Valentina despertó antes que Alexander.
Durante unos segundos se quedó mirándolo.
Dormía tranquilo, con una expresión que contrastaba completamente con el hombre serio y exigente que todos conocían.
Ella sonrió.
Después recordó los documentos.
La empresa.
Las propiedades.
Las inversiones.
La fortuna de Victoria.
Su nombre apareciendo en todos aquellos papeles.
La sonrisa desapareció.
Se levantó cuidadosamente para no despertarlo.
Salió de la habitación.
Pero Alexander abrió los ojos.
—¿Valentina?
Ella se detuvo.
—¿Te desperté?
—No.
Alexander se incorporó.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No parece.
Valentina dudó.
—Necesito pensar.
—¿Sobre qué?
Ella lo miró.
—Sobre nosotros.
Alexander se vistió y la siguió hasta la terraza.
—Habla conmigo.
Valentina apoyó las manos sobre la baranda.
—Desde que descubrimos quién soy, todo cambió.
—Lo sé.
—Antes sabía quién era.
—Sigues sabiéndolo.
—No.
Alexander frunció el ceño.
—Sí.
—No entiendes.
Valentina se giró.
—Antes era Valentina. Una mujer que trabajaba, que ayudaba a su familia, que intentaba construir una vida. Ahora soy Valentina Harrison, heredera de una de las mayores fortunas de Nueva York.
Alexander se acercó.
—Eso es una parte de ti.
—Para ti quizá.
—Para mí también.
—¿Y si no fuera cierto?
Alexander se quedó quieto.
Valentina continuó:
—¿Cómo sé que no estás viendo otra persona cuando me miras?
—Porque te conocí antes.
—Pero ahora sabes quién soy.
—Ya sabía quién eras.
—No sabías que tenía una fortuna.
—Exactamente.
Valentina bajó la mirada.
—Eso es lo que me asusta.
Alexander se acercó lentamente.
—¿Crees que estoy contigo por dinero?
Ella no respondió.
Y ese silencio fue suficiente.
Alexander se apartó.
No estaba enojado.
Estaba herido.
—Eso duele.
Valentina cerró los ojos.
—Lo sé.
—Mucho.
—Lo siento.
—No quiero que te disculpes.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Que me digas la verdad.
Valentina lo miró.
—Tengo miedo.
—¿De mí?
—De perderte.
Alexander respiró profundamente.
—Entonces estamos igual.
—¿Tú tienes miedo de perderme?
—Desde el primer día.
Ella sonrió tristemente.
—Yo pensé que me odiabas.
—Lo hice.
Valentina soltó una pequeña risa.
—Gracias.
—Pero también me gustaste desde el primer día.
—Eso sí no te lo creo.
—Me contradijiste frente a todo el equipo.
—Porque estabas equivocado.
—Y ahí empezó mi problema.
Ella sonrió.
Alexander se acercó.
—No me enamoré de una heredera.
Le tomó el rostro entre las manos.
—Me enamoré de la mujer que discutía conmigo.
Valentina dejó escapar una pequeña risa entre lágrimas.
—Qué romántico.
—Estoy intentando.
—Lo haces bastante mal.
—Gracias.
Ella lo abrazó.
Pero la duda no desapareció completamente.
En la oficina, Daniel esperaba a Alexander.
—¿Cómo salió?
Alexander dejó la carpeta sobre la mesa.
—Mal.
—¿Pelearon?
—No.
—¿Entonces?
—Valentina cree que puedo estar con ella por su fortuna.
Daniel hizo una mueca.
—Eso era inevitable.
Alexander lo miró.
—No me ayuda.
—No intento ayudarte.
—Lo sé.
Daniel sonrió.
—Pero tienes que admitir que desde afuera puede parecer extraño.
—¿Qué?
—Tú, ella, la herencia, las tres empresas…
Alexander se quedó pensativo.
—No quiero que crea eso.
—Entonces tendrás que demostrarlo.
—¿Cómo?
Daniel levantó las manos.
—No tengo idea.
—Excelente consejo.
—Gracias.
Mia encontró a Valentina en el jardín.
—¿Peleaste con Alexander?
—No.
—Entonces estás llorando por otra razón.
Valentina se secó una lágrima.
—Tengo miedo.
Mia se sentó junto a ella.
—¿De qué?
—De que todo cambie.
—Ya cambió.
—Exactamente.
Mia tomó su mano.
—Pero hay cosas que no cambian.
—¿Como cuáles?
—Tu familia.
Valentina sonrió.
—Eso sí.
—Tus hermanos siguen siendo insoportables.
—Sí.
—Mariana sigue regañándolos.
—Sí.
—Gabriel sigue hablando demasiado.
—Definitivamente.
—Y Alexander sigue mirándote como si fueras la única mujer en el planeta.
Valentina la miró.
—¿Tú crees?
Mia soltó una carcajada.
—Valentina, ese hombre podría estar en una reunión con diez presidentes y seguiría buscando dónde estás tú.
Valentina sonrió.
—Eso es verdad.
Esa tarde, Alexander apareció en casa de Mariana.
Gabriel abrió la puerta.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar con tu hermana.
Gabriel lo examinó.
—¿Problemas?
—Sí.
—¿Con ella?
—Un poco.
Gabriel cruzó los brazos.
—Entonces primero tienes que pasar por mí.
Alexander suspiró.
—Gabriel…
—Es una regla familiar.
Sebastián apareció detrás.
—No existe ninguna regla.
Gabriel lo miró.
—Acabo de inventarla.
—Lo sabía.
Alexander sonrió.
—¿Puedo pasar?
Sebastián se apartó.
—Sí.
Gabriel levantó un dedo.
—Pero estamos vigilando.
Alexander entró.
—Me siento muy tranquilo.
Valentina lo encontró en la sala.
—¿Qué haces aquí?
—Quería verte.
—Alexander…
—No quiero que terminemos el día con dudas.
Ella se acercó.
—Yo tampoco.
Alexander tomó una caja.
—¿Qué es eso?
—Algo para ti.
Valentina abrió la caja.
Dentro había una fotografía.
Era de ella.
Pero no una fotografía elegante ni reciente.