La hija que nunca debió existir

Capitulo 37 El padre de Valentina

La fotografía permaneció sobre la mesa durante varios minutos.

Nadie se atrevía a tocarla.

Valentina la observaba con una mezcla de miedo y necesidad.

—Quiero saber qué ocurrió ese día —dijo finalmente.

Richard asintió.

—Yo también.

Victoria permanecía en silencio.

Mariana había sido llamada poco después.

Cuando entró en la habitación y vio la fotografía, se quedó completamente pálida.

Valentina lo notó.

—Mamá…

Mariana cerró los ojos.

—Yo recuerdo ese día.

Richard se levantó.

—Entonces cuéntanos.

Mariana miró primero a Richard, después a Victoria y finalmente a Valentina.

—Pero hay algo que deben entender.

—¿Qué? —preguntó Valentina.

—Yo no sabía quién era Thomas Reed.

Richard apretó la mandíbula.

—Pero él sabía quién eras tú.

Mariana asintió.

—Sí.

Veinticuatro años atrás.

Mariana todavía podía recordar el olor del hospital.

El cansancio.

El dolor.

La habitación donde acababa de perder a su propia hija.

Su esposo ya no estaba.

Había muerto años antes.

Ella se encontraba completamente sola.

Entonces una mujer entró.

Victoria.

Tenía el rostro desencajado.

Y llevaba un bebé en brazos.

—Por favor —había dicho Victoria.

Mariana había pensado que se trataba de una mujer desesperada.

No imaginaba que detrás de aquella desesperación existía una familia poderosa capaz de destruir vidas.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó.

Victoria había mirado a la bebé.

—Quiero que la salves.

—¿De qué?

Victoria había comenzado a llorar.

—De mi padre.

Mariana había mirado a la niña.

—¿Es su hija?

Victoria asintió.

—Sí.

—¿Y el padre?

Victoria bajó la mirada.

—No sabe que nació.

Mariana había sentido compasión.

Pero también miedo.

—¿Qué quiere que haga?

Victoria respondió:

—Que diga que es suya.

Mariana terminó de contar el recuerdo.

Valentina tenía lágrimas en los ojos.

—¿Y después?

—Después llegó un hombre.

Richard se tensó.

—¿Thomas?

Mariana asintió.

—No sabía su nombre entonces.

—¿Qué hizo?

—Preguntó por una mujer que había dado a luz.

Victoria cerró los ojos.

—Mi padre lo envió.

Mariana continuó:

—Yo estaba aterrada. Tenía a tu hija en brazos.

Miró a Valentina.

—A ti.

—¿Qué hiciste?

—Me escondí.

Gabriel, que había escuchado desde la puerta, murmuró:

—Mamá siempre fue valiente.

Mariana sonrió débilmente.

—Estaba muerta de miedo.

Sebastián respondió:

—Eso también es ser valiente.

Richard se acercó a Mariana.

—¿Thomas te encontró?

—Sí.

—¿Te amenazó?

Mariana tardó en responder.

—Me preguntó dónde estaba la niña.

Richard cerró los puños.

—¿Y qué dijiste?

—Que había muerto.

Victoria comenzó a llorar.

—Mariana…

—No podía decirle la verdad.

Richard respiró profundamente.

—¿Cómo lograste salir del hospital?

—Una enfermera me ayudó.

—¿Quién?

—Nunca supe su apellido. Solo recuerdo que me dijo que no mirara atrás.

Valentina sintió un nudo en la garganta.

—¿Y después?

—Me fui.

—¿Conmigo?

—Sí.

Mariana sonrió.

—Te llevé a casa.

—Y me criaste.

—Sí.

—Durante veinticuatro años.

—Sí.

Valentina se acercó y la abrazó.

—Gracias.

Mariana lloró.

—No tienes que agradecerme por ser tu mamá.

Richard permaneció apartado.

Valentina lo observó.

—Papá.

Él levantó la mirada.

—Ven.

Richard se acercó.

Valentina tomó una mano de cada uno.

—Ustedes dos me salvaron.

Richard negó.

—Yo llegué demasiado tarde.

—Pero estás aquí ahora.

Él sonrió con tristeza.

—Eso no compensa veinticuatro años.

—No necesito que los compenses.

—Quiero hacerlo.

—Entonces quédate.

Richard cerró los ojos.

—Me quedaré.

Alexander observaba desde un lado.

Daniel se acercó.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No parece.

Alexander miró a Richard.

—Está aprendiendo a ser padre.

Daniel sonrió.

—Y tú estás aprendiendo a ser novio de una heredera.

Alexander hizo una mueca.

—No empieces.

—Solo digo que tienes problemas bastante particulares.

—Gracias.

—De nada.

Más tarde, Richard pidió hablar a solas con Alexander.

Ambos salieron al jardín.

—Quiero preguntarte algo —dijo Richard.

—Adelante.

—¿Sigues queriendo casarte con ella?

Alexander no dudó.

—Sí.

Richard asintió.

—¿Incluso después de todo esto?

—Especialmente después de todo esto.

—Ahora sabes que es heredera.

—Lo sé.

—Sabes que su patrimonio puede cambiar el equilibrio de poder de Nueva York.

—Lo sé.

—Y sabes que estar con ella significa entrar en una guerra que quizá no buscaste.

Alexander respondió:

—Ya estaba dentro antes de saberlo.

Richard lo miró.

—¿La amas?

—Sí.

—¿Mucho?

Alexander sonrió.

—Más de lo que me gustaría admitir.

Richard soltó una pequeña risa.

—Eso sí lo entiendo.

Alexander levantó una ceja.

—¿Tú también?

—Yo amé a su madre de esa manera.

Ambos guardaron silencio.

Richard extendió la mano.

Alexander la estrechó.

—Entonces cuidémosla entre los dos.

—De acuerdo.

Pero la tranquilidad duró poco.

Daniel salió de la casa.

—Tenemos un problema.

Alexander soltó la mano de Richard.

—¿Qué?

—Encontramos al hombre que aparece detrás de Mariana en la fotografía.

Richard se tensó.

—¿Quién es?

Daniel respondió:

—Un antiguo empleado del hospital.




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