Alexander había aprendido una regla importante desde que comenzó su relación con Valentina:
Nunca subestimar a sus hermanos.
La segunda regla era todavía más importante:
Nunca aceptar una invitación de Gabriel sin preguntar primero dónde iban.
Desgraciadamente, había cometido ambos errores.
—¿A dónde vamos? —preguntó mientras Gabriel conducía.
—Ya te dije.
—No.
—¿Qué?
—Me dijiste que íbamos a hacer una cosa.
—Exacto.
—Eso no es una respuesta.
Gabriel sonrió.
—Confía en mí.
Alexander lo miró.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Desde el asiento trasero, Sebastián intervino:
—No te quejes.
Alexander giró.
—¿Tú también vienes?
—Por supuesto.
—Esto parece una emboscada.
Gabriel sonrió.
—Porque lo es.
Alexander suspiró.
—Excelente.
El automóvil se detuvo frente a un pequeño restaurante familiar.
Alexander miró el lugar.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Por qué?
Sebastián respondió:
—Porque aquí trabaja una persona que necesitamos ayudar.
Alexander frunció el ceño.
—¿Quién?
Gabriel abrió la puerta.
—Una mujer mayor.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Sebastián lo miró.
—Queremos saber cómo tratas a las personas cuando nadie importante está mirando.
Alexander entendió.
No era una prueba de negocios.
Era una prueba de carácter.
La mujer estaba detrás del mostrador.
Parecía tener unos sesenta años.
Gabriel se acercó.
—¿Señora Elena?
—Sí.
—Él es Alexander.
La mujer lo observó.
—¿El novio de Valentina?
Alexander sonrió.
—Sí.
La mujer lo miró de arriba abajo.
—No parece tan terrible.
Gabriel se llevó una mano al pecho.
—¡Eso dije yo!
Sebastián negó con la cabeza.
—No lo ayudes.
La mujer comenzó a reír.
—Necesito ayuda con unas cajas.
Alexander se quitó el saco.
—Claro.
—Son pesadas.
—No importa.
Durante los siguientes veinte minutos, Alexander cargó cajas, movió mesas y ayudó a reorganizar parte del almacén.
Cuando terminó, la mujer le ofreció agua.
—Gracias.
Alexander tomó la botella.
—No tiene que agradecerme.
La mujer sonrió.
—Ahora entiendo por qué Valentina te quiere.
Alexander se quedó callado.
Gabriel lo miró.
—Primera reacción emocional.
—Cállate.
De regreso al automóvil, Sebastián permaneció en silencio.
Alexander finalmente preguntó:
—¿Aprobé?
Sebastián sonrió.
—Sí.
Alexander respiró aliviado.
Gabriel levantó un dedo.
—Pero falta una.
Alexander cerró los ojos.
—Claro.
—Esta es importante.
—¿Qué tengo que hacer?
Gabriel sonrió.
—Cuidar a Valentina cuando esté furiosa.
Alexander abrió los ojos.
—Eso ya lo hago.
Sebastián soltó una carcajada.
—Entonces estás preparado.
Mientras tanto, Valentina estaba en casa con Mia.
—¿Dónde están?
—Tus hermanos se llevaron a Alexander.
Valentina levantó la mirada.
—¿Qué?
—Hace dos horas.
—¿Para qué?
Mia sonrió.
—Pruebas.
Valentina suspiró.
—Pobre.
—No te preocupes.
—¿Por qué?
—Creo que tus hermanos lo quieren.
Valentina sonrió.
—¿Crees?
—Bueno…
Mia hizo una pausa.
—Lo quieren lo suficiente como para no enterrarlo.
Valentina soltó una carcajada.
Cuando Alexander regresó, Valentina estaba esperándolo.
—¿Sobreviviste?
—Sí.
—¿Qué te hicieron?
—No puedo hablar de eso.
—¿Por qué?
—Firmé un acuerdo de confidencialidad.
Valentina comenzó a reír.
—¿En serio?
—No.
—Alexander.
—Tus hermanos son peligrosos.
Ella se acercó.
—¿Y aun así quieres quedarte?
Alexander la miró.
—Más que antes.
Valentina lo besó.
—Bien.
La tranquilidad duró poco.
Richard llamó a Alexander.
—Necesito verte.
—¿Ahora?
—Sí.
Alexander llegó a la oficina de Richard una hora después.
El empresario estaba serio.
—Tenemos información sobre Thomas.
—¿Qué encontraron?
Richard colocó una carpeta sobre el escritorio.
—Thomas Reed no desapareció después de la muerte de Theodore.
Alexander abrió los documentos.
—¿Dónde estuvo?
—En diferentes países.
—¿Haciendo qué?
Richard señaló varios movimientos financieros.
—Supervisando cuentas.
Alexander frunció el ceño.
—¿De quién?
—De una estructura que Theodore creó.
—¿Para qué?
Richard respondió:
—Para controlar lo que ocurría con su familia.
Alexander pasó las páginas.
—¿Y Valentina?
—También.
—¿Desde cuándo?
—Desde su nacimiento.
Alexander levantó la mirada.
—Entonces Theodore sabía que estaba viva.
Richard asintió.
—Y alguien se aseguró de que yo no lo supiera.
La revelación golpeó a Alexander.
—¿Por qué?
Richard apretó los puños.
—Porque si yo sabía que tenía una hija, habría intentado recuperarla.
—¿Y eso qué habría provocado?
—Una guerra con Theodore.
Alexander cerró la carpeta.
—La guerra ya ocurrió.
Richard lo miró.
—Sí.
—Y usted atacó a Victoria.
—Porque creí que me había abandonado.
—Y mientras tanto, alguien manipuló todo.
Richard bajó la mirada.
—Sí.
Alexander permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿Qué quiere Thomas ahora?
Richard respondió:
—No lo sé.
En otra habitación, Victoria conversaba con Mariana.
—Hay algo que nunca te conté.
Mariana la miró.
—¿Qué?
—Cuando te entregué a Valentina, alguien estaba vigilando la casa.
Mariana palideció.
—¿Qué?