La hija que nunca debió existir

Capitulo 40 El hogar

La mañana comenzó demasiado tranquila.

Valentina despertó antes que todos.

Durante unos segundos permaneció mirando el techo, tratando de recordar en qué momento su vida había dejado de ser sencilla.

Había viajado a Nueva York buscando una respuesta sobre su origen.

Había encontrado una madre.

Un padre.

Una familia biológica.

Una fortuna.

Una empresa.

Un hombre del que se había enamorado.

Y una guerra empresarial que, de alguna manera, parecía haber comenzado incluso antes de que ella naciera.

Sonrió con tristeza.

—Qué manera tan complicada de descubrir quién soy.

—¿Estás hablando sola?

Valentina giró la cabeza.

Alexander estaba apoyado en el marco de la puerta.

—¿Cuánto llevas ahí?

—Lo suficiente para saber que sigues hablando sola.

—No hablo sola.

—Claro que no.

Él se acercó y se sentó a su lado.

Valentina apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Tengo miedo.

Alexander tomó su mano.

—Lo sé.

—Pero no quiero volver a huir.

—Entonces no huiremos.

Ella levantó la mirada.

—¿Juntos?

—Juntos.

Alexander besó suavemente su frente.

—Pero hay algo que quiero que recuerdes.

—¿Qué?

—No eres la heredera.

Valentina frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Eres Valentina. Antes de saber cuánto dinero tenías, antes de conocer tu apellido, antes de saber quiénes eran tus padres. Esa mujer fue de quien me enamoré.

Ella sonrió.

—Te amo.

—Yo también.

—Aunque tenga una fortuna enorme.

Alexander hizo una mueca.

—Eso todavía lo estoy procesando.

Valentina soltó una carcajada.

A las nueve de la mañana, los representantes de las tres empresas se reunieron.

Harrison Global.

Blackwood Enterprises.

Y la compañía que había pertenecido a Victoria.

Por primera vez, las tres estaban en la misma mesa sin estar intentando destruirse.

Richard entró acompañado de Valentina.

Alexander estaba a su lado.

Victoria se sentó frente a ellos.

Daniel llevaba una carpeta.

Martin Cole estaba presente bajo protección y dispuesto a declarar.

Victoria Sinclair también había acudido.

Y, después de unos minutos, llegó Arthur Sinclair.

Valentina lo miró.

—¿Tú sabías?

Arthur bajó la cabeza.

—Sí.

Richard se levantó.

—Entonces habla.

Arthur respiró profundamente.

—Charles descubrió los documentos de Theodore después de su muerte.

Victoria lo miró con decepción.

—¿Y tú lo ayudaste?

Arthur negó.

—No al principio.

—Pero después sí —dijo Valentina.

Arthur asintió.

—Me convenció de que la única manera de preservar el legado Sinclair era impedir que tuvieras control absoluto.

Valentina respondió:

—Mi existencia no destruyó ningún legado.

Arthur la miró.

—Lo sé ahora.

Richard intervino.

—¿Y Thomas?

—Charles lo contrató.

Daniel colocó varios documentos sobre la mesa.

—Tenemos pruebas.

Martin tomó la palabra.

—Yo también puedo declarar.

Explicó cómo Thomas había utilizado empresas intermediarias para manipular contratos, comprar proveedores y provocar conflictos entre Harrison Global, Blackwood Enterprises y la compañía de Victoria.

Cada operación había sido diseñada para parecer una decisión tomada por alguna de las tres empresas.

Pero ninguna lo había sido.

Era una guerra fabricada.

Valentina observó los documentos.

—¿Y qué quería Charles realmente?

Daniel respondió:

—Controlar las participaciones suficientes para convertirse en el accionista dominante de las tres compañías.

Alexander agregó:

—Y utilizarte como instrumento.

Valentina cerró los ojos.

—Toda mi vida fue una pieza para ellos.

Richard negó.

—No.

Valentina lo miró.

—Papá…

—No fuiste una pieza.

Richard se acercó.

—Fuiste una niña a la que los adultos de tu familia le fallaron.

La voz se le quebró.

—Yo también te fallé, aunque no supiera que existías.

Valentina tomó su mano.

—Pero ahora estás aquí.

Richard sonrió.

—Y no pienso volver a irme.

La decisión fue tomada.

Las pruebas serían entregadas a las autoridades.

Los contratos fraudulentos serían anulados.

Las cuentas utilizadas para las operaciones serían congeladas.

Martin quedaría bajo protección mientras colaboraba con la investigación.

Arthur aceptaría declarar sobre las operaciones de Charles.

Victoria Sinclair también.

Y Thomas Reed…

Thomas fue localizado esa misma tarde.

Intentó escapar.

Pero esta vez no tenía a nadie detrás de él dispuesto a esconderlo.

La policía lo esperaba.

Cuando lo detuvieron, Thomas solo dijo:

—No entienden lo que están haciendo.

El agente respondió:

—Ya tenemos suficientes documentos para entenderlo.

Thomas sonrió.

—Charles no se rendirá.

El agente contestó:

—Charles tampoco podrá esconderse para siempre.

Horas después, llegó la noticia.

Charles Sinclair había sido localizado.

Había intentado abandonar el país.

No lo consiguió.

La guerra finalmente había terminado.

No porque una empresa hubiera destruido a otra.

Sino porque, por primera vez, todos decidieron dejar de utilizarse entre ellos.

Esa noche, Valentina salió al jardín.

Necesitaba silencio.

Alexander la encontró unos minutos después.

—¿Puedo?

Ella sonrió.

—Siempre.

Él se sentó junto a ella.

—Se acabó.

—Sí.

Valentina respiró profundamente.

—Pensé que cuando descubriera quién era, todo sería más fácil.

Alexander sonrió.

—Eso habría sido demasiado pedir.

Ella rió.

—Definitivamente.

Hubo unos segundos de silencio.




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