La hija que nunca debió existir

Capitulo 35 La separación

La noticia llegó demasiado temprano.

Alexander llevaba apenas unos minutos en su oficina cuando el abogado terminó de explicarle la cláusula.

—Quiero el documento original —dijo.

—Lo tenemos.

—Y quiero saber quién la incorporó.

—Eso estamos investigando.

Alexander cerró los ojos.

—No puede ser una coincidencia.

—No lo parece.

—¿La cláusula estaba vigente cuando Victoria modificó la sucesión?

—Sí.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Y qué establece exactamente?

El abogado respiró antes de responder.

—Que mientras la heredera no asuma formalmente el control de la participación empresarial, la administración temporal puede mantenerse bajo determinadas condiciones.

—¿Qué condiciones?

—Una de ellas es que el administrador designado mantenga una relación jurídica directa con la heredera.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué clase de relación?

El abogado lo miró.

—No especifica que sea matrimonial.

Alexander respiró aliviado.

—Entonces no hay problema.

—Hay otro detalle.

—¿Cuál?

—La relación debe ser considerada "estable y permanente" por el consejo encargado de supervisar la transición.

Alexander permaneció en silencio.

—¿Quién redactó eso?

—La cláusula lleva una firma de hace más de veinte años.

—¿De quién?

El abogado colocó el documento sobre la mesa.

Alexander la reconoció.

Thomas Reed.

Alexander llamó inmediatamente a Valentina.

No contestó.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Le escribió.

Necesito hablar contigo.

Pasaron diez minutos.

Veinte.

Finalmente llegó una respuesta.

Ven a casa.

Alexander sintió una presión en el pecho.

Sabía que algo había ocurrido.

Valentina estaba en la sala.

Sobre la mesa había una carpeta.

Alexander la vio.

—¿Qué es?

—Lo que deberías haberme contado.

Él se detuvo.

—¿Quién te la dio?

—No importa.

—Sí importa.

—Alexander.

—¿Qué dice?

Valentina abrió la carpeta.

—Que tu posición como administrador está vinculada a mí.

—No exactamente.

—¿No?

—Hay una cláusula.

—Una cláusula que establece que debes mantener una relación estable y permanente conmigo.

Alexander se acercó.

—Eso fue diseñado hace décadas.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

—Porque no lo sabía.

—Pero ahora sí.

—Lo descubrí esta mañana.

Valentina lo miró.

—¿Y cuándo pensabas contármelo?

—En cuanto tuviera toda la información.

—¿Después de que yo confiara en ti?

Alexander negó.

—No.

—¿Después de que me enamorara?

—No.

—¿Entonces cuándo?

Alexander se acercó.

—Valentina, te juro que no sabía que existía esa cláusula.

Ella lo miró fijamente.

—¿Y si no te hubieras enamorado de mí?

Alexander no respondió inmediatamente.

Ella lo interpretó como una duda.

—Eso pensé.

—No.

—Entonces contéstame.

—Habría renunciado a la administración.

Valentina se quedó quieta.

—¿Lo harías?

—Sí.

—¿Aunque perdieras la empresa?

—Sí.

—¿Aunque afectara a Blackwood?

—Sí.

—¿Por mí?

Alexander respondió:

—Por ti.

Pero Valentina apartó la mirada.

—Necesito tiempo.

Alexander salió de la casa.

No discutió.

No insistió.

No la obligó a escucharlo.

Simplemente se fue.

Desde la ventana, Valentina lo observó caminar hasta el automóvil.

Quería detenerlo.

Pero no lo hizo.

Cuando el automóvil desapareció, comenzó a llorar.

Mariana entró a la habitación.

—¿Qué pasó?

Valentina se volvió.

—Mamá…

Mariana la abrazó.

—Cuéntame.

—Tengo miedo de que todo esto haya sido una mentira.

Mariana acarició su cabello.

—¿Alexander te ha dado alguna razón para pensar eso?

Valentina negó.

—No.

—Entonces no confundas una amenaza con una verdad.

Valentina cerró los ojos.

—Pero ahora todo está relacionado con mi dinero.

—Tu dinero no te define.

—Lo sé.

—Entonces tampoco debe definir tu relación.

En casa de Alexander, Daniel estaba esperando.

—¿Qué pasó?

Alexander dejó las llaves.

—Terminamos.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Valentina necesita tiempo.

—¿Y tú?

—Yo también.

Daniel se sentó.

—No puedes dejar que esto destruya lo que tienen.

—No pienso hacerlo.

—Entonces lucha.

Alexander lo miró.

—No puedo obligarla a confiar en mí.

—No.

Daniel hizo una pausa.

—Pero puedes demostrarle la verdad.

Alexander levantó la mirada.

—Thomas.

—Exactamente.

Mia llegó a casa de Valentina poco después.

Encontró a su amiga sentada en el sofá.

—Me enteré.

Valentina suspiró.

—¿Cómo?

—Gabriel.

—Claro.

—Y Sebastián.

—Claro.

—Y probablemente media familia.

Valentina soltó una pequeña risa.

—Me alegra saber que mi vida privada sigue siendo privada.

Mia se sentó.

—¿Quieres que diga que Alexander es un imbécil?

Valentina la miró.

—No.

—Bien.

—Porque no lo es.

Mia sonrió.

—Entonces todavía lo amas.

Valentina bajó la mirada.

—Muchísimo.

—Entonces no lo pierdas por miedo.

Esa noche, Richard fue a verla.

—¿Puedo entrar?

—Sí.

Se sentó junto a ella.

—Alexander me contó.

Valentina lo miró sorprendida.

—¿Hablaste con él?

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Que te ama.

Valentina comenzó a llorar.

Richard tomó su mano.

—También me dijo que si la única forma de demostrarlo era renunciar a cualquier posición relacionada con tu empresa, lo haría.




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