La hija que nunca debió existir

Capitulo 32 El padre que aprende a serlo

Richard Harrison había enfrentado presidentes, accionistas, competidores y crisis empresariales que habían puesto en riesgo miles de empleos.

Había aprendido a negociar sin levantar la voz.

A intimidar sin amenazar.

A ganar incluso cuando parecía que estaba perdiendo.

Pero aquella mañana estaba sentado frente a una taza de café que llevaba quince minutos enfriándose.

Porque no sabía qué decirle a su hija.

Valentina estaba frente a él.

—¿Estás bien? —preguntó Richard.

Ella sonrió.

—Creo que esa pregunta debería hacértela yo.

Richard soltó una pequeña risa.

—Probablemente.

Había algo extraño entre ellos.

No era rechazo.

Tampoco incomodidad.

Era simplemente la sensación de estar construyendo, en unas semanas, una relación que normalmente habría tardado veinticuatro años.

—No tienes que esforzarte tanto —dijo Valentina.

Richard la miró.

—¿En qué?

—En ser mi padre.

Él bajó la mirada.

—Quiero hacerlo bien.

—No tienes que hacerlo perfecto.

Richard sonrió.

—Eso es complicado para mí.

—Ya me di cuenta.

Ambos rieron.

Por primera vez, Richard sintió que aquella conversación no era una obligación.

Era una oportunidad.

En otra mesa del restaurante, Alexander observaba discretamente.

Daniel estaba junto a él.

—¿Vas a seguir vigilándolo?

—No.

—Llevas diez minutos mirando a Richard.

—Estoy observando.

—Eso es vigilar.

Alexander ignoró el comentario.

—Es importante para Valentina.

Daniel tomó su café.

—¿Y para ti?

Alexander lo miró.

—También.

Daniel sonrió.

—Estás enamorado hasta niveles preocupantes.

—Cállate.

—Solo digo la verdad.

Después del desayuno, Richard acompañó a Valentina a caminar.

—Quiero preguntarte algo —dijo él.

—Adelante.

—¿Qué recuerdas de tu infancia?

Valentina sonrió.

—Muchas cosas.

—¿Tu familia?

—Todo.

Richard sintió una punzada.

—¿Mariana?

—Mamá.

—Tus hermanos.

—Mis hermanos.

—¿Y tú?

Valentina lo miró.

—Yo también formo parte de esa familia.

Richard asintió.

—Nunca quiero que sientas que tienes que elegir.

Valentina se detuvo.

—¿Elegir entre ustedes?

—Sí.

—No voy a hacerlo.

Richard respiró profundamente.

—Bien.

—Papá…

La palabra salió espontáneamente.

Richard se quedó inmóvil.

Valentina también.

Ella pareció sorprenderse de haberla pronunciado.

Richard no dijo nada durante unos segundos.

Después sonrió.

Una sonrisa pequeña, completamente diferente a la del poderoso empresario que todos conocían.

—¿Puedes repetirlo?

Valentina se rio.

—No abuses.

—Solo una vez.

—Papá.

Richard cerró los ojos brevemente.

—Gracias.

A pocos metros, Alexander observaba la escena.

Valentina volvió hacia él.

—¿Estabas espiándonos?

—No.

—Alexander.

—Bueno… un poco.

Ella sonrió.

—Eres terrible.

—Quería asegurarme de que todo estuviera bien.

—Está bien.

Alexander tomó su mano.

—¿De verdad?

Valentina asintió.

—Creo que finalmente estoy entendiendo algo.

—¿Qué?

—Que tener una familia grande puede ser agotador.

Alexander sonrió.

—Espera a conocer a tus hermanos cuando descubran que Richard ya consiguió que lo llames papá.

—No me lo recuerdes.

La tranquilidad duró exactamente tres horas.

Después llegó la noticia.

Daniel entró en la oficina de Alexander.

—Otra adquisición.

Alexander levantó la mirada.

—¿Harrison?

—Sí.

—¿Qué compraron?

—Una empresa que controla parte de la distribución de Victoria.

Alexander se levantó.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Daniel dejó los documentos.

—Y hay algo más.

—¿Qué?

—La compra fue realizada a través de una sociedad que no pertenece directamente a Harrison Global.

Alexander revisó el expediente.

—¿Quién está detrás?

—No lo sabemos.

Alexander encontró una firma.

Se quedó inmóvil.

—Thomas Reed.

Richard recibió la misma información.

—No —dijo.

Su abogado lo miró.

—¿Señor?

—Thomas no está haciendo esto para ganar dinero.

—¿Entonces?

Richard respondió:

—Está moviendo piezas.

—¿Para qué?

Richard miró la pantalla.

—Para controlar quién queda al frente de las tres empresas más importantes de Nueva York.

El abogado palideció.

—¿Y Valentina?

Richard no respondió.

No necesitaba hacerlo.

Esa tarde, Victoria pidió hablar con Valentina.

La conversación fue privada.

—Hay algo que no te hemos contado —dijo Victoria.

Valentina se sentó frente a ella.

—Ya me estoy acostumbrando.

Victoria sonrió con tristeza.

—Tu abuelo creó estructuras financieras que no desaparecieron cuando murió.

—¿Qué tipo de estructuras?

—Sociedades, fideicomisos, inversiones.

—¿Y qué tienen que ver conmigo?

Victoria respiró profundamente.

—Mucho.

Valentina frunció el ceño.

—¿Soy parte de ellas?

—No exactamente.

—Mamá…

Victoria tomó su mano.

—Tu abuelo tenía una obsesión con el control.

—Eso ya lo sé.

—Creía que el apellido Sinclair debía conservar el poder económico de la familia.

—¿Y yo?

Victoria bajó la mirada.

—Tú eras su mayor problema.

—¿Por qué?

—Porque eras mi hija.

Valentina sintió un escalofrío.

Victoria continuó:

—Y porque Richard era tu padre.

—¿Qué tenía que ver eso con el dinero?

Victoria la miró directamente.

—Todo.

Esa noche, la familia se reunió en casa.

Mariana, Sebastián, Gabriel, Richard, Victoria, Alexander, Mia y Daniel estaban alrededor de la mesa.




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