

—Lo noté.

—¿Y aun así dijiste que estaban buenos?

Alexander sonrió.

—Es tu familia.

Sebastián asintió.

—Respuesta correcta.

Gabriel levantó las manos.

—Primera prueba superada.

Alexander negó con la cabeza.

—Esto es absurdo.

Mia respondió:

—Todavía no has visto nada.

La segunda prueba ocurrió esa misma tarde.

Gabriel apareció en la oficina de Alexander.

—Necesito que me acompañes.

—¿A dónde?

—A hacer una cosa.

Alexander lo miró.

—¿Qué cosa?

—No puedo decirte.

—¿Por qué?

—Porque es una prueba.

Alexander cerró los ojos.

—Por supuesto.

El destino fue un supermercado.

Alexander observó el lugar.

—¿Qué hacemos aquí?

Gabriel tomó un carrito.

—Compras.

—¿Compras qué?

—Lo necesario para una comida familiar.

Alexander miró la lista.

—¿Esto es todo?

—Sí.

Alexander leyó.

—Pan, leche, huevos, café, fruta…

—Y chocolate.

—¿Chocolate?

—Para Valentina.

Alexander sonrió.

—Eso sí lo entiendo.

Gabriel lo miró.

—¿Qué tipo de chocolate?

Alexander respondió sin dudar:

—El que le gusta.

Gabriel levantó una ceja.

—¿Cuál?

Alexander sonrió.

—Chocolate oscuro con almendras.

Gabriel se quedó callado.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque la escuché hablar de él.

Gabriel sonrió lentamente.

—Bien.

—¿Bien?

—Muy bien.

Alexander suspiró.

—¿Estoy aprobando otra prueba?

—Sí.

La tercera prueba fue mucho más difícil.

Sebastián lo esperaba afuera del edificio.

—Ven.

—¿Otra prueba?

—Sí.

—¿Qué tengo que hacer?

—Hablar conmigo.

Alexander lo miró.

—Eso no parece difícil.

—Depende de lo que respondas.

Se sentaron en una banca.

Sebastián permaneció serio.

—¿Qué quieres de mi hermana?

Alexander respondió inmediatamente:

—Una vida con ella.

Sebastián lo miró.

—¿Y si algún día deja de quererte?

Alexander tardó unos segundos.

—Entonces respetaría su decisión.

Sebastián pareció sorprendido.

—¿No lucharías?

—Por supuesto que lucharía por ella.

—Entonces acabas de contradecirte.

Alexander negó.

—No.

Sebastián frunció el ceño.

—Explícate.

—Lucharía por nuestro amor. No lucharía contra ella.

Sebastián guardó silencio.

Después sonrió.

—Buena respuesta.

Alexander soltó el aire.

—Gracias.

—Pero todavía no terminamos.

Alexander cerró los ojos.

—Claro.

Gabriel apareció detrás de ellos.

—Tenemos que hablar.

Alexander se levantó.

—¿Ahora qué?

Gabriel le entregó una caja.

—Ábrela.

Alexander lo hizo.

Dentro había fotografías.

Valentina de niña.

Valentina con Mariana.

Valentina con Sebastián.

Valentina con Gabriel.

Alexander sonrió.

—¿Qué es esto?

Gabriel respondió:

—Su vida.

Alexander observó las fotografías.

—¿Por qué me las das?

—Para que entiendas algo.

Gabriel se puso serio.

—Nuestra hermana no es una pieza de una familia rica.

Alexander lo miró.

—Lo sé.

—No es la hija de Richard Harrison.

—Lo sé.

—No es la hija de Victoria.

—También lo sé.

Gabriel señaló las fotografías.

—Es ella.

Alexander asintió.

—Y siempre lo será.

Gabriel sonrió.

—Entonces quizá no seas tan malo.

Alexander soltó una pequeña risa.




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