La hija que nunca debió existir

Capitulo 38 Padre contra hija

La mañana comenzó con una reunión extraordinaria.

No era una reunión cualquiera.

Estaban presentes los representantes de las tres empresas más importantes involucradas en el conflicto.

Harrison Global.

Blackwood Enterprises.

Y la compañía de Victoria.

Valentina ocupaba un lugar que todavía le resultaba extraño.

El lugar de la propietaria.

A su derecha estaba Alexander.

A su izquierda, Richard.

Victoria se encontraba frente a ellos.

Daniel distribuía documentos.

—Tenemos que hablar de las acciones que se han estado moviendo durante las últimas semanas —dijo Alexander.

Valentina revisó la información.

—¿Cuánto se ha perdido?

Daniel respondió:

—Todavía no sabemos cuánto se ha perdido realmente.

—¿Cómo que no?

—Porque alguien ha estado moviendo activos entre sociedades relacionadas.

Richard intervino:

—Y necesitamos detenerlo.

Valentina levantó la mirada.

—¿Cómo?

Richard señaló una carpeta.

—Vendiendo temporalmente algunas participaciones.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué participaciones?

—Las que actualmente están expuestas al ataque de Harrison Global.

Valentina lo miró.

—¿Estás proponiendo vender parte de mi empresa?

—Estoy proponiendo protegerla.

—Es diferente.

Richard respiró.

—Valentina, entiendo que quieras proteger lo que heredaste de tu madre.

—No se trata de eso.

—Entonces, ¿de qué?

—De que no puedes tomar decisiones sobre mis bienes sin preguntarme.

Richard se quedó callado.

Alexander observó a ambos.

Era la primera vez que veía a padre e hija enfrentarse de esa manera.

—No estoy intentando controlarte —dijo Richard.

—Pero estás actuando como si tuvieras que salvarme.

—Porque eres mi hija.

—Y soy una mujer adulta.

Richard asintió.

—Lo sé.

—Entonces trátame como tal.

El silencio fue incómodo.

Victoria intervino:

—Valentina tiene razón.

Richard la miró.

—¿Tú también?

Victoria sonrió ligeramente.

—No puedes pasar veinticuatro años sin una hija y pretender aprender a ser padre en una semana.

Daniel bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

Gabriel, que estaba sentado al fondo, murmuró:

—Gracias.

Sebastián lo miró.

—¿Por qué?

—Porque por fin alguien le dijo eso.

Richard escuchó.

—Los estoy oyendo.

Gabriel sonrió.

—Era la idea.

Valentina volvió a mirar los documentos.

—No voy a vender.

Richard negó.

—Es demasiado peligroso.

—Entonces encontraremos otra solución.

—¿Y si no existe?

—La creamos.

Alexander la miró.

Aquella respuesta le recordó exactamente por qué se había enamorado de ella.

No necesitaba que alguien la rescatara.

Necesitaba que caminaran a su lado.

La reunión terminó sin acuerdo.

Richard salió primero.

Valentina fue detrás.

—Papá.

Él se detuvo.

—¿Sí?

—No estoy enojada contigo.

—Lo pareces.

—Estoy enojada con la situación.

Richard sonrió.

—Eso sí es más parecido a ti.

—¿A mí?

—A la mujer que conocí.

Valentina se acercó.

—Solo quiero que confíes en mí.

Richard la miró.

—Estoy aprendiendo.

—Yo también estoy aprendiendo a confiar en ti.

Él asintió.

—Entonces estamos empatados.

Valentina lo abrazó.

—Te quiero.

Richard cerró los ojos.

—Yo también, hija.

Pero en Harrison Global, alguien estaba trabajando.

El hombre que Alexander había identificado estaba frente a una computadora.

Su nombre era Martin Cole.

Director adjunto de estrategia.

Tenía acceso a información confidencial de Harrison Global y había trabajado durante años con Richard.

Pero no estaba solo.

Una pantalla mostró un mensaje.

"¿Todo listo?"

Martin respondió:

"Sí."

La respuesta llegó inmediatamente.

"Recuerda: Valentina debe parecer responsable."

Martin dudó.

Después escribió:

"Entendido."

Alexander recibió una alerta.

—Daniel.

—¿Qué?

—Tenemos acceso no autorizado a una cuenta.

Daniel se acercó.

—¿Cuál?

—La de Valentina.

—¿Qué están intentando hacer?

Alexander revisó la pantalla.

Su rostro cambió.

—Transferir acciones.

—¿A dónde?

Alexander amplió la información.

—A una sociedad controlada por Harrison Global.

Daniel palideció.

—¿Richard?

—No.

—Entonces alguien quiere hacer parecer que Richard está tomando el control de los bienes de Valentina.

Alexander se levantó.

—Hay que detenerlo.

Valentina recibió la llamada.

—¿Qué sucede?

Alexander habló rápidamente:

—Alguien está intentando mover tus acciones.

—¿Quién?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Y qué hago?

—No firmes nada.

—No pensaba hacerlo.

Alexander sonrió brevemente.

—Eso me gusta.

—Alexander.

—Sí.

—Ten cuidado.

—Siempre.

Richard llegó minutos después.

—¿Dónde está Valentina?

—En la sala de juntas.

—Tenemos que protegerla.

Alexander lo miró.

—No.

Richard frunció el ceño.

—¿No?

—Tenemos que dejar que ella decida.

Richard entendió.

—Tienes razón.

Era un cambio pequeño.

Pero importante.

Richard estaba aprendiendo.

Valentina entró en la sala.

—Quiero ver quién está detrás.

Daniel señaló la pantalla.

—Martin Cole.

Richard quedó inmóvil.

—¿Martin?

—¿Lo conoces? —preguntó Valentina.

Richard asintió.

—Trabajó para mi padre.

Alexander y Valentina se miraron.

—¿Desde cuándo? —preguntó Alexander.




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