Valentina descubrió que los celos podían presentarse de formas muy diferentes.
A veces eran románticos.
Como cuando Alexander veía a Ethan acercarse demasiado.
Otras veces eran familiares.
Como cuando Gabriel descubrió que Richard había comprado a Valentina un automóvil.
—No.
Richard lo miró.
—¿No qué?
—No puede regalarle eso.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
Gabriel señaló el automóvil.
—Porque es demasiado.
Richard frunció el ceño.
—Es un regalo para mi hija.
—Ya tiene uno.
—Es viejo.
—Funciona.
Sebastián intervino:
—Gabriel tiene razón.
Richard parecía incrédulo.
—¿También tú?
—Sí.
Valentina suspiró.
—No necesito otro automóvil.
Richard cruzó los brazos.
—Quiero darte algo.
—Entonces dame un abrazo.
Richard se quedó sorprendido.
Después sonrió.
—Eso puedo hacerlo.
La abrazó.
Gabriel murmuró:
—Mucho mejor.
Alexander observaba la escena desde la distancia.
Mia se acercó.
—¿Qué piensas?
—Que tus hermanos son difíciles.
—No son míos.
—Cierto.
—Pero te estás acostumbrando.
Alexander sonrió.
—Demasiado.
Daniel apareció.
—Tenemos problemas.
Mia levantó una ceja.
—¿Otra vez?
—Sí.
Alexander se puso serio.
—¿Qué pasó?
Daniel miró alrededor.
—Encontré algo sobre Victoria Sinclair.
Valentina escuchó el nombre.
—¿Victoria Sinclair?
Alexander la miró.
—Sí.
Valentina recordó inmediatamente a la mujer elegante que había conocido meses atrás.
La misma que había provocado sus primeros celos.
—¿Qué ocurre con ella?
Daniel respondió:
—Una transferencia de hace veinticuatro años.
Richard se acercó.
—¿Qué clase de transferencia?
—Dinero enviado desde una empresa vinculada a Thomas Reed.
Victoria levantó la mirada.
—Eso no puede ser.
Daniel le mostró el documento.
—Está registrado.
Victoria tomó la hoja.
Su expresión cambió.
—Yo no conocía a Thomas.
Richard respondió:
—Eso no significa que él no te conociera.
Victoria negó.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
Valentina observó a la mujer.
—¿Por qué alguien te enviaría dinero?
Victoria Sinclair no respondió.
Alexander decidió hablar con ella personalmente.
La encontró en una cafetería del centro.
Victoria levantó la mirada cuando lo vio.
—Alexander.
—Necesito preguntarte algo.
—Lo imaginé.
Él se sentó.
—Thomas Reed.
Victoria permaneció callada.
—¿Lo conoces?
—No.
—Tu nombre aparece en una transferencia relacionada con él.
Victoria suspiró.
—Ya lo sé.
Alexander frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Porque alguien me envió una copia hace años.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Y qué hiciste?
—Nada.
Alexander la observó.
—¿Por qué?
Victoria bajó la mirada.
—Porque pensé que era una amenaza.
—¿Contra ti?
—Sí.
—¿Y por qué nunca lo dijiste?
Victoria sonrió con tristeza.
—Porque aprendí hace mucho que en este mundo, cuando eres mujer y perteneces a una familia poderosa, cualquier debilidad se convierte en un arma.
Alexander permaneció serio.
—¿Tienes miedo?
Victoria levantó la mirada.
—Sí.
—¿De Thomas?
—No sé de quién.
Cuando Alexander regresó, Valentina lo esperaba.
—¿Qué te dijo?
—No lo sabe.
—¿Le crees?
Alexander tardó unos segundos.
—No estoy seguro.
Valentina frunció el ceño.
—¿Crees que ella está involucrada?
—Creo que tenemos que investigar.
—Eso no es lo mismo.
—No.
Valentina se acercó.
—¿Estás celoso?
Alexander la miró sorprendido.
—¿Qué?
—De Victoria.
—¿Ahora?
—Solo pregunto.
Alexander sonrió.
—¿Tú estás celosa?
Valentina cruzó los brazos.
—No.
—Mentirosa.
—No lo soy.
—Lo eres.
—Alexander.
Él se acercó.
—Me gusta cuando te pones celosa.
—¿Por qué?
—Porque me recuerda que no soy el único que siente miedo de perderte.
Valentina lo miró.
—No vas a perderme.
Alexander la besó.
La escena fue interrumpida por Gabriel.
—¡No!
Los dos se separaron.
—¿Qué? —preguntó Valentina.
Gabriel señaló a Alexander.
—Todavía estamos aquí.
Alexander suspiró.
—Lo había olvidado.
—Ese es el problema.
Sebastián apareció detrás.
—Gabriel.
—¿Qué?
—Déjalos.
Gabriel miró a Valentina.
—Solo digo que hay lugares públicos.
Valentina respondió:
—Estamos en una habitación privada.
Gabriel miró alrededor.
—Ah.
Se quedó callado.
—Entonces no dije nada.
Y salió.
Alexander soltó una carcajada.
Esa noche hubo una cena familiar.
Richard llegó acompañado de Victoria.
Mariana estaba sentada junto a Valentina.
Sebastián y Gabriel frente a ellas.
Alexander a su lado.
Todo parecía normal.
Hasta que Richard comenzó a hablar.
—He pensado que Valentina debería comenzar a conocer algunas propiedades familiares.
Valentina levantó la mirada.
—¿Propiedades?
—Sí.
—¿Para qué?
—Para que conozcas parte de tu historia.
Mariana permaneció en silencio.
Alexander observó la reacción de Valentina.
Ella parecía incómoda.
—No quiero nada que no me corresponda.
Richard frunció el ceño.
—Eres mi hija.
—Eso no significa que tenga que aceptar todo.
Victoria intervino:
—Richard.
Él la miró.
—No quiero presionarla.
Valentina sonrió.
—Gracias.
Gabriel levantó su copa.
—Primer punto para Valentina.