La mañana comenzó con una llamada.
Y no era una llamada cualquiera.
Alexander llevaba apenas veinte minutos en su oficina cuando Daniel entró sin tocar.
—Tenemos problemas.
Alexander levantó la mirada.
—Eso ya me lo dijiste ayer.
—Ahora son peores.
Daniel dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Harrison Global acaba de comprar el veintidós por ciento de uno de nuestros principales proveedores tecnológicos.
Alexander abrió la carpeta.
—¿Cuándo?
—Hace treinta minutos.
—¿Cómo?
—A través de tres sociedades.
Alexander revisó los documentos.
—¿Y nosotros?
—No pudimos reaccionar.
Alexander se recostó en la silla.
—Richard no haría esto.
Daniel levantó una ceja.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Hace seis meses habrías dicho lo contrario.
Alexander cerró la carpeta.
—Hace seis meses no sabía que era el padre de Valentina.
Daniel asintió.
—Eso cambia las cosas.
—Todo.
En Harrison Global, Richard estaba frente a una pantalla.
—Cancelen la operación.
Los ejecutivos presentes se miraron entre sí.
—Señor Harrison…
—Dije que la cancelen.
Uno de ellos habló:
—Pero ya fue ejecutada.
Richard levantó la mirada.
—¿Quién autorizó la compra?
Silencio.
—¿Quién?
Finalmente, un hombre respondió:
—El comité de adquisiciones.
Richard golpeó la mesa.
—Yo no autoricé esto.
—Señor, la operación fue aprobada con su firma digital.
Richard se quedó inmóvil.
—¿Mi firma?
—Sí.
Richard miró la pantalla.
—Yo no firmé nada.
En la oficina de Alexander, Daniel recibió una llamada.
—¿Sí?
Escuchó.
Después miró a Alexander.
—Tenemos confirmación.
—¿Qué?
—Richard no autorizó la compra.
Alexander se levantó.
—Entonces alguien está usando su identidad empresarial.
Daniel asintió.
—Y acaba de iniciar una guerra entre las dos compañías.
Alexander tomó el teléfono.
—Tengo que hablar con él.
Richard respondió.
—Alexander.
—Tenemos un problema.
—Lo sé.
—No fui yo.
—Lo sé.
Hubo silencio.
Aquella confianza entre ambos todavía resultaba extraña.
Habían pasado años enfrentándose.
Ahora tenían un enemigo común.
—Necesitamos encontrarlos —dijo Richard.
—Sí.
—Y rápido.
—Estoy de acuerdo.
Richard hizo una pausa.
—¿Está Valentina contigo?
—No.
—Bien.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que se preocupe.
Alexander suspiró.
—Ella ya está preocupada.
Richard guardó silencio.
—Es mi hija.
Alexander respondió:
—Y también es mi pareja.
—Lo sé.
—Entonces ambos tenemos que protegerla.
Richard sonrió ligeramente.
—Supongo que tendremos que aprender a trabajar juntos.
—Parece que sí.
Mientras tanto, Valentina estaba en casa con Mariana.
—No entiendo nada.
Mariana preparaba café.
—¿Qué ocurrió?
—Apareció mi nombre en una lista de accionistas.
Mariana se quedó quieta.
—¿Qué lista?
—De una empresa relacionada con mi madre.
Mariana bajó la mirada.
—Valentina…
—Mamá.
Mariana la miró.
—¿Sabes algo?
—No todo.
—¿Qué sabes?
Mariana tardó unos segundos.
—Cuando Victoria te entregó a mí, me dio una carta.
—¿La carta que encontramos?
—No.
Valentina abrió los ojos.
—¿Había otra?
Mariana asintió.
—Me pidió que no la abriera.
—¿Por qué?
—Porque dijo que solo debía entregártela cuando estuvieras a salvo.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Y dónde está?
Mariana se levantó.
Fue hasta un cajón.
Sacó un sobre antiguo.
—Aquí.
Valentina lo tomó.
En el frente decía:
"Para Valentina. Solo cuando la verdad pueda protegerte."
Valentina no lo abrió.
—¿Por qué ahora?
Mariana respondió:
—Porque creo que ya no estamos seguros.
En ese momento, Alexander llegó.
—Valentina.
Ella lo miró.
—Tenemos que hablar.
—Yo también.
Alexander vio el sobre.
—¿Qué es?
—Una carta de Victoria.
—¿La abriste?
—No.
Alexander respiró.
—Entonces no la abras sola.
Valentina lo miró.
—¿Por qué?
—Porque todo lo relacionado con tu familia está conectado con lo que está ocurriendo ahora.
—¿Crees que la carta puede explicar las acciones?
—No lo sé.
Mariana intervino:
—Victoria dijo que debía abrirla cuando la verdad pudiera protegerla.
Alexander miró el sobre.
—Entonces quizá ese momento se acerca.
En Harrison Global, Richard revisaba documentos.
Un ejecutivo entró.
—Señor Harrison.
—¿Qué?
—Encontramos algo.
—Habla.
—La firma digital utilizada para aprobar la compra salió de un dispositivo autorizado.
Richard frunció el ceño.
—¿Cuál?
El hombre dejó un documento.
Richard lo leyó.
Su rostro cambió.
—No.
—¿Señor?
—Ese dispositivo fue destruido hace dieciocho años.
Richard llamó inmediatamente a Alexander.
—Tenemos una conexión con el pasado.
—¿Qué clase de conexión?
—Alguien utilizó un dispositivo antiguo de Harrison Global para autorizar la compra.
Alexander se quedó en silencio.
—¿De quién era?
Richard respondió:
—De Thomas Reed.
En ese mismo momento, Valentina abrió finalmente el sobre.
La carta estaba escrita a mano.
Reconoció inmediatamente la letra de Victoria.
Leyó:
"Valentina:"
"Si estás leyendo esto, significa que finalmente llegaste a la verdad que intenté proteger durante tantos años."
Valentina sintió que las manos le temblaban.