La hija que nunca debió existir

Capitulo 33 La heredera

El silencio que siguió a la lectura del documento fue absoluto.

Valentina seguía mirando aquella hoja como si, al apartar los ojos, las palabras fueran a desaparecer.

VALENTINA HARRISON.

Su nombre.

Debajo de una cláusula que hablaba de derechos, propiedades y patrimonio.

—No puede ser —murmuró.

Alexander seguía revisando el documento.

—Tenemos que comprobarlo.

—¿Crees que es falso?

—No lo sé.

Valentina tomó la hoja.

—¿Por qué alguien enviaría esto?

Alexander la miró.

—Porque quiere que lo sepamos.

—¿Thomas?

—Probablemente.

—Entonces podría estar manipulándolo.

Alexander negó.

—Puede haber utilizado el documento para provocarnos, pero eso no significa que el documento sea falso.

Valentina tragó saliva.

—Necesito hablar con mi mamá.

Victoria estaba sentada en una habitación privada cuando Valentina entró.

—Mamá.

Victoria levantó la mirada.

Y al ver el documento en sus manos, comprendió.

—Ya lo encontraste.

Valentina se detuvo.

—¿Es verdad?

Victoria cerró los ojos.

—Sí.

—¿Soy heredera?

—Sí.

La palabra cayó entre ambas.

Valentina se sentó lentamente.

—¿De qué?

Victoria permaneció unos segundos en silencio.

—De todo lo que legalmente preparé para ti.

—Eso no responde mi pregunta.

Victoria respiró profundamente.

—De mi participación empresarial.

Valentina abrió los ojos.

—¿De tu empresa?

—Sí.

—¿Toda?

Victoria asintió.

—En caso de mi fallecimiento, tú eres mi heredera principal.

Valentina sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Y Alexander?

Victoria miró hacia él.

—Alexander nunca fue mi heredero.

Él no mostró sorpresa.

—Lo sabía —dijo.

Valentina lo miró.

—¿Lo sabías?

—Sabía que mi padre me pidió administrar la empresa mientras tu madre estaba enferma. Nunca me dijo que fuera mi patrimonio.

Victoria intervino:

—Edward quería que protegieras la empresa hasta que mi hija pudiera asumirla.

Valentina se levantó.

—¿Asumirla?

—Sí.

—¿Quieres que sea la dueña?

—No quiero que seas nada que no quieras ser.

Valentina comenzó a caminar por la habitación.

—Esto es demasiado.

Victoria la observó con tristeza.

—Lo sé.

—Toda mi vida pensé que mi mayor problema era conseguir dinero para ayudar a mi familia.

—Lo sé.

—Pensé que había llegado a Nueva York para descubrir quién era mi madre.

—Lo sé.

—Y ahora resulta que…

No terminó la frase.

Victoria se levantó con dificultad y se acercó.

—Ahora resulta que eres mi hija.

Valentina la miró.

—Eso era suficiente.

Victoria sonrió entre lágrimas.

—Para mí también.

La reunión legal se realizó esa misma tarde.

Había abogados, contadores y representantes de la estructura patrimonial de Victoria.

Valentina se sentó junto a Alexander.

Richard estaba al otro lado.

Mariana, Sebastián y Gabriel permanecían detrás de ella.

El abogado abrió una carpeta.

—Señorita Harrison, debemos explicarle exactamente qué contempla el instrumento sucesorio.

Valentina asintió.

—Adelante.

—Usted es la única hija biológica reconocida legalmente de Victoria.

Richard bajó la mirada.

—También es hija de Richard Harrison —continuó el abogado—, pero los bienes que estamos revisando no proceden de él.

Valentina asintió.

—Entiendo.

—La sucesión contempla acciones de control de la empresa, propiedades, inversiones, participaciones financieras y diversos activos personales.

Gabriel abrió los ojos.

Sebastián le dio un codazo.

—No hagas comentarios.

—No dije nada.

—Pero estabas a punto.

—Eso no cuenta.

Valentina apenas escuchó la conversación.

El abogado continuó.

—En términos generales, la totalidad del patrimonio que Victoria decidió transmitir mediante este instrumento queda destinada a usted.

Valentina respiró profundamente.

—¿Todo?

—Sí.

Richard intervino:

—¿Qué ocurre con la empresa?

—La participación de control pasaría a la señorita Harrison.

Valentina miró a Alexander.

—Entonces sería…

—La propietaria —dijo él.

Ella negó lentamente.

—No me siento propietaria de nada.

Alexander tomó su mano.

—No tienes que decidirlo hoy.

Después de la reunión, Valentina salió al jardín.

Necesitaba aire.

Alexander la siguió.

—¿Quieres que me vaya?

—No.

Él se acercó.

—Entonces me quedo.

Valentina se sentó.

—Alexander…

—Aquí estoy.

—Tengo miedo.

—Lo sé.

—Toda mi vida tuve miedo de no tener suficiente.

Él se sentó junto a ella.

—Y ahora tienes demasiado.

—Exactamente.

Alexander tomó su mano.

—No tienes que convertirte en alguien diferente.

—¿Y si todos empiezan a verme diferente?

—Yo no.

Valentina lo miró.

—Eso dices ahora.

Alexander frunció el ceño.

—¿Por qué no habría de decirlo?

Ella retiró lentamente la mano.

—Porque ahora soy rica.

Alexander se quedó en silencio.

Valentina continuó:

—Antes era la chica que trabajaba contigo.

—Sigues siendo esa mujer.

—Pero ahora soy heredera.

—Sí.

—Y tú eres un hombre rico que dirige una de las empresas más poderosas de Nueva York.

—Sí.

—Entonces…

—Entonces nada.

Valentina negó.

—No entiendes.

Alexander la miró fijamente.

—Creo que sí.

En la otra parte de la casa, Gabriel estaba hablando con Sebastián.

—¿Sabías que ahora somos hermanos de una heredera multimillonaria?

Sebastián lo miró.

—Seguimos siendo sus hermanos.

—Eso es cierto.




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